“Si estás en el área y no sabes qué hacer con el balón, mételo en la portería y después discutiremos las opciones”. Bill Shankly lo tenía clarísimo y así se lo hacía entender a sus delanteros. Dentro del área, el gol es la finalidad máxima; todo lo que no sea ver el balón durmiendo entre los tres palos, no interesa. En un penalti, más de lo mismo. De hecho, hasta mayor responsabilidad, pues solo uno interfiere en el camino del esférico al gol. Tú contra el portero. El portero contra ti. No hay más. El gol o el vacío. El gol o el error. El gol o la nada. Mucho que ganar, muchísimo que perder.

Aclarado esto, viajemos a la Copa América de 1999. Argentina, encuadrada en el grupo C junto a Colombia, Ecuador y Uruguay, llegaba a Paraguay, sede del torneo, con Marcelo Bielsa en el banco y futbolistas de la talla de Zanetti, Simeone, el ‘Burrito’ Ortega o Martín Palermo en el césped. El objetivo, claro: repetir el último éxito de la ‘Albiceleste’, la Copa América disputada en Ecuador en 1993. El resultado, a casa en cuartos -ante Brasil- tras quedar segunda de grupo. La historia inició con buen pie, con una victoria contra Ecuador por 3-1 con goles de Simeone y de Palermo, por partida doble. El 4 de julio tocaba enfrentarse a Colombia, que también había hecho los deberes en la primera jornada venciendo por la mínima a Uruguay. El ganador de aquel Argentina-Colombia en el Estadio Feliciano Cáceres limitaba las aspiraciones del resto para liderar el grupo al término de la primera fase del torneo.

Apenas cinco minutos después de que el paraguayo Ubaldo Aquino decretara el inicio de la contienda, llegó el primero de los hasta cinco penaltis que habría en el convite. Martín Palermo se preparaba para pegarle de volea, sin apenas ángulo -por algo le llamaban el ‘optimista del gol’, porque comía exclusivamente de eso-, cuando la mano de Alexander Viveros se interpuso entre el balón centrado desde el costado y la bota del delantero argentino. No había dudas, era penalti. Palermo se dispuso a golpearlo. Larga y centrada carrerilla, zancada imponente, disparo potente. Tan potente, que fue a darle con todo y se encontró con la nada, con un balón que daba justo en el travesaño y volaba alto sin intenciones de retomar su camino hacia el césped. Bueno, aún era pronto, aún no se había movido el marcador, no vayan a matarlo demasiado temprano.

El problema para Argentina vino poco después. Penalti, ‘penaltito’, de Walter Samuel a Arley Betancourth. Otra oportunidad desde los once metros en apenas diez minutos de juego, esta vez para los ‘cafeteros’. Iván Córdoba, el mítico central del Inter, en ese momento en San Lorenzo, a diferencia de Palermo, anotaba desde el punto fatídico con un obús que engañó al ‘Mono’ Burgos venciéndose al costado opuesto. 1-0. Podían estar tranquilos, todavía había mucho tiempo para darle la vuelta. Y más tranquilos respiraron los argentinos cuando, ya en el segundo tiempo, Hamilton Ricard, también de penalti, vio cómo el ‘Mono’ Burgos le adivinaba las intenciones con una felina estirada y mantenía con vida a su país.

 

Bermúdez, compañero en Boca y rival en ese duelo, se le acercó instándole a que cediera el tercer lanzamiento: “Loco, no lo cobres, que lo patee otro”. Pero solo encontró oídos sordos

 

Pasaban los minutos y no había más goles, faltaba un cuarto de hora de juego y el solitario tanto de Iván Córdoba seguía imperando en el marcador. En esas, con Argentina luchando por, al menos, igualar la contienda, se calcó la jugada que precedió al primer error de Palermo desde el punto fatídico. Centro al área, Viveros y Martín a la disputa y el colombiano, torpón esa noche en el braceo, vuelve a sacar la mano a pasear. Segundo penalti para Palermo. Mismo procedimiento: larga y centrada carrerilla, zancada imponente, disparo potente. Mismo resultado, aunque en esta ocasión sin la conexión entre el balón y el travesaño, directamente a la verja que separaba al público del verde. Y, solo tres minutos después, Colombia encarrilaba la victoria con un gol de Edwin Congo de tacón a la salida de un córner.

No acabó ahí la tortura para la selección argentina. Al filo del tiempo añadido llegaría otro gol ‘cafetero’, obra de Johnnier Montaño, y la última oportunidad de la ‘Albiceleste’ para maquillar el resultado. Un penalti, sí. Se lo hicieron a Palermo y tenía claro que lo chutaría él mismo. Cogió el balón y lo plantó en el maldito punto blanco. La tercera vez que lo visitaba. Ya iban 3-0, ya estaban en el descuento, ya estaba todo dicho. Lo único que podía hacer ese penalti era hundirlo aún más, pero fue valiente y no se amedrentó ante la posibilidad de pasar a la historia por ser el primero en errar tres penas máximas en una misma noche. Es más, Bermúdez, compañero en Boca y rival en ese duelo, se le acercó instándole a que cediera el lanzamiento: “Loco, no lo cobres, que lo patee otro”. Pero solo encontró oídos sordos.

Tercera ocasión que se retaba con Miguel Calero, arquero entonces del Atlético Nacional. ‘Esta sí, Martín’, rondaría por la cabeza de los argentinos. Pues esta tampoco. Calero acertó el costado al que tirarse y la desolación se apoderaba del cuerpo de Palermo. “Fue una noche negra para el rubio delantero, más allá de la fe que demostró al pedir patear cada uno de los penales. Sin embargo, pareció una exageración su obstinación por ejecutar el tercer penal, cuando se notaba que no estaba en la condición anímica ideal para hacerlo”, rezaba el uno por uno del diario La Nación, dedicado a valorar la actuación de cada futbolista. Vaya que si fue negra la noche para el ‘9’. Imagínense que alguno, después de todo aquello, le hubiera recordado a Palermo que cuando el ‘Flaco’ Menotti jugaba en Rosario Central tenía prohibido festejar un gol desde los once metros, “porque un gol de penal lo hace cualquiera”, entonces, con eso ya lo remataban.