La historia del fútbol africano cuenta con escasos capítulos victoriosos en los Mundiales. Hasta los años 70 sus participaciones llegaban a cuentagotas y cuando lo hacían pasaban sin pena ni gloria por el césped. Su primera figura fue un león indomable de nombre Roger Milla que convenció a todo un continente de que en este deporte no todo está escrito y que soñar a lo grande aquí sí que está permitido. Les demostró que Goliat no siempre gana, que con una honda y una piedra, como cuenta la leyenda de David, se puede derrumbar a los más grandes. Y a partir de entonces, algunos elegidos africanos se han permitido el lujo de corroborarlo. El creer que lo imposible también puede ser posible.

Hace ya 15 años, mientras el fútbol (o más bien su dirigencia) empezaba a expandirse hacia nuevas fronteras y eso del marketing y los contratos televisivos iniciaba su ascensión hasta el punto de robarle el protagonismo al balón, una selección africana creyó en la profecía de Milla en su primera aparición en un Mundial. El lugar señalado era Corea y Japón, ese granito de arena de la FIFA en su idea de ir hacia el fútbol moderno y globalizado. Y los protagonistas de esta historia fueron un puñado de futbolistas senegaleses, de cuyos nombres quizá pocos se acuerden, pero que dejaron su pequeña huella para los libros de la historia futbolística. Pero este cuento de hadas se empezó a gestar antes de aquel lejano verano de 2002. A inicios de ese mismo año, con el Mundial aún en el horizonte y el reto de la Copa Africana de Naciones por delante, empezaba un año inolvidable para los Leones de Teranga.

Bajo la dirección de Bruno Metsu, Senegal llegó a la cita continental con aspiraciones a lograr algo grande. Venían de clasificarse para el siguiente Mundial en un complicado grupo ante Marruecos —su particular bestia negra en las eliminatorias clasificatorias al torneo mundialista hasta entonces— y era la oportunidad de competir como nunca antes lo habían hecho. Solo un cuarto puesto en 1965 y una semifinal perdida ante Argelia en 1990 destacaban en su pobre historial en la competición africana. Egipto, Túnez y Zambia, encuadrados en el Grupo D junto a Senegal, eran los primeros escollos para pasar a la fase eliminatoria de la CAN. Ante Egipto, a priori el más complicado de los tres enfrentamientos, un solitario gol de Lamine Diatta les dio los tres puntos y también con un 1-0 batieron a Zambia en el segundo encuentro. Con la clasificación ya obtenida, un empate sin goles ante Túnez les dio la primera plaza del grupo.

En cuartos de final esperaba la República Democrática del Congo, que tampoco pudo batir a un Tony Sylva que seguía imbatido en el campeonato. Dos goles de Salif Diao y El Hadji Diouf sellaron el pase a semifinales. Nigeria era el próximo rival, el último impedimento para llegar a la primera final de la CAN en la historia del país, y las Águilas pusieron en apuros a Senegal. Tras un primer tiempo sin goles, Papa Bouba Diop adelantó a los de Bruno Metsu poco después  de reanudarse el encuentro y, cuando los senegaleses esperaban el pitido final, Julius Aghahowa igualó el marcador. En la prórroga se jugaban el todo o nada, eran los tiempos del famoso ‘gol de oro’, ese tanto que te daba la gloria o te hundía en la penumbra, y Salif Diao consiguió la gloria para Senegal en el minuto 97.

