“Y Reggie Miller me quitaba a mí el complejo de flaco

Tote King, NBA.

 

No sé por qué estoy llorando viendo un partido de fútbol en diferido. Conozco el resultado, conozco a los jugadores, conozco mi memoria. Igual ese es el problema: la tristeza inherente a las historias ya resueltas.

Juegan el Deportivo de la Coruña y el Milan. Pero también juego yo: son las cuatro de la tarde de un día cualquiera entre semana, tengo doce años y me estoy cambiando para jugar al futbol. Para entrenar. Tengo las mejillas rojas y los cordones desatados. La chica que me gusta, esa primera chica que entra en tu vida como una quemadura, me acaba de decir que yo no le gusto. Y que, además, soy demasiado flaco. Me levanto la camiseta frente al espejo y observo el xilófono que componen mis costillas marcado sobre mi piel. Hoy no tengo ganas de jugar. El desánimo me devuelve al presente: observo cómo juegan dentro de mi televisión. Es una remontada, de esas que te reconcilian con el impávido discurrir de la historia y te envalentonan. El equipo pequeño ganando al grande. La justicia, el reparto equitativo del éxito, el final feliz que sentimos que nos merecemos. Aun así, no consigo sacudirme las lágrimas de encima.

Va a tener razón mi antiguo entrenador: me falta carácter, soy frío, me vengo abajo con facilidad. Aquella vez que, tras diez minutos de partido, me hizo acercarme y me espetó: «¿vas a empezar a jugar pronto o te cambio ya?». En silencio, le miré a los pies, a las rodillas y luego a los ojos. Respondí que me cambiara.

También se acusaba de frialdad a uno de los jugadores que brillan en mi pantalla con la camiseta del Dépor. Jamás se enfadaba, no había ataque ni defensa capaz de cobrarse su calma. Era apacible y amigable, y derrochaba sensibilidad con el balón en los pies, aunque en ocasiones se disolviera entre patadas y empujones y costara encontrarlo sobre el terreno. Su debilidad era su virtud: su sosiego era su elegancia, su falta de carácter era su inteligencia. De hecho, durante su larga carrera, nunca fue expulsado. La violencia y la brutalidad son para quien las necesita; para quien olvida que, en el fondo, esto no es más que un juego. Él nunca lo olvidó: su sonrisa, en primer plano en mi televisión tras haber metido un gol de cabeza, le delata. Sí, le respondí que me cambiara, pero no lo hizo. Quiso hacerme reaccionar y lo que consiguió fue paralizarme para el resto del partido. Intuyo que se sintió tan culpable que no pudo sustituirme.

Pero no sólo era frío; a ese jugador le apodaban ‘el Flaco’. La camiseta le iba eternamente grande, sus pectorales eran fantasmales, sus piernas parecían cerillas y sus hombros el cuadro de una bicicleta. Le apodaban ‘el Flaco’ porque era flaco, y lo había sido toda su vida. Se llamaba Valerón y quise ser como él durante toda mi pubertad. Por eso, encerrado en aquel vestuario frente al espejo, me bajo la camiseta y compruebo que me va grande, tal como yo deseo. Como a él. Todavía agitado y confundido por haber descubierto eso que los adultos llaman amor, recobro las ganas de jugar y decido atarme las botas.

Meses más tarde, ocurriría el evento más alegre de mi pubertad. Durante un partido, el familiar de un chico del equipo contrario se acercó a mi padre, y le dijo: «tu hijo me recuerda a Valerón». Al terminar el partido, mi padre me lo comentó orgulloso. Una victoria pírrica: todo, absolutamente todo, había valido la pena. El rechazo, la desmotivación, las veces que quise evitar playas y piscinas pero no lo hice; la felicidad de que coincidan ser y querer ser. La vida no deja de dañarte y uno solo tiene imágenes para protegerse, y la de Valerón, a mí, me salvó de un complejo físico. Convirtió supuestos defectos en características deseables, en sinónimos de lo que quería ser y, en el fondo, ya era: un chico introvertido, frágil y delgado que únicamente quería ser futbolista.

Le imité para reconciliarme conmigo mismo. Dejé de jugar al fútbol cuando dejó de ser un juego. Cuando la competitividad arruinó, a base de codazos, mi voluntad. Dejé de imitar a Valerón cuando todo, en general, dejó de ser un juego. Cuando murió mi perra, cuando diagnosticaron depresión a mi mejor amigo, cuando le puse los cuernos a una novia de la que no estaba enamorado. Supongo que se me olvidó la sonrisa del ‘Flaco’ y me convertí, enrabietado, en un Cantona que ansiaba darle una patada al mundo.

Ahora, viéndole remontar cuatro goles en contra frente al Milan, tras llevar un mes encerrado por una pandemia que ha convertido al techo de mi casa en mi mejor interlocutor, no puedo evitar sentir nostalgia por aquellos tiempos en los que, para dejar de llorar, solo necesitaba una imagen de Valerón y un balón de fútbol. Pero a quién quiero engañar: si ya ni siquiera sé si me gusta el fútbol; así que, sin dejar de llorar, apago la televisión. A veces, simplemente, como cantaba Prince, nieva en abril.

 


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Fotografía de Getty Images.