Con Samir Nasri da la sensación, al igual que con otros tantos, que nos hemos quedado muy pronto huérfanos de su magia. Si hablamos de talento puro, Francia no ha tenido muchos futbolistas con mayores aptitudes técnicas que Nasri en la última década, y eso que estamos ante la reciente campeona del mundo. Lo curioso es que tan solo tiene 31 años y muchos lo dábamos por acabado, pero el buen fútbol nunca muere y es ahora en el West Ham donde va dejando sus últimas gotas de genio.

Posiblemente los mejores años de la carrera de Nasri hayan sido en el Arsenal, concretamente en la temporada 2010/2011. El equipo ‘gunner’ terminó cuarto aquella edición de la Premier y muy lejos del liderato, pero en mi mente tengo asumido que el francés fue el mejor futbolista de ese torneo. Más allá de sus diez goles, récord personal, Nasri se convirtió en el líder de un Arsenal que contaba con futbolistas como Cesc Fàbregas, Rosicky, Song, Wilshere, van Persie, Walcott o Arshavin. Hasta entonces no había demostrado su liderazgo, aunque sí ser un futbolista magnífico tanto en Londres como en su Marsella natal, pero aquel curso algo cambió, por primera y única vez vimos a un Nasri cerca de su nivel real. Ese nivel de la 2010/2011 es todo lo que prometía. Pero tan solo duró un año.

El bueno de Samir siempre ha tenido una terrible losa a su espalda, ya sabéis a qué nos lleva eso de ser técnicamente una delicia y haber nacido en Marsella: Zidane. La comparación siempre ha estado ahí y se ha comido a un futbolista que se ha mostrado frágil mentalmente. Los 16 ‘kilos’ que había pagado el Arsenal al OM pronto se quedaron en nada, ¿quién no quería firmar a un talento así? Llegó el Manchester City y soltó 30 millones por sus servicios. Sus temporadas en Mánchester no fueron malas, no pueden ser consideras un fracaso, aunque sí es cierto que todos esperamos un poco más, que subiera su nivel de prestaciones y mantuviera lo mostrado en su última temporada en el Arsenal. Como jugador del City consiguió los únicos títulos que tiene en su carrera, la apuesta le salió bien.

Cuando parecía inmerso en el mayor de los ostracismos llegó a Sevilla. Volvió a recuperar la magia, se puso la camiseta con el diez a la espalda y dio auténticos recitales durante su única temporada en La Liga. Ya no era el Nasri tan ágil de sus primeros años, había cogido bastante músculo y en sus movimientos no era tan liviano. Eso sí, su capacidad para guardar el balón, salir de cualquier presión y batir líneas con pases seguía estando afilada. El recuerdo por parte de los aficionados del Sevilla será efímero pero bonito, ese es el mejor resumen de lo que ha sido su carrera. El cabrón durante unas meses se sintió el mejor sobre el verde del Sánchez-Pizjuán ante cualquier rival y nadie le podrá negar eso, era así.

Después ya sabéis lo que viene, rumbo al cementerio de futbolistas (también conocido como liga turca) y la sanción por dopaje que ha durado los últimos 18 meses. En 2019, y a sus 31 años, Nasri quiere volver y lo ha hecho de la mano de un Pellegrini al cual conoce y con el que salió campeón de la Premier. Imaginad si será bueno que tras 18 meses suspendido, llega al West Ham, debuta en liga frente a un Arsenal lanzado y su asistencia a Declan Rice termina dando la victoria a los ‘hammers’. Uno se pone a ver vídeos de Nasri y ve pasar los minutos entre acciones de un talento al alcance de muy pocos. Da rabia asumir que su carrera deportiva hayan sido cuatro pinceladas. A veces me identifico con jugadores así, de esos inconscientes que se toman la vida como un simple juego obviando la seriedad de la misma.