No sé si lo sabes, David, pero el miércoles 13 de noviembre de 2019 todo un país se despertó con una lágrima recorriéndole la mejilla. Pese a haberte alejado de nuestro fútbol, aunque fueran neoyorquinos y nipones los últimos en disfrutarte, tu fútbol seguía muy presente aquí, en la memoria de todos.

No sé si lo sabes, David, desconozco tu gusto por la lectura, que, en El fútbol a sol y sombra, Eduardo Galeano sentenció que “el placer de derribar ídolos es directamente proporcional a la necesidad de tenerlos”. Pero los que siguen siendo niños cuando un balón se cruza con sus ojos, los que regresan a la infancia a la vez que una pelota atraviesa la línea de meta, nunca se plantearán derribarte.

No sé si lo sabes, David, pero hay niños que jamás soñaron con volar hacia las escuadras como los santos, con dejarse el pelo tan largo como Tarzán para machacar a los teutones volando entre lianas o con adquirir un francotirador diseñado en Tolosa. Tampoco en comprarse una brújula catalana para guiar a nadie hacia Johanesburgo ni en hacer magia a la manchega porque, aunque preciosa, era tan poco mundana que parecía imposible alcanzarla con la yema de los dedos. Pese a que no lo creas, hace un tiempo, no tanto, había enanos que solo veían balones correr hacia ellos, botando suavemente, tras una mala decisión de un portero chileno o después de un rechace de un arquero luso; que solo imaginaban escurrirse entre un par de hondureños, rusos, suecos o quien se pusiera en su camino, para reconducir historias; que soñaban con que el balón estableciera una amistad con ellos para reposar en la red después de dejarles en vilo rebotando en los dos postes; que creían que Quini y Luis Enrique podían vivir en un segundo plano; que codiciaron robarles copas a reyes en montañas barcelonesas; que buscaron con el rabillo del ojo, una y otra vez, desde lugares inconcebibles, si el portero se había adelantado en exceso como en un día lluvioso en A Coruña; que quisieron coquetear con las telarañas en Wembley; que desearon conquistar victorias imposibles bajo la consigna del partido a partido.

No sé si lo sabes, David, cuando tu nombre comenzó a escribirse sobre un ‘7’ en tu espalda también se iniciaron cientos de discusiones en vestuarios para debatir quién sería el señalado para vestir ese número en a saber cuántos equipos de fútbol. Ni tampoco serás consciente de las locuras que tuvieron que hacer tantísimos progenitores para que sus hijos soñaran, imaginasen, goles de todos los colores mientras esos mismos pequeños, felices, se calzaban botas de un único color, el que tú lucías. Simplemente porque tú lo lucías.

No sé si lo sabes, David, aunque entiendo que sí, mientras algunos, pesados, siguen dándole vueltas a quién es el único digno portador de cierto dorsal en la selección de un país tan dado a rizar el rizo con debates absurdos, banales, cansinos, y a posponer cuestiones de máxima necesidad hasta que la realidad le da 52 hostias; aquí continúa sin haber nadie capaz de meter 59 goles vestido de rojo. Probablemente, hazme caso, porque sea imposible dar con él. Probablemente, te lo aseguro, porque ese tipo ya existió y dejó un último taconazo ante Australia antes de abandonar el césped hundido, melancólico, por saber que aquella historia se acababa.

No sé si lo sabes, David, que hubo un tiempo donde las diagonales se tornaron en el camino más recto al gol. Donde los funambulistas no solo demostraban sus dotes en circos, también habitaban en el césped, entre la línea del bien y la del mal, entre las pesadillas de los linieres, entre centrales gigantes incapaces de controlar aquellos milímetros que solo tú sabías gestionar. Donde en los penaltis no se concebía el error. Donde daba igual si el balón caía a la pierna derecha o a la izquierda. Donde la picardía, la astucia y la entrega se encontraron en un mismo cuerpo.

No sé si lo sabes, David, pero el fútbol, aunque te plantearas en tu despedida que algún día sería tan osado de poder dejarte, nunca se atreverá a olvidar todas aquellas vaselinas, faltas, chutes cruzados, colocados, imparables, que le ofreciste. Todos, del primero al número 365, forman ya un calendario de recuerdos que pertenece a la historia de este deporte.

Y supongo que ya te lo imaginas, David, pero te lo aclaro por si acaso: el fútbol te echará de menos.