PUBLICIDAD

No disparen al lateral

Hay cierta violencia en ver cómo los ídolos de tu infancia, a los que en su momento atribuías vidas de película, caen despedazados como figuras de barro. Cafú era tan bueno que creíamos que iba a ser para siempre

lateral

Hace unos días apareció la noticia en los medios: Marcos Evangelista de Moraes, más conocido como Cafú, está acorralado por las deudas. Su empresa de representación, para la que pidió préstamos millonarios con tal de esquivar la ruina, ha acabado en bancarrota. Y la inmensa villa en la que residía, a 30 kilómetros de São Paulo, ha sido embargada por la justicia brasileña y el 4 de abril será subastada. Hay cierta violencia en ver cómo los ídolos de tu infancia, a los que en su momento atribuías vidas de película, caen despedazados como figuras de barro. Cafú era tan bueno que creíamos que iba a ser para siempre. Cuando somos niños solo sabemos admirar así, sin buscar la fecha de caducidad en la cajita, creyéndonos que aquello que nos sacude el corazón no se marchará nunca, que a pesar del tiempo mantendrá la forma y el aspecto, como sucede con los muebles y los relojes de las casas de nuestros abuelos. Cafú fue un gigante de la profesión por los títulos que ganó, las camisetas que vistió, los goles que sirvió, esos centros envenenados que entraban al área con una sentencia de muerte bajo el brazo. Pero Cafú fue un genio del fútbol, sobre todo, porque levantó su leyenda desde el lateral, como esos emprendedores que empiezan repartiendo pizzas en una moto y acaban gestionando un imperio inmobiliario desde un despacho con las mejores vistas de la ciudad. Antes de Cafú, el lateral era un callejón desértico y descuidado, con poca iluminación y mierdas de perro por el suelo, en el que como mucho se ubicaba a un futbolista con el único encargo de pasar lo más desapercibido posible. El brasileño sacó la escoba, se puso a barrer y a limpiar, y en unos años había convertido ese estercolero en un paseo de la fama; un lugar desde el que decantar partidos y campeonatos. Los niños querían ser como Ronaldo, como Rivaldo o como Ronaldinho, pero también como Cafú, es decir, flechas veloces que recibían el balón en su campo y, con tres o cuatro regates deslumbrantes, se plantaban en la línea de fondo preparados para encontrar la cabeza del delantero. Vino al mundo a luchar por una causa perdida, a dar luz a aquello que no la tenía, y lo logró. Sus éxitos siempre pesaron un poco más. Porque Cafú nos convenció de que a los laterales, como a los pianistas, tampoco había que dispararles.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Getty Images.