Guingamp 2-0 Rennes

Dos equipos que aún no han conseguido la permanencia matemática, sublevados contra el duopolio a la francesa. Una región de fuerte identidad, Bretaña, monopolizando la final de Copa en la centralista Francia. Aires de deja-vu para un cartel compuesto por los mismos contendientes que en 2009. Con esos tres elementos se tejía el interés de la final de, quizá, la Copa más pura de las grandes ligas europeas: desde los niveles más amateurs hasta los dos portaaviones de la Ligue 1 (el pérsico-parisino y el ruso-monegasco), todos los clubes de la metrópoli y de sus territorios de ultramar son susceptibles de participar en ella. A diferencia de otros campeonatos de Copa con un sentido más restrictivo o proteccionista con los grandes, en Francia 7.656 equipos han aceptado esta temporada la ley de la eliminatoria única en casa del más débil.

Quizá por ello no sorprende que el equipo de un pueblo bretón haya sido capaz de alzarse con el trofeo por dos veces en el último quinquenio. Menos de 8.000 habitantes, una estación de tren y un festival de música celta: eso es Guingamp. Eso y un club de fútbol con raíces anticlericales y anarquistas (de ahí sus colores rojo y negro) que ha revolucionado la Coupe como si se tratara de un cómic de Astérix. En su caso, la pócima la aporta Noël Le Graët, un tipo que maneja todos hilos en la aldea irreductible: viejo patrón del club, ex-alcalde socialista, dueño de una empresa local de comida preparada que patrocina al equipo… y vigente mandamás de la Federación Francesa de Fútbol.

Le Graët es además coautor de una idea polémica: junto a Pierrick Massiot, presidente socialista de Bretaña, propuso preludiar esta final entre dos equipos bretones con la interpretación del himno regional. En plena oleada recentralizadora del nuevo primer ministro Manuel Valls, sorprende el guiño a un himno que ni siquiera es oficial y no está exento de controversia (su compositor fue un colaboracionista con los nazis). La interpretación corrió a cargo de Nolwenn Leroy, cantante folk e hija de un ex-futbolista del Guingamp, y sirvió como aperitivo para una Marsellesa unánimente bienvenida desde las gradas de Saint-Denis, plagadas de banderas bretonas.

Al final de los 90 minutos, y como ya ocurriera en 2009, el pequeño de los contendientes se impuso al ‘grande’. Segunda copa para el antiguo equipo de los Malouda, Papin o Didier Drogba, y segunda decepción para los seguidores del Rennes… como Salma Hayek. Bueno, en realidad ella sólo es la esposa del multimillonario propietario del club y, a pesar de su nacionalidad mexicana, aún no domina la única norma de la ola futbolera: no hacerla cuando estás en el palco y tu equipo va palmando.

Napoli 3-1 Fiorentina

Después de que Portugal haya adelantado al calcio en el cuarto puesto del ranking UEFA, a esta final se la esperaba como un bocado de aire fresco, con dos equipos capaces de generar buenos resultados y divertimento. En su lugar, la crónica negra se ha hecho con las portadas […] Nos encontramos dentro de un túnel del cual no conseguimos, o no queremos, salir. Tenemos un fútbol con cada vez menos prestigio y atractivo a nivel internacional“. Luca Calamai, editorialista de La Gazzetta dello Sport, resumía ayer la trascendencia de los acontecimientos que rodearon la final de la Coppa Italia. El calcio se asquea al contemplarse una vez más atrapado en las manos de los ultras. Como ya ocurriera hace 10 años, el Olímpico de Roma vivió una vergonzante ceremonia de la confusión coronada por un desigual diálogo entre un jugador y un seguidor radical. En 2004, los tifosi vetaron la celebración de un derbi romano; este sábado estuvieron a punto de lograr lo mismo con la final de Copa.

En estas horas, la indignación tiene nombre y apodo: Genny ‘la carroña’. Con una camiseta que enaltecía al asesino de un policía y subido a la valla, este personaje vinculado a un clan de la camorra fue quien negoció con policía y jugadores la celebración del encuentro. Ni el ambicioso primer ministro, Matteo Renzi; ni el presidente de la Federación Italiana, Giancarlo Abete; ni ninguna de las restantes autoridades cómodamente sentadas en el palco… Quien levantó su pulgar al gladiador Hamsik después de media hora de retraso fue un tipo con pintas de haber roto muchos platos y algún hueso ajeno.

La cultura de las curvas (fondos), con sus ideologías, hermanamientos y enemistades, está detrás de las algaradas previas al encuentro. Las de Nápoles y Fiorentina cultivan desde lejos una mala relación parecida a la que ambas tienen con la de la Roma. Y este triángulo pudo originar -aún no está claro- el tiroteo que hirió gravemente a tres seguidores napolitanos horas antes del encuentro y que encendió el motín. Pero con semejante espectáculo de nuevo el fútbol italiano se asusta al verse a años luz del papel modélico y vanguardista que ostentó hasta hace dos décadas. Justo en la semana en la que la directiva del Napoli había montado en cólera contra una información del Guardian que ligaba al club con la mafia, queda demostrado que quien tiene la última palabra es efectivamente un matón de la camorra al que ya se le había prohibido el acceso a todo espectáculo deportivo.

En realidad, es Italia entera la que se asusta con su fútbol, pues ve en él apenas un símbolo de una decadencia generalizada. Los ultras del Napoli, tras la violencia fuera del estadio y la demostración de fuerza dentro de él, silbaron el himno italiano como ya hicieran en la final de 2012. Los de la Fiore respondieron durante el resto de la velada con cánticos denigratorios hacia las regiones del sur. El humorista Beppe Grillo, reconvertido en adalid de la regeneración política, escribía ayer: “ver el himno silbado por un estadio secuestrado por los ultras, con la policía impotente y los políticos en la tribuna de honor… La República ha muerto en el Olímpico, pero sus funerales son indignos“.