Cual episodio de Black Mirror, la sociedad, la realidad, en la que habitamos es tan surrealista, tan incomprensible, tan irracional, tan bestia, y nos da tantos motivos para enfadarnos, tantas razones para indignarnos, que frecuentemente acabamos por normalizar todo aquello que nos avergüenza. Cansados, incluso más incapaces de entender el mundo que cuando éramos niños, resoplamos cuando, en un debate televisado, el representante de la que, según las encuestas, este domingo se erigirá en la tercera fuerza política del país presume de que, de ganar los comicios, prohibiría, ilegalizaría, otro partido; cuando algunos, abanderados de una vacía e insostenible equidistancia, salen a la palestra para denunciar que uno de los candidatos de esta última formación no le da la mano al representante del primer partido al finalizar otro debate; cuando algunos, los mismos que casi hacen malabares para no llamar nazis a quienes no son nada más que esto, consideran que es violencia que ardan contenedores, pero no que cada contenedor valga más de lo que muchos cobrarán al mes en sus vidas; cuando alguien no entiende que un periodista catalán, de un medio catalán, le pregunte en catalán al técnico catalanohablante de un equipo catalán; tal como sucedió este domingo en el estadio del Extremadura. “Los que creen que el deporte no tiene nada que ver con la política o no saben nada del deporte o no saben nada de la política”, puntualizaba el exfutbolista e historiador uruguayo Gerardo Caetano.

Cansados, incapaces de comprender por qué no es todo tan fácil como cuando un simple balón nos unía a todos en el patio de la escuela, resoplamos, también, al constatar que, en pleno siglo XXI, el racismo, a la espera de que se le comience a combatir con la contundencia que requiere, sigue avergonzando al fútbol; dándonos una nítida e inequívoca radiografía de nuestra sociedad, tan desnortada, tan pasiva ante la xenofobia, el machismo o la homofobia; frente al fascismo, en definitiva. “Existe la sensación de que son casos aislados, pero la realidad es bien distinta. Esto es la tónica general. Los que son casos aislados son los que llegan a ser mediáticos, los que trascienden. El racismo está presente de manera sostenida en el tiempo y pasa en todos los campos y en todas las categorías. Un estadio es un espacio en el que parece que están permitidas todo tipo de barbaridades machistas, racistas o homófobas. Se excusa de mil maneras, se dice que es por la tensión, que estas cosas suceden por un calentón, que lo que sucede en el campo se queda en el campo. Se queda en el campo para quien ha agredido. Porque la persona que ha sido agredida, que ha sido insultada, se lo lleva a su casa. El racismo, el machismo o la homofobia están tan interiorizados, tan normalizados, que se ve como algo normal que algunos, cuando tienen la sangre caliente, canalicen la ira, la adrenalina, a través de comportamientos e insultos racistas, machistas o homófobos”, decía Moha Gerehou, periodista de eldiario.es y activista en la inacabada lucha contra el racismo.

Nunca me ha atraído Mario Balotelli. Sus excentricidades me aburren casi tanto como los chistes de Joaquín o el ego de Zlatan Ibrahimovic. Pero vivir quiere decir tomar partido, como acentuaba hace ya un siglo, en un texto tan brillante como imperecedero, siempre actual, titulado Odio a los indiferentes, Antonio Gramsci; uno de los hijos más ilustres de Italia, de una tierra de emigrantes que continúa perdiéndose en la deriva xenófoba que atraviesa desde hace demasiado tiempo. El racismo, evidenciando que el fútbol no es más que un fiel reflejo de la sociedad, de la vida, volvió a ser, este fin de semana, uno de los principales protagonistas en el calcio, que ha convertido en habituales hechos como los que se vivieron en el estadio Marcantonio Bentegodi, en el feudo de un Hellas Verona que continúa justificando, defendiendo, e incluso respaldando, las actitudes, los comportamientos, racistas e intolerantes de una parte más que considerable de su hinchada.

