El ritual siempre era el mismo. Recogía el balón entre el griterío del público, lo limpiaba cuidadosamente con la tela de su camiseta para que no estuviera resbaladizo, tomaba cuatro pasos atrás para coger impulso, resoplaba intensamente y ejecutaba la acción inclinando sus brazos y sus hombros de tal forma que la pelota llegara exactamente a ese sitio en el que Rory Delap había fijado su punto de mira.

A veces el ser humano adquiere virtudes, por práctica o por genética, que le permiten distinguirse por encima del resto. Los futbolistas son sujetos muy dados a éste tipo de fenómenos, gracias a la facilidad que tienen para ganarse la vida con sus pies. Lo curioso es que uno de ellos también lograra destacar por otras virtudes nada comunes en su práctica deportiva. Éste irlandés nacionalizado y originario de Sutton Coldfield se labró un nombre concretamente por sus manos, las eternas ausentes de los terrenos de juego con permiso del guardameta. Espoleado por su dominio en los lanzamientos de jabalina, disciplina de la que llegó a proclamarse campeón durante su época escolar, Delap creció pensando que saber ejecutar un servicio de banda enviando el balón a 60 km/h y llegando a un ratio de 30-40 metros debía ser un recurso útil para cualquier equipo de fútbol. Y acabó por demostrarlo.

A Delap se le abrieron las puertas del profesionalismo en el Carlisle United, el mismo club que le llevaba moldeando desde que era un adolescente. Su puesto original era el de mediocentro. Poco exquisito en el trato con el balón y de visión de juego más bien limitada, el chico gustaba a los formadores por su entrega sobre el césped, su capacidad para no complicarse la vida y su intensidad en el repliegue. Por aquel momento todavía nadie se había atrevido a experimentar con sus hercúleas facultades en los envíos con las manos, pero lo demostrado ya le fue suficiente a Delap para aterrizar en la Premier y probar suerte con varias camisetas diferentes: la del Derby County, la del Southampton (que llegó a pagar cuatro millones de libras por él) o la del Sunderland. Hasta que en 2007, ya en plena madurez, la vida le dio un giro: el Stoke City le contrató por petición expresa de su metódico entrenador, Tony Pulis.

‘El tirachinas’ de Pulis

Por aquellos tiempos, Pulis empezaba a engendrar un producto que rompía con todos los cánones de la modernidad futbolística. El Stoke era un equipo construido a la vieja usanza, conservador en sus planteamientos y tremendamente resultadista. Los ‘potters’ desprendían la esencia de los equipos británicos de antaño, capaces de explotar al máximo cada uno de sus recursos, por poco estéticos que fueran. Y entre la variada gama de medios tácticos impuestos por el entrenador, destacaba uno por encima del resto: los saques de banda de Delap.

Ni camisetas ni prendas oficiales. Los ‘supporters’ del Stoke preferían comprar unas toallitas blancas. Las mismas que utilizaba Delap para secar el balón en el Britannia Stadium

La apuesta fue acogida al principio con escepticismo por los aficionados, pero gracias a los altos porcentajes de acierto que registraba, tuvo continuidad. Cada vez que el balón salía fuera del campo a la altura de la zona de tres cuartos, Rory se desplazaba hasta el lateral y ejecutaba su singular lanzamiento, como si de un falso córner se tratara. Dentro del área rival, los jugadores más corpulentos del colectivo de Pulis debían hacer el resto: acomodar un sitio entre defensores, saltar todo lo que pudieran y tratar de cambiar la trayectoria del balón hacia el gol. En sus más de 100 partidos como jugador del Stoke, se calcula que el anglo-irlandés precedió 18 dianas de su conjunto mediante este mecanismo, ya fuera encontrando un remate directo o provocando segundas jugadas que acababan entre los tres palos. No es de extrañar que, en los últimos tiempos, la secretaría técnica del club siempre fijara una condición indispensable en su búsqueda de nuevos arietes: que superaran el 1’80 metros de estatura y presentaran buenas aptitudes en el juego aéreo. Así llegaron a la entidad, entre otros, Jonathan Walters, Kenwyne Jones, John Carew o Peter Crouch.

David Moyes, por aquel entonces aún entrenador del Everton, fue el primero en bautizar a Rory Delap como “The human sling” (una especie de ‘tirachinas humano’). Lo cierto es que las singulares capacidades del jugador eran tanto una gran cuota de beneficio para sus compañeros como un auténtico dolor de cabeza para sus adversarios. Los rivales del Stoke no podían ni siquiera ensayar cómo defenderse de la jugada en sus entrenamientos, por la simple razón de no contar con ningún especialista en su disciplina que pudiera emular sus servicios. Incluso hubo una vez que en el campo de Burnley se adelantó la posición de las vallas publicitarias hacia el terreno de juego, intentando que Delap tuviera menos espacio para tomar impulso.

Durante una época, el producto estrella de la tienda oficial del Stoke City no fueron ni las camisetas del club ni las diferentes prendas que utilizaban los futbolistas en los entrenamientos. Los ‘supporters’ se decantaban por comprar una toallitas totalmente blancas pero con un alto componente simbólico. Las mismas que los recogepelotas del Britannia Stadium prestaban a Rory cuando el balón salía por la línea de cal, para que pudiera secarlo mejor y así hacerlo más sumiso a sus manos. Sus servicios acabaron siendo la metáfora heroica de los equipos más débiles, esos que deben apañárselas como sea (si es necesario incluso desafiando los límites de la ortodoxia) para recortar la enorme diferencia presupuestaria que les separa de sus contrincantes y así poder subsistir en la élite. En diciembre de 2013, el anglo-irlandés hizo oficial su despedida a los 37 años, solo unos meses después de su llegada al Barnsley de la Championship. Sus desgarrados tendones ya no daban para más. Pero su jugada, por su particularidad y solvencia, permanecerá para siempre en la memoria colectiva del fútbol.