“Lo lleva atado al pie como una luna atada al flanco de un jinete, lo juega sin saber que juega el sentimiento de una muchedumbre. Y le pega tan suave, tan corto, tan bello que el balón es palomo de comba en el vuelo. Lo toca tan justo, tan leve, tan quedo que lo limpia de barro y lo cuelga del cielo. ¡Y se estremece la gente, y lo ovaciona la gente!”  Nadie supo definir mejor a Mané Garrincha que Alfredo Zitarrosa. El poeta uruguayo comprendió la esencia del extremo brasileño, entendió que el fútbol, del que era considerado uno de los mejores futbolistas de la época, se lo debía al pueblo. Sus regates no eran de nadie más, pertenecían al aficionado que había pagado la entrada. El jugador con nombre de pájaro y piernas arqueadas lo sabía, comprendía el pacto entre futbolista e hincha. El acuerdo tácito entre el artista y el público. Habría quien abucheaba sus regates y su fantasía, pero la mayoría no hacía más que estar de pie y frotarse los ojos a la espera del siguiente truco de magia. El fútbol al final es esto, no lo olviden nunca. Es la diversión y el puro juego, nada de especulaciones pragmáticas: en esencia el fútbol es un juego que sirve para divertirse y unir al pueblo o a una comunidad.

Conforme han ido pasando los años se ha ido reduciendo el número de fantasistas. Entre Garrincha y Djalminha pasaron muchas décadas pero la leyenda del Dépor poseía la esencia de Mané, incluso llevó los trucos un paso más allá. Conforme avanzaron las temporadas las retransmisiones televisivas fueron adquiriendo una nueva dimensión, el mayor número de cámaras con las que captar las acciones hizo que un tipo como Djalminha se sintiera como un crío en una piscina de bolas. De esta manera ya no solo gritarían de asombro los asistentes al estadio, ahora todo aquel que siguiera el encuentro por televisión tendría una idéntica sensación. El bueno de Djalminha sabía en qué partidos podía probar sus nuevos trucos y rivales como Real Madrid, Barcelona o Celta también conocían la sensación de ser las ratas de su laboratorio. Djalma no hacía la lambretta por primera vez en un partido de Copa ante un equipo de Segunda, él se quería probar ante los mejores y ante el máximo número de ojos posibles. Muchos, los más pragmáticos, dirán que aquella acción terminó en nada ya que Víctor finalizó mal la jugada, pero su recuerdo es tan poderoso como un título. ¿Cuántos campeones han pasado al olvido y cuántos son los que sí recuerdan aquella lambretta? Recuerdo los siguientes días en el colegio diciendo aquello de: “voy a hacer la de Djalminha”.

Imaginad al Djalminha de Palmeiras o Dépor siendo carne de YouTube. Si hoy en día se hacen recopilatorios de jugadores que no tienen ni la mitad de su categoría, ¿cómo sería su vídeo de presentación? Quizá hasta sería rechazado por su estilismo y su modo de juego alegre, llegarían voces críticas diciendo que sus recursos técnicos son inútiles y que es mejor dar un pase atrás. Ni los penaltis le suponían un instante de respiro al bueno de Djalma, hasta en esos momentos tensos era capaz de acudir a los once metros al más puro estilo Laudrup o Panenka. Siendo este último gesto un guiño claro a esta revista, la magia no descansa. Atrás han quedado los rivales que ni se acercaban a Garrincha por miedo a que los dejara en ridículo, cada vez hay menos Alkortas que queden fotografiados para la eternidad e incluso varios jugadores del Athletic envueltos en los sombreros de Ronaldinho. En la actualidad es Neymar de los únicos en mantener vivo el legado de aquellos que sí quisieron ser la alegría do povo, aunque como todo genio posee también de sus detractores. Si el fútbol negocio hizo que los dirigentes cada vez miraran menos por los hinchas, no deberíamos poner diques a los futbolistas que sí miran por la alegría del espectador.

El premio final es ese, hacer disfrutar al público y ser el modelo de unos críos que todavía sí creen posible en la diversión dentro del fútbol. Imaginad el recreo de los colegios el día después de haber vibrado con una amago de Garrincha, la elástica de Ronaldinho, la cola de vaca de Romario o un sombrero de Neymar. La creatividad no debería estar supeditada a la acción más eficaz. Los aficionados, generalmente los rivales, se molestan y reprochan este tipo de acciones a los futbolistas. Esta postura se contradice con aquella que afirma que estos futbolistas son los que hacen que el precio de la entrada valga la pena. ¿Nos han dejado de gustar los jugadores habilidosos? ¿Tan rápido nos hemos hecho mayores y ya no nos divierte el puro juego? A sus 46 años, en el Mundial de Leyendas de 2017, Djalminha volvió a realizar su regate más clásico, aquel con el que voló por encima del resto, y he de reconocer que ese gesto me devolvió a la infancia. Posiblemente siga sin ser lo más ortodoxo pero sí es la esencia pura, se trata del fútbol de barrio llevado a los grandes estadios. Al igual que un espectador acude al cine para reírse y pasarlo bien, los aficionados acudimos a los estadios para sentir una sensación parecida. Entonces, ¿por qué nos asustan los tipos como Djalminha?