Corría el minuto 54 del partido, correspondiente a la undécima fecha de la Serie A, entre el Hellas y el Brescia, cuando Balotelli, cansado, harto, de escuchar a uno de los fondos del estadio gritarle un ulular que define mucho más a la afición ‘gialloblù‘ que al futbolista italiano, agarró la pelota con las manos para, justo después, chutarla con fuerza hacia las graderías del Marcantonio Bentegodi, tan frecuentemente adornadas con esvásticas, cruces célticas o emblemas de Amanecer Dorado. Tal como hizo Samuel Eto’o hace ya 13 años en La Romareda, Balotelli, frustrado, emprendió el camino para abandonar el terreno de juego, pero sus compañeros, así como algunos futbolistas del Hellas Verona, intentaron convencerle para que continuara jugando; situando, así, quizás sin quererlo, el foco en el futbolista, colocando, así, a la víctima en el mismo escalón que el culpable,  justificando, así, la opinión de todos aquellos que consideran que la reacción del ’45′ del Brescia fue exagerada, que seguramente no había para tanto, de aquellos que, con su postura, ilustran hasta qué punto está normalizado e interiorizado el racismo en nuestra Europa de las libertades. “A pesar de que no quería continuar jugando e interrumpió el duelo durante más de cuatro minutos, el ariete terminó de disputar el partido gracias al apoyo que recibió por parte de sus compañeros y de los futbolistas rivales”, se puede leer en un artículo de un periódico al que solo le faltó reclamarle una indemnización al ariete italiano por detener el partido o pedir un Premio Nobel por unos compañeros y unos futbolistas rivales que, más que intentar convencerle para que siguiera jugando, dando, así, la razón a los racistas, mientras la hinchada local silbaba los mensajes que la megafonía del Marcantonio Bentegodi lanzaba para que cesaran los insultos hacia Balotelli, lo que deberían haber hecho, lo que deberían hacer, hubiera sido acompañarle. Ir tras él. Seguirle. Quienes deberían abandonar el campo son los intolerantes. Jamás sus víctimas.

 

Quienes deberían abandonar el campo son los intolerantes. Jamás sus víctimas

 

“Nuestros tifosi tienen una manera simpática de hacer mofa de la gente. Son irónicos, pero no son racistas”, matizaba Maurizio Setti, el propietario del Hellas Verona; que acabó venciendo por 2-1, a pesar de que el propio Balotelli recortó distancias en los últimos compases del partido. “Hoy no pasó nada. Ningún grito racista. Nada. De nada. Absolutamente nada. Únicamente abucheos y silbidos hacia un gran jugador. Eso es todo. Nada de cánticos racistas”, añadió Ivan Juric, el actual entrenador del primer equipo de una entidad que, en su momento, descartó la incorporación del camerunés Patrick Mboma por el color de su piel; contentando, así, a una parte de la hinchada ‘gialloblù’ que incluso llegó a colgar en las gradas una pancarta, acompañada de un muñeco ahorcado, en la que se leía: “Al negro os lo regalamos y el estadio sigue limpio”.

“El balón que rueda fascina desde la más tierna edad y, simbólicamente, debe continuar rodando. La inocencia de un niño tiene que mantenerse. Y la gente debe ver en el otro equipo a adversarios. No a enemigos. El fútbol nunca hará que todo sea de color rosa, y tiene sus límites, pero creo que se puedo utilizar para vencer muchas batallas, como las que libramos contra el racismo o la xenofobia”, enfatizaba Mboma, exjugador del Paris Saint-Germain, el Metz, el Cagliari, el Parma o el Sunderland, entre otros equipos, en una entrevista concedida a la página web de la FIFA, en la que, además, remarcaba que “mis tantos hacían entrar en razón a mucha gente. Mis goles quitaban el eco a sus gritos”. Lo hacen, también, los goles de Mario Balotelli, de aquel niño, hijo de ghaneses, que cuando era un niño se lavaba las manos con agua hirviendo y se pintaba la piel de rosa porque no quería ser negro; de aquel hombre que este domingo chutó una pelota con la misma fuerza con la que el fútbol, tan habituado a mirar siempre hacia otro lado, a justificar, a blanquear, lo injustificable, debería patear el racismo.