Este artículo está extraído del interior del #Panenka59, que sigue disponible aquí.


 

Si es verdad eso de que lo único que cuenta en la vida es lo que haces cuando te quedas sin palabras, entonces conviene detenerse en la trayectoria de José Manuel Sempere y pensar cuántas veces prefirió el silencio. Sobre todo al principio, cuando desembarcó en aquel vestuario del Valencia dominado por Kempes, Felman, Carrete y compañía: venía del Orihuela y era tan introvertido que le apodaron ‘el Mudo’. Nunca le molestó, quizá porque ese carácter reservado y sereno, siempre en segundo plano, le sirvió para soportar con estoicismo y sin aspavientos lo mejor y lo peor de una década y media de historia valencianista.

Entre 1980 y 1995 las vio de todos los colores: éxitos europeos y un descenso a Segunda; un 0-3 en el Camp Nou en su primer partido en Primera y el escozor del 7-0 en Karlsruhe, del Valencia de Kempes y Di Stéfano al de Hiddink, Mijatovic y Penev; un vaivén de emociones que hubiera destrozado los nervios de cualquiera, pero no los de Sempere, puro equilibrio bajo los palos.

Acostumbrado a lidiar con las decepciones desde que se quedó a las puertas del Mundial de 1982 (era titular con el Valencia y había jugado algunos partidos previos de preparación, pero el seleccionador Santamaría acabó llamando a Miguel Ángel, del Real Madrid, que no había jugado en toda la temporada, por motivos que tuvieron poco que ver con el fútbol), Sempere nunca tuvo una palabra de más. Ni en el descenso de 1986 -como tantos otros históricos, no se bajó del barco en Segunda porque tenía “una deuda pendiente”– ni en el ascenso de 1987. Ni cuando el fichaje de Ochotorena (1988) le descabalgó de la titularidad ni cuando la recuperó, un par de temporadas después. Tampoco cuando le tocó encajar el mazazo de Karlsruhe, siete goles que acabarían convirtiéndose en su crepúsculo deportivo: poco después, el Valencia firmó a Zubizarreta y él, portero ágil, elástico y acrobático, que estudiaba los resúmenes de Estudio Estadio para analizar a los rivales, colgaría los guantes, objeto de una de sus pocas manías: nadie podía tocarlos antes de un partido. “Era mi arma de trabajo y me fastidiaba que viniesen a curiosear”, confiesa.

Su arma de trabajo siguieron siendo sus manos: en 1996 se convirtió fisioterapeuta. Ya sin guantes, pasó a salir a correr casi a diario, a participar en los actos de los veteranos de la entidad y de vez en cuando a opinar sobre el club de su vida. Sin levantar la voz. Sin una palabra de más.