Corría con velocidad envidiable y agilidad letal. En el Europeo sub-17 que se disputó en 2004 maravilló junto a Nasri, Benzema y Menez, seguía los pasos de Zidane y era apodado en Sudamérica como el ‘nuevo Maradona’. La vida y el futuro se encarrilaban a marchas forzadas, el tiempo pasaba tan rápido que las decisiones habían de tomarse rápido. Ben Arfa lo tenía todo para triunfar, de hecho, tenía lo más importante, el talento. Pero lo perdió todo. No supo ser futbolista. Encadenó decepción tras decepción y bronca tras bronca. La lió en la selección, se escapó de varios equipos, apostó a que su ego ganaría al compromiso y el trabajo y perdió siempre. Ahora anda peleado con la FIFA, sin equipo, amenaza con su retirada y el mundo del fútbol parece haber dejado de creer en él.

“Mi padre nunca me dijo que me quisiera”, confesó hace tres años a L’Équipe. “Esa falta de amor paternal me hizo pelearme con mis entrenadores”, añadió. Con todos menos uno. Para Raymond Domenech solo tiene buenas palabras. El que dirigiera la selección durante una larga etapa siempre quiso verlo vestido de bleu, pese a no conseguir de él el nivel deportivo que tan insistentemente buscó. Seguramente Domenech es también el único técnico con el que no se le recuerda una sonada bronca, porque la carrera del francés ha sido eso, pelea tras pelea, multa tras multa, indisciplina. Un áurea de arrogancia que le ha hecho abandonar cada equipo por la puerta de atrás, maquillando su calidad y sus goles y los títulos que dejó de ganar en 2010.

“Mi padre nunca me dijo que me quisiera”, confesó hace tres años a L’Équipe. “Esa falta de amor paternal me hizo pelearme con mis entrenadores”

La primera trifulca la protagonizó en el Lyon, el equipo que lo presentó al mundo, la cuna que le ligaría Benzema con una gran amistad – que luego se puso en duda – y el conjunto que sería testigo de sus primeros y fructíferos éxitos. Su innegable habilidad le reservó siempre un lugar de lujo en las categorías inferiores de la selección gala, donde constató que la generación del ’87 prometía un gran futuro para el país. Esos jóvenes debían asegurar el relevo de ‘Zizou’. En Lyon revalidó cada el campeonato de liga nacional, un hábito que no ayudó mucho a la avidez del joven, que desató su malestar con el club a raíz de una pelea en un entrenamiento con Sébastien Squillaci. Dadas las circunstancias, durante el verano de la Eurocopa de 2008 maduró una decisión que el Lyon no olvidará nunca.

Se trasladó a Marsella, sembrando la polémica entre los rivales ‘Olympiques’ y haciendo intervenir a la Federación Francesa para aclarar el asunto. El chico declaró públicamente su animadversión al club de su vida replicando su falta de clase e inició en el OM una etapa en la que ganó tantos títulos como desconfianza entre sus compañeros y entrenadores. Primero se las tuvo con Djibril Cissé y más tarde con el técnico Eric Gerets. Más tarde llegó Didier Deschamps, quien intentó acercarse al jugador, dándole oportunidades, afrontando su carácter y consiguiendo un gran rendimiento del atacante. Hasta que también le tocó a él sufrir el indomable carácter de Ben Arfa. Entonces, Deschamps le señaló la puerta de salida del Marsella y acabaría cedido al Newcastle, donde el futbolista nacido en los suburbios de París vivió una segunda juventud.

Parecía que las cosas volvían a su sitio con la madurez que Arfa demostró en Inglaterra. Allí estuvo inspirado, ágil, se erigió como el jugador más importante en el ataque ‘magpie’ y volvió a coserse el balón al pie para conducirlo, detalle que tanto caracteriza su juego. Cambió su actitud, mucho más disciplinada y la prensa británica se congratulaba de haber sabido domar al rebelde frenchman. Volvió a prometer y acabarían comprándole. Hasta que la realidad volvió a pesar demasiado y acabó bajando de la nube al propio Arfa y a los que confiaban en él. Después de cuatro años ya no entraba más en los planes del Newcastle, así que este último verano fue cedido al Hull City, donde protagonizó los peores encuentros que se le recuerdan. De hecho, el técnico Steve Bruce lo sustituyó en un partido en Old Trafford en el minuto 35 porque había corrido menos que su portero. Bruce se preguntó públicamente si Arfa era un jugador de primera división y poco después admitió a la prensa que desconocía su paradero. Los ‘tigers’ quisieron mandarlo de vuelta a Newcastle, pero allí ya no querían saber nada de él.

El mercado de invierno ha sido un verdadero quebradero de cabeza para Arfa, ya con 27 años. Cuando estaba dispuesto a aterrizar en Niza recibió la desaprobación de la FIFA para firmar un nuevo contrato. La norma prohíbe a un profesional jugar en tres equipos distintos en una misma temporada, y los amistosos disputados a principio de temporada con el Newcastle le impiden disfrutar de una nueva oportunidad en la liga gala. Por supuesto, esta medida que ha aplicado la Federación Internacional ha enervado al jugador, que está se ha puesto en manos de sus abogados para no tener que despedirse del fútbol con ese amargo sabor que le deja su propia trayectoria. Los últimos rumores lo sitúan en la MLS, donde sí podría jugar dadas las diferencias de calendario liguero con las ligas europeas. Según él, sería capaz de irse al Polo Norte para seguir jugando, una auténtica paradoja para un jugador que se pasó su juventud escuchando ofertas de los mejores equipos de Europa. Pero se ha ganado a pulso la etiqueta de chico malo, indomable, y parece que ya es demasiado tarde para seguir creyendo que cambiará. Mientras tanto, él sigue sosteniendo que nadie le ha comprendido nunca, excepto Domenech, aunque en su discurso empieza a notarse la nostalgia de alguien que entiende que por culpa de su temperamento lo ha perdido todo.