“Hoy se ha dado un espectáculo malo para el fútbol porque se demuestra que, por un plato de lentejas, unos mercenarios se venden”. Sublimes declaraciones de uno de los grandes personajes de la España de los noventa. Aquella España del pelotazo. Aquella España moderna que se presentaba al mundo con la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona. Aquella España salpicada por la corrupción. Aquella España bisagra entre la Transición y el nuevo siglo. Aquella España del consumo y de la Movida. Aquella España que nunca ganaba pero que jugaba bien. Aquella España del ‘Dream Team‘. Del ‘Super Depor’. Del Madrid de Valdano y del Atlético del Doblete. Resumiendo, aquella España de Jesús Gil y Gil, donde aparecer dentro de un jacuzzi en televisión era lo más mundano y donde el poder no sabía pedir perdón.
En fin, podría hacer de esta anáfora algo interminable. Así como son los histriónicos momentos en los que Jesús Gil deslumbró delante de la pantalla. Pero me quedo con ese instante. La conversación con un joven Josep Pedrerol, por entonces en Canal+, al término de un encuentro ante la hoy desaparecida Unión Deportiva Salamanca. Aquel Atlético de Madrid lideraba la tabla a falta de tres jornadas para terminar la competición. Por detrás venían Valencia (a cuatro puntos) y Barcelona (a cinco), y pinchar podía hacer tambalear el tercer título de la era Jesús Gil tras las dos Copas del Rey levantadas de forma consecutiva en 1991 y 1992.
Era un Atlético distinto. Un Atlético que había vuelto a brillar. Que, tras una era de oscuridad, había encontrado en Jesús Gil un presidente carismático y victorioso (todavía no se conocía nada sobre sus corruptelas). Los ochenta habían sido de lo más inestables para la entidad, y el fallecimiento de Vicente Calderón en su segunda etapa como presidente del club puso de relieve la necesidad de un cambio. Fue entonces cuando emergió la figura de Gil, empresario de la construcción, condenado en 1969 a cinco años de prisión por el derrumbe de una urbanización en San Rafael (Segovia) en el que murieron más de 50 personas, e indultado por el régimen franquista. Gil supo reaparecer y surfear la ola económica proveniente del ladrillo, aprovechándose de la explotación urbanística y entrando en la directiva ‘colchonera’, convirtiéndose, a través de su carisma —para qué vamos a engañarnos—, en presidente.
“Hoy se ha dado un espectáculo malo para el fútbol porque se demuestra que, por un plato de lentejas, unos mercenarios se venden”
Futuro alcalde de Marbella, Gil leyó bien la situación, y su irrupción en las elecciones del Atlético de Madrid en 1987 prometiendo la llegada de la joven estrella portuguesa Paulo Futre, lo llevó en volandas al cargo. Y aquel Atlético cambió, aunque no para bien. Tras unas primeras temporadas irregulares e inestabilidad en los banquillos, el rojiblanco de los antiguos colchones se había convertido en una montaña rusa. En una caricatura del carácter de Jesús. Aunque, por fin, en 1991 llegó el éxito. De la mano de Luis Aragonés, el Atlético ganaría la Copa del Rey, repitiendo hito en la temporada siguiente. Jesús Gil lo había conseguido. El Atlético ganaba un título catorce años después. Pero todavía le faltaba una cosa: la Liga. Aunque la inestabilidad seguía a la orden del día. Sobre el césped, los míticos Schuster, Kiko Narváez, Donato, Simeone, Vizcaíno, Pantic… Pero en el banquillo, las caras eran más que cambiantes. Llegaron a ser 38 entrenadores en sus dieciséis años de mandato.
Qué manera de subir y bajar de las nubes, que decía Joaquín Sabina en Motivos de un sentimiento, su particular homenaje al Atlético. Y con ese subir a las nubes seguramente se refería a una de las temporadas más recordadas por la afición. Una de esas temporadas que permanecerá en la retina de todo el que pudo vivirla. Corría el verano de 1995. El Atlético llegaba a un inicio de curso con más dudas que certezas. El haber cerrado la anterior liga en decimocuarta posición, a un punto del play-off para mantenerse en la categoría, pocas cosas buenas hacía presagiar a los aficionados. Pero en ese verano, Jesús Gil cambió parte de la historia del club. La llegada de Radomir Antic al banquillo, junto a jugadores como Penev, Molina y Milinko Pantic por 75 millones de pesetas, convirtieron al Atlético en un proyecto ganador. Por supuesto, junto al liderazgo del Cholo Simeone y la categoría de Caminero en el centro del campo.
