«Esta va por el papá que lanza insultos en el bar cuando el negro al que idolatra no consigue marcar. El partido está perdido al entrar. Y el efecto secundario es que tu hijo sea un problema social. El futuro es que tu hija exija dinero pa’l cine y que se vaya con el hijo del que te vendía Kleenex».

Zatu, en Rap contra el racismo.

 

Solo. Moussa Marega abandonó el césped total e incomprensiblemente solo; bajo una lamentable, miserable, nube de insultos racistas. Se cumplía el minuto 71 del encuentro entre el Vitoria de Guimarães, uno de los exequipos del artillero francomaliense, y el Porto, correspondiente a la vigesimoprimera jornada de la Primeira Liga, cuando, once minutos después de celebrar el 1-2 definitivo, se fue hacia la caseta tras pedir el cambio; harto de los cánticos xenófobos y del ulular de una parte significativa del Estadio Dom Afonso Henriques, del que se despidió mostrando sus pulgares hacia abajo y sus dedos del medio hacia arriba en señal de desaprobación.

Fueron muchos, casi todos, de hecho, los compañeros o rivales que, con una insistencia reveladora, intentaron frenarle, persuadirle para que continuara jugando, para que no se fuera. Algunos, en medio de la tensión, incluso forcejearon con él, estirándole de los brazos, para convencerlo de que permaneciera en el campo. Tristemente, ninguno de ellos optó por seguirle. Por ir tras él. Por seguirle. Ninguno de ellos lo hizo. «Situando, así, quizás sin quererlo, el foco en el futbolista, colocando, así, a la víctima en el mismo escalón que el culpable, justificando, así, la opinión de todos aquellos que consideran que la reacción fue exagerada, que no había para tanto. Quienes deberían abandonar el campo son los intolerantes. Jamás sus víctimas», enfatizábamos, en estas mismas líneas, hace unos meses, cuando fue Mario Balotelli, el penúltimo nombre de una lista de casos aislados dolorosamente eterna e interminable, quien se enfrentó a una lacra que, a la espera de que se la combata con la contundencia que requiere, más con hechos que con pancartas de Say no to Racism o discursos tan grandilocuentes como a la práctica vacíos, vacuos, continua embarrando, salpicando, avergonzando, el mundo del balompié, «dándonos una nítida e inequívoca radiografía de nuestra sociedad, tan desnortada, tan pasiva ante la xenofobia, el machismo o la homofobia».

Mientras, tras recibir una cartulina amarilla por encararse con una grada desde la que incluso cayó una silla en la celebración del tanto del triunfo, de su octava diana del curso,  el ’11’ de los blanquiazules caminaba hacia el vestuario, llevándose consigo, para toda la vida, la traumática experiencia vivida, por mucho que algunos, abogados de quienes insultan, acentúen que lo que pasa en el campo se queda en el campo; Wilson Manafá ocupó su lugar sobre el verde y continuó el partido. Continuó como si no hubiera pasado nada. Qui dia passa any empeny, que se dice en catalán. Así de normalizado, de interiorizado, está el racismo en nuestra sociedad; con torticolis de tanto girar la cabeza hacia otro lado cuando suceden hechos así, de justificar lo injustificable.

Algunos, abanderados de la eterna equidistancia, del ni machismo ni feminismo, del ni una cosa ni la otra, incluso han denunciado la reacción de Marega; culpándole de provocar a la hinchada local, situándole en el centro de la polémica. Son tantas las veces que los árboles no nos dejan ver el bosque. Las autoridades deben comenzar a dar respuesta a este tipo de comportamientos. Pero que dejen de darse es responsabilidad de todos.

«El delantero del Oporto no pudo más y pidió el cambio, harto de la actitud de parte de la afición local. El atacante se encaró con la grada y le dedicó varios gestos obscenos», se puede leer en el subtítulo de una noticia sobre los hechos acontecidos publicada en uno de los grandes periódicos deportivos españoles, en la que se remarca además, que «la reacción del futbolista tampoco fue la más ejemplar». Y mientras uno se pregunta por qué el obscenos va con el gestos y no con el actitud, mientras uno lamenta que algunos gasten litros de tinta en proclamar, desde su atalaya de superioridad, que hubiera sido más valiente seguir jugando, callarles la boca con goles a los intolerantes, mientras obvian señalarles, mientras uno sigue sin ser capaz de entender que un equipo prefiera tener un poco más de metal en sus vitrinas que defender a los suyos, que anteponga los tres puntos a la posibilidad de sentar un precedente en la lucha contra el racismo, uno se queda con la respuesta de Moussa Marega: «Me gustaría decirles una cosa a los idiotas que vienen al campo a hacer insultos racistas: ‘Que se jodan’.

 


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Fotografía de Getty Images.