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El primer amor

Neymar se ha rendido. Y ahora, al darnos cuenta de que los sueños se acaban, pensamos en aquel flechazo del principio, en lo rápido que sucede siempre todo lo que merece la pena

Los primeros regates de Neymar llegaron a nosotros como esos cristales de colores que el mar escupe a la orilla de vez en cuando. Podías perder una mañana contemplándolos en la palma de tu mano. Es fácil volver a esos momentos. No ha pasado tanto. La cinta en la nariz, la cresta de mohicano, los eslálones diabólicos, lo poco que parecía pesarle el balón en el pie, como si por dentro estuviera vacío. Un jugador que no solo era un jugador: también un pájaro tropical, una estampida de luz. Su talento explotó como una granada cuando le quitas la anilla. Todos enloquecieron. Todos enloquecimos. Tampoco hay que irse muy atrás. Tenía 19 años. Tumbaba rivales como si fueran bolos. A veces solo necesitaba inventar un autopase, esprintar y esfumarse por el horizonte; en otras elegía no hacerlo, y se quedaba parado delante del balón, la pierna derecha un poco levantada, el cuerpo lanzando amagues en el aire, mientras su marcador, desconcertado, dudaba entre meter el pie o, directamente, pedirle matrimonio. Entraba al área con ganas de romper cosas, como esos niños que deslizan tazas hacia el borde de la repisa cuando sus padres les dan la espalda. Parece que fue ayer. La Libertadores con el Santos, los Juegos Olímpicos de Londres, el Premio Puskas de 2011. No estaba ni la mesa parada y ya sabíamos que iba a comerse el mundo. Sabíamos. Cuesta hasta decirlo en pasado. Desde entonces, el salto a Europa, las paredes con Messi, la Champions, la candidatura al número uno, la ‘Canarinha’, la huida a París, las lesiones, los cumpleaños, Arabia Saudí, la fiesta en el barco, los kilos de más. Pasó una vida. Pasó un suspiro. Y ahora, al darnos cuenta de que fue un sueño, y de que los sueños se acaban, pensamos en aquel flechazo del principio, en lo rápido que sucede siempre todo lo que merece la pena. Y en esa verdad tantas veces demostrada: el primer amor es imposible, pero insuperable.

 


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Fotografía de Getty Images.