Hace apenas un año, de la puerta de acceso al Stade Louis II colgaba un cartel que decía lo siguiente: “gigante en construcción”. No se trataba de un mensaje exclusivo para los socios del AS Mónaco. Aquella aclaración buscaba llegar de rebote a media Europa, que ante tanta puesta en circulación de billetes, empezaba a tomarse en serio las pretensiones del magnate Rybolovlev, que compró la institución en 2011. Tampoco trató de pasar inadvertida la campaña que organizó el club para atraer nuevos abonos al estadio durante el inicio del mismo curso. El panfleto corporativo lanzaba otro guiño codicioso: Abonnez-vous au futur. Nous sommes ambitieux. Nous sommes Monaco. Abonaros al futuro. Algo gordo se estaba cociendo en el Principado. En la instantánea publicitaria aparecía un reparto de vértigo y recién contratado. James Rodríguez en la izquierda, Joao Moutinho en la derecha y Radamel Falcao, ejerciendo de buque insignia, situado en el centro. De esos tres actorazos de renombre, hoy solo uno sigue vistiendo de rouge et blanc, y es el que costó menos dinero. Para asombro de todos, algo ha cambiado muy rápido en el equipo monegasco.

El primer año del proyecto experimental del Mónaco en la Ligue1 se saldó con sabor agridulce, pues tras todo el capital gastado, había vía libre para soñar con las cotas más altas. No se consiguió toser en ningún momento a la supremacía del PSG, que se llevó su segunda liga gala consecutiva, pero con el subcampeonato logrado se hicieron los deberes mínimamente y se clasificó al bloque para la Champions League. 10 años después, Alberto II, actual soberano de Mónaco y ferviente seguidor del club, vuelve a sentarse en los mejores palcos del continente. La última vez que lo hizo fue hace justo una década, edición en la que sus chicos sorprendentemente quedaron finalistas (perdiendo la final en Gelsenkirchen ante el impetuoso Oporto de Mourinho).

Entre obligaciones fiscales y rupturas de difícil digestión, emotiva y financiera, Ryboloblev se ha visto forzado a modificar el rumbo de su equipo. No hay más remedio que dejar pasar los grandes contratos a un segundo plano

Todo indicaba que el Mónaco, en su segundo año en plan celestial, volvería a reventar el mercado con tal de dar otro paso firme hacia la cumbre. Sonaron Diego Costa, Carlos Tévez o Víctor Valdés, entre otros. Pero, ante el asombro del mundo del fútbol, Rybolovlev y su cuadrilla de asesores retiraron los rublos rusos de la mesa y renunciaron a ejecutar una nueva operación estratosférica. El cambio más significativo se ha producido en el banquillo, en el que el joven (y poco mediático) Leonardo Jardim ha relevado al cesado Ranieri. Y en cuanto al plantel, la inversión que ha hecho la entidad monegasca este verano, en comparación con la de hace justo un año (se gastaron aproximadamente 160 millones de euros), se nos queda más corta de lo esperado. Se ha recuperado a un puñado de futbolistas que vuelven de sus cesiones y solo se ha echado mano a la caja para contratar al central tunecino Abdennour y al pivote costamarfileño Bakayoko, futbolistas con caché en Francia pero de poco tirón internacional. 21 millones de euros entre los dos, y aquí se acabó el dispendio.

Los síntomas del cambio detectado se confirman con el desfile de futbolistas importantes a los que se les ha abierto la puerta para que fijen el rumbo a otra parte. Más allá de la venta multimillonaria de James al Madrid y de la cesión de Falcao al United, las bajas más sonoras, también han hecho las maletas Abidal, que ha firmado libre con el Olympiakos, y Rivière, ariete con buenos números que se ha llevado el Newcastle. A parte de Moutinho, hoy convertido en máxima referencia, de la columna vertebral del año pasado solo se mantiene el guardameta Subasic, los bregadores Carvalho y Toulalan, con mucho cartel por trayectoria pero cada día menos ágiles en carrera, y el caza-goles búlgaro Dimitar Berbatov, que acabó el curso en tromba de cara puerta. Tampoco han volado los prometedores Kurzawa, Ocampos o Ferreira Carrasco, que tratan de esperanzar al Stade Louis II desde los carriles; jugadores con descaro y talento técnico pero que todavía padecen algunos defectos propios de su juventud.

