Uno de mis mejores amigos no era muy aplicado en el colegio. Digamos que invertía todo su tiempo en los videojuegos, y a mí ya me parecía bien porque me pasaba horas en su casa disfrutando de las últimas novedades de Nintendo. Luego yo hacía los deberes y él no. A mí me gustaba estudiar y a él no. Para contrarrestar ese desequilibrio, solía decirme que “la ignorancia da la verdadera felicidad”, lo cual, traducido, significaba que él era, por definición, una persona mucho más feliz que yo. Mientras a mí me preocupaban las décimas para llegar al excelente, su batalla académica era sencillamente binaria: aprobar o suspender, el resto le resbalaba. La teórica búsqueda del conocimiento, según él, iba a acabar perjudicándome, porque a cada nueva inquietud, surgiría una nueva necesidad de respuestas. Demasiado agotador. La ignorancia era un atajo a la paz. “Pero-tú-todavía-no-lo-ves”. Juro que hubo un tiempo en el que me planteé si detrás de aquella gorra de Mighty Max se escondía el nuevo Platón.

Finalmente he comprendido que no es que la ignorancia nos acerque a la felicidad; es que la expectativa puede ser un freno para alcanzarla. La exigencia es fundamental para engrasar cualquier tipo de competitividad, ya sea académica o profesional. Pero en exceso puede llegar a causar frustración. Saber, estudiar, consumir, tuitear, viajar, leer o trabajar no son actividades por sí solas contraindicadas o perjudiciales. Todas a la vez, ya no digamos al ritmo vertiginoso de esta sociedad hiperventilada, donde el tiempo se mide en filtros y la tecnología marca nuestra agenda vital, lo más normal es que generen ansiedad. Saber más, estudiar más, consumir más, tuitear más, viajar más, leer más y, claro, trabajar más. ¿En qué medida te exiges tú?

De exigencia, pero sobre todo de expectativa, estuvo hecho el Barcelona no hace tanto. Jugaba como nadie y era favorito ante todos. En su deber anual estaba ganar más que el año anterior, lo que equivalía al doblete si había ganado un título, al triplete si había ganado el doblete y a otro triplete si venía de ganar el triplete. La expectativa, inicialmente repartida entre el entrenador, el estilo y los futbolistas, acabó en la mochila del mejor jugador de la historia, Leo Messi, lo cual no fue precisamente una buena ni nada justa idea. El Barça, que tenía las ganas y el conocimiento, la inquietud y el esfuerzo, el talento y el modelo, terminó empachado de certezas y, aunque resulte contradictorio, esto lo llevó a desaprender.

 

La expectativa es capaz de convertir una hemorragia profunda en un rasguño. Y esa distorsión es la que a veces mitiga el dolor y nos devuelve los pies al suelo

 

Hoy, huelga decirlo, está a años luz de la grandeza de antaño. Tanto es así que la melancolía y la tristeza que desprende pueden relativizarse con facilidad. Antes no, antes estaba obligado a obtener lo máximo. Y quedarse cerquita del objetivo solía traer traumas de gran envergadura. Que los culés hagan el ejercicio: ¿la rabia inclasificable por otra derrota europea con Messi en el campo o la serenidad de un Clásico desigual en el que dar la cara ya será un éxito? La expectativa es capaz de convertir una hemorragia profunda en un rasguño. Y esa distorsión es la que a veces mitiga el dolor y nos devuelve los pies al suelo.

El Barça arranca este 2022 como no se recuerda en la última década y media. Sufriendo para ganar, jugando para mejorar y convenciéndose de que lo realmente importante es participar. Partido a partido, solo que rumbo a la supervivencia. Orgulloso, realista, liberado. Puede que incluso feliz ahora que ya no posee la etiqueta de ser el alumno más aventajado.

A mi amigo hace mucho que no lo veo pero probablemente me diría que no contar con expectativas muy altas -también en lo que a animar a un club se refiere- tiene sus ventajas. No te sulfuras por tener que lograr la excelencia, aprendes a apreciar el esfuerzo antes que el talento y los partidos aprobados con un ‘5’ pelado se convierten en algo terriblemente satisfactorio. Y lo más importante: no tienes la estresante necesidad de mirar constantemente arriba. Ahí suele estar el marcador. O peor aún, el líder. Al que algún día, seguro, quién sabe si esta noche, volverás a ganar. Qué atrevida es la ignorancia.

 


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Fotografía de Imago.