El Stade du 26 Mars de Bamako acogía la final ante Camerún y un viejo conocido de los aficionados españoles, el colegiado egipcio Gamal Al-Ghandour, era el encargado de arbitrar el encuentro. Los cameruneses, con futbolistas de la talla de Samuel Eto’o, Rigobert Song o Marc Vivien Foé, parecían claros favoritos, pero el 0-0 inicial no se movió del electrónico al término de los 90 minutos y siguió así hasta el último minuto del tiempo extra. La tanda de penaltis decidiría al futuro campeón y la suerte cayó de lado de Camerún cuando el capitán Aliou Cissé erró el último penalti. Aquel fatídico lanzamiento les arrebató su primer título, pero no debilitó a la plantilla. Sin partir entre los candidatos, se habían plantado en la final y pocos meses después demostraron que aquello que vivieron entre enero y febrero no era un espejismo, ni mucho menos. Bruno Metsu había conseguido armar un bloque compacto, seguro de sí mismo en tareas defensivas gracias al liderazgo de Aliou Cissé y Lamine Diatta en el centro de la zaga y con Bouba Diop actuando como mediocentro de contención. Aunque la gran característica de aquel equipo eran esas transiciones veloces hacia el arco rival conducidas por el que probablemente sea recordado como el mejor futbolista senegalés, El Hadji Douf, a quién solían acompañar Salif Diao y Henri Camara en el ataque, atentos y pícaros para conseguir el gol.

Ya con la final de la CAN en el olvido, el 31 de mayo empezaba su andadura por el Mundial de Corea y Japón y el inicio no podía presentarse de manera más complicada. Francia, por aquel entonces vigente campeona del mundo y de Europa, era el primer rival en el partido inaugural del torneo. Se tenían que ver las caras con Marcel Desailly, Patrick Vieira, Thierry Henry y compañía. Una selección que asustaría a más de uno, aún sin contar con Zinedine Zidane por una lesión muscular, pero ese día los senegaleses se sintieron grandes, sabían que era una oportunidad única para ellos y para todo su país y no podían desaprovecharla. En un primer tiempo con pocas ocasiones, llegada la media hora apareció El Hadji Diouf, en una de sus habituales aventuras en solitario por el frente de ataque, con un medido centro al corazón del área apareció Bouba Diop para rematar el cuero, y tras una parada de Fabien Barthez, el balón quedó muerto a boca de gol para que Diop pusiera el 1-0 a favor. Tras adelantarse Senegal, el partido se convirtió en un constante acoso a la portería de Tony Sylva, incluyendo dos remates a la madera de David Trezeguet y Thierry Henry. Los de Bruno Matsu aguantaron como pudieron hasta el pitido final, habían vencido a los campeones.

Los siguientes rivales fueron Dinamarca y Uruguay. Ante los daneses se consiguió un empate gracias a un tanto de Salif Diao desde el punto de penalti. Ya solo quedaban los ‘charrúas’ para conseguir la clasificación a octavos de final. El empate les valía para alcanzar la segunda posición por detrás de Dinamarca y fue exactamente ese resultado el que reflejó el electrónico al concluir el encuentro. Un loco 3-3, después de una ventaja de tres goles por parte de Senegal en los primeros 38 minutos de juego. En los octavos tocaba medirse a Suecia y ese día todos recordaron la manera en la que pasaron a la final de la Copa África unos meses antes, tras vencer a Nigeria gracias al ‘gol de oro’. Henrik Larsson avanzó a los escandinavos al inicio del encuentro, pero un sensacional Henri Camara logró igualar la eliminatoria al empezar el segundo tiempo y, ya en el tiempo extra, otro gol del senegalés certificó una plaza para cuartos de final, donde el enemigo sería Turquía, la otra gran revelación de la cita mundialista. De nuevo un empate al final del partido abocó a 30 minutos adicionales, pero esta vez, a diferencia de los duelos ante Nigeria en la CAN y los suecos pocos días antes, la suerte cayó del otro lado por culpa del ‘gol de oro’ de Ilhan Mansiz. Senegal hacía las maletas con tristeza, pero con la conciencia de que habían hecho historia y el reconocimiento de todo un país.

