Dice Sorrentino, en una de esas declaraciones de amor a Nápoles hecha película, que la perseverancia no se aprende, sino que es innata. Quizá Antonio Vergara es de los afortunados que han logrado nacer con ese don de intentarlo una y otra vez hasta conseguir lo que deseas. El mediapunta italiano ha conectado su manera de ver el fútbol con las raíces que lo han visto crecer cerca de la ciudad del sol.
Todos los niños en Nápoles nacen queriendo ser zurdos. Antonio Vergara lo hizo en Frattaminore, una ciudad en la periferia de Nápoles y que comparte la mirada continua y penetrante del Vesubio. Tiene apenas 15.000 habitantes. Una quinta parte de las personas que hoy, veintitrés años después de que Vergara viniera al mundo, corean su nombre cada quince días en el Diego Armando Maradona. Y él salió zurdo, cómo no.
Hijo de una familia humilde, comenzó su carrera en varios clubes de barrio, entre ellos el Frattese 2000 o el Virtus Crispano, antes de dar el salto a la cantera del equipo partenopeo. Fan de Totti por razones obvias, su fútbol pretende parecerse al de comienzos de los noventa: fortaleza, carácter, velocidad, pillería, mucho talento. Y fe, mucha fe.
La necesita, pues aunque el viaje en coche desde Frattaminore al templo del Napoli es de apenas media hora, todo parece un suspiro al lado de la dura travesía que ha tenido que vivir el futbolista durante los años complejos que ha enfrentado desde su llegada a Nápoles hasta su consagración.
Fan de Totti por razones obvias, su fútbol pretende parecerse al de comienzos de los noventa: fortaleza, carácter, velocidad, pillería, mucho talento. Y fe, mucha fe
La Odisea de Vergara
El viaje de Antonio Vergara no ha sido sencillo. Como si de La Odisea se tratara, a Vergara le ha costado mucho atraer las miradas en una Serie A que le era esquiva y que parecía enamorarse de todos salvo de su talento. Hasta hoy.
Años antes del brillo actual, en la 23-24, la pérdida de confianza o la búsqueda de hueco le llevó a la Reggiana para el importante y complejo reto de adaptarse a la Serie B y mostrar su calidad. Recae, en ese momento, la dura labor de conquistar desde allí el objetivo de ser el trequartista creativo que parece prometer.
En medio de esa búsqueda, llegó la prueba definitiva. Rotura del ligamento cruzado anterior en septiembre de 2023, en medio de un partido contra la Cremonese, en lo que fue el golpe más duro y que le llevó a perderse más de doscientos días de competición. Esa rotura de cruzado bien podría ser obra de un Poseidón desatado sobre las aguas por las que podría haber transitado con calma.
La temporada siguiente, sin embargo, supo demostrar que ni las lesiones ni los tropiezos iban a poder hacer dormir el ansia de triunfo que Vergara llevaba dentro. En esa 24-25, 33 partidos disputados con la Reggiana, con diez goles generados en toda la campaña, cinco de ellos con su firma de autor. El hijo pródigo llamaba la atención de una ciudad de Nápoles dispuesta a acogerlo de nuevo.
El eterno retorno de la mano de Conte
Con la mentalidad ganadora que le hace superar pruebas y marcar goles, nadie parece poder convencer a Vergara para que se rinda. A bordo del barco de Antonio Conte, ha conseguido hacer de esta larga expedición un sendero directo hacia el objetivo de crecer en su juego y llegar sano al templo maradoniano. Volver al lugar del que partió, al fin y al cabo.
Un viaje largo y áspero para ganarse algo tan valioso como el favor y el respeto de aquellos que gritan por él en la gran ciudad cercana al lugar donde nació. De Frattaminore al Maradona, ni más ni menos. Todo para disfrutar de las mieles de un éxito que le fue negado demasiadas veces y que está empezando a recoger en el estadio napolitano.
Por el camino, la mirada sincera a lo que está conquistando con su zurda. Desde el regate y la inteligencia, Vergara quiere conquistarlo todo. Si con dieciocho años sorprendía a todos en el juvenil del Napoli, muy superior a sus compañeros en ese aspecto, hoy quiere ser el más listo de la clase y, si puede, salir indemne.
Un viaje largo y áspero para ganarse algo tan valioso como el respeto de aquellos que gritan por él en la gran ciudad. Todo para disfrutar de un éxito que le fue negado demasiadas veces y que está empezando a recoger en el estadio napolitano
Desde su vuelta a Napoli ya van doce partidos. Doce regalos que atesora y que pretende convertir en su currículum a orillas del Mediterráneo. Dos goles además de dos asistencias, para demostrar que el cariño de Conte tiene premio y, agradecido con la confianza de su entrenador, Antonio Vergara sigue luchando.
El futbolista sólo halla el descanso cuando el colegiado pita el final de cada partido. Los 90 minutos, esa medida mínima de cada una de las etapas de su carrera, sirven para convencer a Vergara de que nada es imposible. Ni las lesiones, ni las dudas, ni las cesiones han dado resultado para hundir a Vergara y alejarlo de su Ítaca.
Una la realidad que transmite a todo aquel que disfruta de sus quiebros, de sus fintas y de sus goles. Todo aquel que admira la voluntad hecha futbolista en una Italia que recupera, en silencio, su brillo. Mientras tanto, Antonio Vergara sigue su camino al son de un sueño, de ese canto de amor perpetuo por triunfar en el estadio que lleva el nombre del más brillante de todos los zurdos que pasaron jamás por la bella Nápoles.
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Fotografía de Getty Images.