Pero fue una liga atípica. Por primera vez había 22 equipos, dado que los descensos administrativos de Sevilla y Celta —que finalmente fueron admitidos en la máxima categoría, en un ejemplo de improvisación por parte de la RFEF— provocaron lo que era una situación insólita. De 38 a 42 partidos. La carga era más que notable. Aunque el Atlético no se amilanó y, de principio a fin, encabezó el campeonato. Solamente en tres de las cuarenta y dos jornadas el equipo no fue líder. Y todo tras el espectacular rendimiento de Milinko Pantic, que disputaba su primera temporada en una liga de alto nivel tras pasar por el Partizan de Belgrado y el Panionios griego. Tal fue su rendimiento, que el Calderón le dedicó una esquina, donde, en cada partido, una mujer lanzaba un ramo de flores en su honor.
Y en aquella Liga de los 22, el Salamanca aterrizaba de la mano de Juanma Lillo tras un doble ascenso y volvía a la máxima categoría después de doce temporadas. A diferencia de la capital, en tierras salmantinas las victorias fueron escasas, y el equipo tonteó con las posiciones de descenso durante la primera parte de la temporada. Las cosas no funcionaban, y aunque la directiva trató de aguantar el chaparrón, finalmente Lillo fue destituido. Una decisión que no sentó nada bien ni a la grada ni a la plantilla, y la llegada de D’Alessandro tampoco mejoró nada. Precisamente el argentino, más conocido hoy por sus escenas en televisión, venía de salvar al Atlético de Madrid en temporadas anteriores, y fue la UD Salamanca la que, en su agónica lucha por el descenso, decidió contratarle. Conocía muy bien la casa después de jugar diez temporadas, pero nada pudo hacer para sacar al equipo charro de la última posición.
Tras el encuentro, Gil no dejó a un joven Josep Pedrerol indiferente. “Al cuarto de hora dije: ‘¡Hay que ver la prima que les han ofrecido! ¡Un equipo que no se juega nada no entra a matar!’”
Cada uno con su lucha. Unos ansiando el título; otros, pensando en preservar el honor. Dos realidades que se vieron enfrentadas en la antepenúltima jornada. Y la verdad es que el partido tuvo su miga. Porque de un gol a favor de los ‘colchoneros’ se pasó al empate del rumano Stinga, que ponía en boca de todos a ese Salamanca de D’Alessandro. Sufría Jesús Gil desde el palco; en la previa del partido, el dirigente había hablado de maletines, pero Kiko Narváez emergió salvador para certificar un doblete y aliviar al presidente. Aunque poca gloria celebró Jesús, que, tras el encuentro, no dejó a Josep Pedrerol indiferente. “Al cuarto de hora dije: ‘¡Hay que ver la prima que les han ofrecido! ¡Un equipo que no se juega nada no entra a matar!’”, soltó.
Pero sin duda, la gran frase fue otra. “Hoy se ha dado un espectáculo malo para el fútbol porque se demuestra que por un plato de lentejas unos mercenarios se venden”. Un documento audiovisual histórico, del que se podría incluso escribir una tesis. Porque “el que tengan mucha suerte, pero están en Segunda” todavía resuena en la memoria de aquellos quiénes finalmente vieron levantar el doblete a su Atlético. Esos mismos que en un futuro serían espectadores de como la justicia investigaba a Jesús Gil y Enrique Cerezo por sus triquiñuelas. Que también vivieron el famoso Caso Camisetas y los chanchullos con la Marbella de su presidente. Los mismos que sufrirían el descenso a Segunda. Ya lo decía Sabina, los altos y bajos que han convertido al Atlético en un equipo hecho a sí mismo. Lo saben bien quiénes fueron partícipes de aquella España. Aquella España del pelotazo. Aquella España de Jesús Gil y Gil. ¡Y punto!