Después de ese 2002 de ensueño, los Leones de Teranga nunca volverían a celebrar una gesta como aquella. 15 años han pasado ya, y solo una semifinal en la Copa África de 2006 ha destacado entre los pobres resultados de Senegal, que desde entonces no ha vuelto a pasar siquiera de la fase de grupos —sin clasificarse para las ediciones de 2010 y 2013— ni ha vuelto a disputar un Mundial. Los entrenadores han ido yendo y viniendo sin éxito y las plantillas no han tenido el nivel necesario para competir de nuevo. Pero esta historia empezó a revertirse en 2015, cuando tras una pésima aparición en la última CAN, Alain Giresse abandonó el banquillo y en su lugar llegó Aliou Cissé, el capitán y emblema de aquel grupo que enamoró en Senegal y se ganó el cariño del mundo entero.

Olympics Day 2 - Men's Football - Senegal v Uruguay

Con él de nuevo en el organigrama deportivo, aunque ahora desde la otra banda de la línea de cal y con una rastas aún más largas que antaño al más puro estilo Bob Marley, parece que Senegal ha recuperado la esencia de esa plantilla. “El equipo era un bloque en 2002, algo que la selección actual aún debe demostrar. Por entonces, la gran mayoría de la plantilla jugaba en la liga francesa, a diferencia de la actual, que reparte jugadores por la Premier League o equipos como Nápoles o Lazio; la selección se ha vuelto a nutrir de grandes jugadores en equipos de nivel europeos, como Sadio Mané, Koulibaly, Keita o Kouyaté. Quizá ahora cuentan con mayor calidad individual, pero aún les falta cohesión para llegar al nivel grupal que había hace 15 años”, nos explica Álvaro García-Nieto, periodista afincado en el país, y también apunta que “el hecho de que Aliou Cissé sea ahora el seleccionador, puede ayudar a transmitir aquello que llevó al país tan lejos en el Mundial hace 15 años”. Koulibaly y Kara Mbodji han recogido el testigo del mismo Aliou Cissé y Lamine Diatta en el centro de la zaga; la figura robusta e incansable del larguirucho Bouba Diop corre ahora a cargo de un Kouyaté curtido en mil batallas con el West Ham; y el peso del equipo en ataque recae sobre Sadio Mané igual que en su día lo hacía sobre El Hadji Diouf, con Keita Baldé y Mame Diouf flanqueándole como tan bien lo sabían hacer Salif Diao y Henri Camara.

La impoluta clasificación de los Leones de Teranga para esta Copa África, siendo la única selección que ha contado con todos sus partidos por victorias, les ha dado de pleno derecho la vitola de ser una de las candidatas a llevarse el título en esta edición. “Senegal —la mejor selección africana según la clasificación mundial de la FIFA— es, junto a Argelia, una de las grandes aspirantes del torneo. Todo el pueblo de Senegal cree en el equipo, ¿por qué no va a ser este año si son los favoritos?”, comenta también Álvaro García-Nieto ante la ilusión del pueblo senegalés por conseguir el primer título futbolístico a nivel de selecciones en la historia del país, aunque son conscientes de que es demasiado pronto para creérselo, sabiendo la igualdad que ha regido siempre en este torneo a lo largo de sus 60 años y 31 ediciones.

En las competiciones africanas el abanico de aspirantes a llevarse el título siempre es amplio y las sorpresas, tanto de equipos pequeños que se vuelven gigantes como a la inversa, se expanden a mansalva por sus torneos. Esta vez Senegal parte entre los candidatos, pero África define a la perfección la sensación latente y romántica de lo que siempre se alaba del fútbol, la impredecibilidad ante todo lo que pueda suceder sobre el césped en los próximos 90 minutos. De momento, el sueño de los Leones de Teranga permanece intacto y Senegal arde impaciente por ver a Aliou Diouf, ahora con un traje reluciente y las botas en el baúl de los recuerdos, volver a formar parte de un hito histórico como lo hizo en aquel lejano verano de ese inolvidable 2002 en tierras aún más lejanas.