Si se pasease por Lloret de Mar o por Torremolinos con su ‘look’ de galán centroeuropeo venido a menos, muy pocos caerían en la cuenta de que acaban de cruzarse con un delantero capaz de levantar un estadio a base de goles. Solo habría que fijarse un poco más para detectar ese aire rebelde, de ‘rockero’ ligeramente azucarado. Nació en Viena, pero Polster siempre ha sido más de Mick Jagger que de Mozart, y no tardó en demostrarlo cuando aterrizó en el Sevilla, en 1988. Para entonces, ya había dejado claro que era un inconformista: en 1987, y tras marcar 39 goles con el Austria de Viena, se negó a recoger la Bota de Plata. El ganador, un rumano llamado Rodion Camataru, había marcado 44 goles, pero 20 de ellos en los últimos seis partidos. Aquello no cuadraba. La UEFA lo desveló 21 años después: el régimen de Ceaucescu había falsificado las actas para elevar a uno de los suyos al trono del gol europeo.

 

Nació en Viena, pero Polster siempre ha sido más de Mick Jagger que de Mozart, y no tardó en demostrarlo cuando aterrizó en el Sevilla, en 1988

 

Ya en Sevilla, estuvo a punto de lograrlo otra vez: marcó 33 goles en la 89-90, pero tuvo la mala suerte de chocar contra la inspiración de Hugo Sánchez, que marcó 38. Desde entonces, muy pocos han superado sus cifras de aquella temporada. El Sánchez-Pizjuán idolatraba a aquel tipo esbelto y un poco hortera, melena rizada y cadena de oro al cuello, que se adaptó a la ciudad como si fuera de Triana de toda la vida. Pero Polster también era disperso, un poco irresponsable y muy pasional. En 1991, cuando fue sustituido en Atocha, se marchó tan cabreado que arrojó la camiseta a los pies de su entrenador, Cantatore.

Era el principio del fin de su idilio con Sevilla. Se fue al Logroñés y luego al Rayo, antes de encadenar seis temporadas de éxito en Alemania. Ya retirado, compaginó los despachos del Borussia de Mönchengladbach con la música: formó un grupo llamado Achtung Liebe (‘Cuidado, amor’), de pop más bien ñoño, con el que triunfó en su país. También sacó a la venta camisas de dudoso gusto pero una línea de indiscutible compromiso: con lo recaudado, ayuda a los técnicos más modestos a pagarse el título.

Dicen que está loco por volver a España, y que cuando le llaman desde Sevilla, lo mismo se ofrece como entrenador que como cantante: llegó a enviar una maqueta a la redacción de ABC con una canción titulada La noche española. Quería sonar en Los 40, pero aquello no daba ni para una romería.


Este artículo está extraído del interior del #Panenka45, un número que sigue disponible aquí.