JAQUE A LA FORTUNA RUSA

¿Pero a qué se debe este golpe de timón de la política de incorporaciones monegasca? Y, sobre todo… ¿Cómo se explica que el capital de Rybolovlev haya dejado de propagarse tan súbitamente? Quizás haya que retirar el ojo del césped y situarlo en la figura del presidente del club para encontrar respuestas coherentes a todos estos interrogantes.

Del Dimitry Ryboloblev que se presentó a la sociedad del balompié comprando el 66% de las acciones del AS Mónaco ahora hace tres años, hemos ido sabiendo muchas cosas. Como por ejemplo que formaba parte de esa selecta casta de magnates soviéticos que olieron los billetes antes que nadie tras la caída de la URSS, abriendo negocios de éxito. Lo suyo fueron los productos químicos, y así gestó su inmensa fortuna con la venta de la empresa Uralkali, a la que había convertido en uno de los mayores fabricantes de potasio del mundo. En esas ha ido tirando, rulando el dinero y adquiriendo todo tipo de propiedades, a cada cual más pomposa, hasta el día de hoy, en el que su inmenso botín parece estar por primera vez en entredicho.

El primer problema de Ryboloblev, y el que más nos incumbe, son las trabas que se está encontrado en el camino para proseguir con el desarrollo de su flamante juguete futbolístico, el Mónaco. Aunque pudo driblar en el último momento –y ganándose el rechazo de la mayoría de equipos franceses- el nuevo impuesto del 75% para grandes adinerados de François Hollande, eludiendo a las particularidades fiscales del Principado, no parece que vaya a poder hacer lo mismo con la regla del juego limpio financiero que ha impulsado recientemente Michel Platini. El próximo mes de septiembre de 2015, los gastos del pasado verano entraran en la compatibilidad jurídica instaurada por la UEFA. Y para sobrevivir a los requisitos de la norma, la regla económica es muy clara: no se puede gastar más de lo que se gana. Es en ese punto donde la institución monegasca se ha encontrado un tremendo obstáculo. Los ingresos por márquetin, venta de entradas o derechos televisivos del club han sido peores de los previstos, y no parece que haya otra salida posible que no sea la de cerrar el grifo y buscar vías de ganancia alternativas.

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Ryboloblev y Alberto II -los dos del centro- festejando un gol en el estadio del Mónaco.

El segundo problema es de carácter conyugal, y tiene que ver con la ruptura del matrimonio que unía al presidente del Mónaco y la que ha sido su esposa durante los últimos 23 años, Elena. No sabemos cuánto de grande es el prejuicio personal que ha sufrido el empresario ruso con este desenlace. Pero algunos medios especializados sí que nos han aportado datos respecto a la dimensión económica que tiene el asunto. Ryboloblev deberá abonar a su ex mujer la friolera de 4.000 millones de francos suizos. Vamos, lo que vendría a suponer la mitad de su fortuna. El suyo ya tiene el honor de ser el divorcio más caro de la historia, arrebatándole el record al bueno de Rupert Murdoch. Un golpe duro que muy seguramente vaya a tener efectos colaterales en todos los patrimonios del magnate.

Entre obligaciones fiscales y rupturas de difícil digestión, emotiva y financiera, Ryboloblev se ha visto forzado a modificar el rumbo de su equipo. No hay más remedio que dejar pasar los grandes contratos a un segundo plano. Algunas fuentes cercanas al club han asegurado que la parcela deportiva monegasca ha empezado a expandir redes de ojeadores por el mundo. La nueva hoja de ruta podría ser la de comprar talento barato para luego exportarlo a precios desorbitados. Una receta que aplican con esmero en la costa portuguesa. Quién sabe qué será del Mónaco en el futuro más cercano. Lo que parece claro es que el destino de la entidad no pasa ahora por las manos de sus aficionados, sino por las de ese propietario suyo que va allí donde le lleva el color de sus billetes.