Los clubes que jamás han ganado nada lo tienen más fácil para celebrar. Que se me entienda, me refiero a equipos de fútbol que nunca han sentido la emoción de levantar una copa. No hay fotos del capitán levantando el trofeo, nada de eso existe en muchísimos clubes. De hecho, hay más clubes perdedores que ganadores, así funciona esto. El éxito en el fútbol depende de dónde se sitúe el listón. Para algunos reside en mantenerse en Primera y para otros en entrar en Europa todas las temporadas, al final todo consiste en las prisas y las aspiraciones reales de cada equipo. No le vamos a pedir a un club de una ciudad de 200.000 habitantes y poco margen económico que luche por entrar en la Champions; tan solo se le reclamará esfuerzo y la pelea de cada balón como si fuera el último.

Pese a descender dos veces en los últimos años, Osasuna venía de unas temporadas donde cerca estuvo de la gloria pero todo quedó en nada. Cerca de levantar la Copa del Rey, cerca de una final de la UEFA y cerca de entrar en la fase de grupos de la Champions League.  Cerca de todo y a la vez lejos. Por el camino los Dani, el Sevilla en su torneo favorito y un joven Kompany en el Hamburgo rompieron los sueños de unos aficionados que estaban más acostumbrados a la derrota que a la victoria. Porque al final eso es Osasuna, las alegrías hay que celebrarlas todas, y bien fuerte, porque uno no sabe cuándo será la siguiente. Los triunfos en El Sadar no se celebran como algo rutinario, de ahí que cada victoria se disfrute como si fuera la última. Incluso cuando todo va bien, como en esta temporada, uno no se termina de fiar de la dinámica positiva. Es como si no fuera posible que el cuento acabara en final feliz.

Perder es lo que tiene, te hace fuerte y sobre todo te hace valorar los triunfos como nadie. Lo ideal sería levantar un título cada día, pero qué le vamos a hacer. Tampoco vamos a soltar el tópico de que ganar aburre. Ganar no aburre, ganar es la hostia. Por eso mismo un ascenso a Primera División se celebra como si de la Champions se tratara, porque regresar a la máxima categoría es el premio al trabajo bien hecho y la morfina necesaria para unos hinchas que necesitaban una inyección de moral. Los aficionados de los clubes pequeños no tienen un día tranquilo, siempre hay algo. Ya sea porque se llevan a tu mejor jugador, el club cae en la ruina o el abismo del descenso asoma por la ventana.

Lo importante es celebrar prácticamente cualquier cosa, desde un córner hasta un gol en el último minuto. No olvidemos que lo normal en el deporte es perder. Lo que para muchos puede resultar mundano, para otros es su forma de vivir. Ni habiendo perdido un solo partido en todo el año en Pamplona los aficionados de Osasuna se atrevían a convencerse de su regreso a Primera. Nada. Ni aunque hubiera ganado todos los partidos del curso, es lo que tiene estar acostumbrado a la derrota que te vuelve incrédulo. Eso sí, el día que ganas lo celebras como si no hubiera mañana y que esa magia continúe siendo así.