Hemos hecho felices a los más mayores. Les he visto emocionados, les he visto llorar“. Ruud Gullit estallaba pletórico el 21 de junio de 1988, hace ahora un cuarto de siglo, después de derrotar a la RFA en semifinales de su propia Eurocopa. Aunque la excusa era el fútbol, la rivalidad entre los dos países trascendía lo meramente deportivo. El portero de aquella Oranje, Hans van Breukelen, se expresaba en términos parecidos: “Estoy contento por haber vivido este momento, por hacerles este regalo a los más mayores, a los que sobrevivieron a la guerra“. Miles de aficionados holandeses, en las gradas, gritaban exultantes: “En 1940 nos invadieron ellos; en 1988 les invadimos nosotros“. Obviamente, no se trataba de un partido más.

Simon Kuper escribe este mes en Panenka sobre aquella semifinal, Alemania-Holanda, en la Euro’88. “Cuando Michels apareció en la sala de prensa, la prensa europea en pleno le ovaciona de pie. Resulta que Holanda no sólo había enterrado su propio trauma alemán; al parecer el continente entero tenía el mismo trauma. Todo el mundo quería, por encima de todas las cosas, batir a Alemania. El período entre 1954 y 1996 representó la era alemana en la Europa futbolística y económica. El escritor británico David Winner dice que, en esos años, Alemania suponía el “Darth Vader de fútbol europeo”, el villano a quien todo el mundo quería derrotar. Hamburgo’88 fue uno de los pocos partidos importantes que Alemanía perdió contra un rival europeo en esas décadas. Por una vez, Dios había derrotado al Demonio. Aquella noche resonaría mucho más allá de las fronteras de los Países Bajos“.

En el imaginario colectivo se combinaban dos factores. Por un lado, la derrota en la final del Mundial 14 años antes: como en la de 1954, un equipo de alemanes correosos había dejado al fútbol estético sin corona (Hungría, en Berna; Holanda, en Múnich). Por otro, el pasado aún reciente, todavía con muchos supervivientes, de la Segunda Guerra Mundial. De alguna forma, como escribía Ralph Honigstein en Panenka, “por obvias y dramáticas razones históricas, durante el siglo XX los alemanes se acostumbraron a encarnar el papel de malo de la película. El fútbol europeo importó ese lugar común y los logros de 1954 y 1974 se difuminaron tras él“.

La semifinal de la Eurocopa’88 marcó el arranque de esa rivalidad recuperada. Tras derrotar al conjunto entrenado por Franz Beckenbauer, Ronald Koeman intercambió su camiseta con el alemán Olaf Thon. Pocos minutos más tarde, en plena celebración con sus fans, el entonces jugador del PSV entendió qué podía terminar de redondear la noche para los más de nueve millones de holandeses que seguían el partido por televisión: limpiarse el culo con la elástica del águila prusiana. Koeman estaba confirmando las palabras de Karl-Heinz Förster ocho años antes, también en una Eurocopa (Italia’80): “Nosotros queremos vencerles por orgullo, pero ellos… Para ellos no hay nada más grande que derrotarnos. Ellos nos odian mucho más que nosotros a ellos“.

Con esos precedentes, el incauto bombo de Italia’90 quiso que ambas selecciones midieran su rivalidad. Las federaciones, alarmadas por el tono agrio que adoptaban las relaciones futbolísticas entre ambas naciones, declararon el partido de Rotterdam de “encuentro de la amistad“. En realidad, ultras holandeses y alemanes convertirían la ciudad portuaria en un campo de batalla durante las horas previas, con destrozos callejeros y heridos de gravedad. Ya en el De Kuip, una pancarta daba la bienvenida a los 40.000 espectadores: en ella se comparaba a Lothar Matthäus con Adolf Hitler. Cuatro años después, un Matthäus algo perjudicado reaccionaba en plena Oktoberfest a un aficionado Oranje: “Joder, los holandeses sois todos unos capullos. Adolf se debió olvidad de vosotros“. Un exabrupto que luego el capitán de la Mannschaft trató de discutir sin demasiada contundencia: “la verdad es que no recuerdo bien qué dije“, terminó por admitir.

En cualquier caso, después del enfrentamiento en octavos de final del Mundial italiano, y del escupitajo de Rijkaard a Völler, la tensión comenzó a decrecer. Alemania, poco a poco, también perdió pistonada en el ámbito internacional. Lejos de lo que preveía Franz Beckenbauer, la reunificación con la RDA no generó un equipo invencible: al margen del título ante la República Checa en la Euro’96, Alemania combinó algunas eliminaciones sonrojantes como en la Euro 2000 (precisamente en los Países Bajos) o cuatro años más tarde (en Portugal) con cierta sensación de agotamiento futbolístico. Y, en los últimos años, apenas algún capítulo anecdótico ha refrescado esa rivalidad: en 2007, Marco Van Basten dejó fuera de una convocatoria a Mark van Bommel. El entonces medio del Bayern exageró su reacción pública y llegó a pregonar su intención de pedir pasaporte alemán para jugar con la Mannschaft. Sin embargo, solo se trataba de una broma de Van Bommel, para denunciar la ligereza con la que le criticaban algunos medios holandeses, que obviaron el hecho de que alguien con más de 40 internacionalidades en sus piernas bajo ningún concepto podría cambiar de selección.

Hoy se vuelven a ver las caras holandeses y alemanes. Y a pesar de tratarse de la Euro sub 21, la rivalidad subyace. “Da igual que sea en categorías inferiores, un partido ante Holanda siempre se trata de un derbi con carácter“, ha declarado el mediapunta germano Lewis Holtby. El defensa holandés Stefan de Vrij, por su parte, entiende el encuentro como una oportunidad para “la revancha“. ¿De la guerra? ¿De la final del Mundial’74? No, el joven De Vrij se refiere a la final del Europeo sub 17 de 2009, en el que los alemanes -con Ter Stegen o Mario Götze– se impusieron por 2-1. Esta tarde, a orillas del Mediterráneo y ante 400 espectadores disfrazados de naranja, una de las rivalidades más vistosas del fútbol mundial escribirá un nuevo episodio.