-Quiero el siete.

-¿Cómo dices, chico?

-Que quiero el siete. El número siete.

-…

-Conozco el tema y asumo la presión, míster. ¿Lo dejará para mí?

Old Trafford es historia, tradición, simbología, mística y no decir palabrotas en voz alta, no se diera el caso que alguno de sus mitos de mármol se fuera a enfadar contigo. De Matt Busby a Sir Alex Fergusson, pasando por Denis Law, Bobby Charlton o Bryan Robson. Elefantes dormidos que lo impregnan todo con sus resoplidos espirituosos. Tanto es así que incluso Louis Van Gaal, hombre rudo, de los que los tienen cuadrados y no se encomiendan a la fe divina ni en las tandas de penaltis, titubea desde que es entrenador del Manchester United cuando hay que cambiar un cuadro en las paredes maestras del club. Qué esperar, si al mismísimo Hannibal Lecter también le costaría lo suyo sacársela para orinar en una vía pública de Tierra Santa.

Reniega de su pasado. No le costó arrancarse el apellido Depay de su torso después de que su padre los abandonase a él y a su familia cuando apenas era un niño. Orgullo. Rabia. Vileza. El ángel endemoniado

Así es la escena en el Theatre of Dreams: un enjambre de fábulas y cultismos en el que incluso estornudar parece un pecado. De entre todas las leyendas ‘red devil’, sobresale la de un dígito que ha echado raíces con el tiempo. El ‘7’, que para los hinchas de la entidad vendría a ser algo así como el undécimo mandamiento del Decálogo. Prohibido defraudar si lo llevas bordado en la espalda. George Best, Éric Cantona, David Beckham y Cristiano Ronaldo subieron el dorsal en una tarima, y la faena ha sido para los que han llegado después, que antes de asomarse a su cima ya sabían que la caída no sería acolchada. Sus últimos tres portadores eran de distinto pelaje (un clásico venido a menos, Michael Owen, un carrilero de gama media, Antonio Valencia, y una estrella finalmente estrellada, Ángel Di María) pero en todos sus casos la expectativa superó a la realidad. Con tales precedentes, y acojonados por si el asunto se les iba de las manos y acababa enjaulado en una especie de maldición perpetua, en el United meditaron seriamente darle unas vacaciones al número. La idea apenas tardaría unas semanas en esfumarse. Hasta que llegó el bueno de Memphis Depay y puso en un aprieto a su entrenador.

Fichado al PSV Eindovhen por casi 28 millones de euros, Memphis empezó la pretemporada con su nuevo equipo luciendo el ‘9’ y la acabó pidiendo el ‘7’. Evolución natural en un futbolista llamado a protagonizar nobles gestas en Inglaterra, si no fuera porque entre una camiseta y otra apenas se sucedieron un par de semanas. El chico se arregló las patillas, se revisó el pulso, se sintió capacitado y presentó su petición a Van Gaal. Sabía que no obtendría un ‘no’ por repuesta. Ese señor fue el mismo que apostó por él (marcó dos tantos y dio una asistencia) en un Mundial de Brasil en el que la selección holandesa acudió plagada de savia nueva. Ese señor gruñón fue el mismo que le abrió las puertas de la élite europea tras convencer a los inversores estadounidenses de que valía la pena hacer un esfuerzo por la joya más preciada de la Eredivisie. Ese señor gruñón y testarudo no iba a fallarle ahora. No. No ahora. Ese señor no. Y no lo hizo.

JUVENTUD, REBELDÍA Y LIBERTAD

Memphis cumple con todos los requisitos del extremo bueno y moderno –ese que está tan de moda-, incluso con aquellos que habría que etiquetar como defectuosos. Dentro y fuera del campo. Sobre el césped, arranca en el carril zurdo y siempre dobla hacia dentro, a pierna cambiada, reivindicando que a su calidad deben reservársele más metros de espacio. Su estilo es plástico, de esos que te enganchan como la miel a las moscas, y a veces excesivo. Recibe muchos palos, y no es por casualidad. Presume de buen golpeo, en estático y en movimiento, con ese empeine tan portugués. Portentoso en lo físico, peca de confiado e individualista, quizás porque siempre se siente capaz. Le gusta adornarse y apurar la opción difícil. Cuando le sale bien, llueven sombreros. Tiene sello propio, agallas y gol, bastante gol. Todo ello quedó bien demostrado durante la pasada campaña y en la previa de la Champions League de este verano.

Y fuera de los terrenos de juego, el tipo tampoco se sale del guion de su especie. Con tinta por todo el cuerpo, se cuida el pelo y se saca fotos con sus ‘groupies’. Lleva pendientes. Viste a la última, con sus gafas oscuras, un reloj pomposo y mocasines pajizos. Es joven, rebelde y libre. Y duro. Reniega de su pasado. No le costó arrancarse el apellido Depay de su torso después de que su padre los abandonase a él y a su familia cuando apenas era un niño. Orgullo. Rabia. Vileza. El ángel endemoniado. Se sabe curtido y solo: por eso no suele dudar de ninguna de sus cualidades.

Atendiendo a todo lo descrito, pues, ya no resulta tan extraño que Memphis llegase a Manchester, hogar de hogares, desafiando viejos tabúes. Valiente o inconsciente, qué más da.

Ahora es probable que su nombre pase unos días a un segundo plano, teniendo en cuenta que el United acaba de echar el resto por otro atacante prometedor. De nombre Anthony Martial, jugaba en el Mónaco, tiene 19 años y se han pagado por él 80 ‘kilazos’. Desconocemos cómo irá de ambición y si ha destinado algún rato a informarse sobre la historia de Old Trafford. De todos modos, llega con retraso. El ‘7’ ya tiene propietario.