Lo que llevó a Mohamed Salah a dar el salto al fútbol europeo, más que un mérito, fue un desastre. La tragedia de Port Said, concretamente. El primer día de febrero de 2012, en El Cairo, un puñado de aficionados del Al-Masry a los que les faltaba más de una neurona asaltaron en la conclusión de un partido a los hinchas de su acérrimo rival, el Al-Ahly. El incidente provocó la muerte de 74 personas y otras mil resultaron heridas. Tras el esperpento, la liga egipcia decidió bajar el telón indefinidamente.

Otra cosa es la regularidad. Ese mar espeso e infinito en el que muchos se ahogan. El largo plazo acostumbra a ser cruel con aquellos futbolistas que, como Salah, viven de instantes prolíficos. El egipcio rozó el naufragio en Stamford Bridge

A Salah todo eso le pilló cuando ni siquiera se había afeitado por primera vez, en la temporada en la que debutaba en la máxima categoría con el Arab Contractors, club situado en otro distrito de la capital. Durante el parón de la competición doméstica, la selección sub-23 de Egipto decidió programar un amistoso en Basilea para que sus mejores promesas nacionales mantuvieran las piernas en forma. Salah, pese a estar por debajo de la media de edad de aquel grupo, fue llamado para disputar el encuentro. 45 minutos. Eso es lo que necesitó el chico aquel día para sacarles los colores a los suizos, marcar dos goles y obtener un visado futbolístico que le permitiera escapar de su nación, cuyo desplome social y político muy probablemente hubiera acabado aplastando también sus condiciones. A raíz de aquel encuentro, el Basilea le tuvo una semana a prueba, y cuando concluyó el periodo, en el Saint Jakob Park ya nadie quiso oír hablar de devolver al adolescente a su tierra de origen.

Mohamed era poca cosa, de cuerpo y de espíritu. Pelo cortito y rizado, piel morena y una leve sonrisa. Nada fuera de lo común. Discreto y obediente, jugaba pegado a la línea de cal. A los aficionados azulgranas les hubiera llevado un tiempo percatarse de la nueva adquisición del equipo, si no fuera porque cada vez que le pasaban el balón el tipo soltaba una chispa. Cada gesto que dejaba, aunque fuese efímero y se situara lejos del arco rival, llamaba la atención. Así, destello a destello, Salah fue agigantando su figura al lado de los Fabian Frei, Marco Streller o Yann Sommer. Hasta convertirse, al poco tiempo de su desembarco, en uno de los principales reclamos de los partidos del campeón helvético.

Durante estos últimos años, en el viejo continente nos hemos acostumbrado a regalarle los oídos a la Basilea futbolística. Una institución histórica que por su buena salud reciente ha vuelto a mediatizarse. La línea que siguió el club para remodelar su filosofía, iniciada en 2002 y ratificada con un dominio absoluto de los títulos a nivel nacional y alguna que otra machada en Champions y en la Europa League, se ha ganado la aprobación de todos. El Basilea cae bien, pues juega a un fútbol de culto pese a que no le sobran los recursos. Entre 2012 y 2014, Salah tuvo un papel destacadísimo en este desarrollo. Hasta que llegó el Chelsea y se lo llevó agarrado del pescuezo.

Pero antes de decretarse su mudanza a Londres, Mohamed protagonizó un último capítulo en Suiza que sirvió para demostrar que ya poco quedaba de aquel chaval egipcio que cruzó el Mediterráneo con ganas de quedar siempre en un segundo plano. Basilea y Maccabi cruzaban sus destinos en la clasificatoria previa de la Copa de Europa. En el primer enfrentamiento, en el Saint Jakob, Salah evitó saludar a los israelíes después de que sonara el himno de la competición, yéndose a cambiar las botas en el banquillo. El egipcio, muy familiarizado desde pequeño con el conflicto de Palestina (su país fue el estado que acogió a la mayor parte de refugiados de Gaza tras la primera guerra entre ambas facciones), no quería hacer nada que pudiera interpretarse como una aprobación al estado de Israel. Los medios captaron el detalle y bombearon el asunto. Tal fue la polémica generada, que incluso se especuló con que el jugador podría no viajar a Tel Aviv para afrontar la vuelta. Pero, unas semanas más tarde, el atacante no se arrugó y acabó subiéndose al avión con todos sus compañeros. En esa ocasión, en vez de saltarse el protocolo, Salah accedió a chocar las manos con el equipo rival, pero lo hizo con el puño cerrado, empecinado en no dejarse su honor escondido en los vestuarios. Le pudieron sus convicciones. Debate moral a parte, ese gesto sirvió para corroborar que la futbolística ya no era la única madurez que había alcanzado el chico.

ITALIA, VIA DE ESCAPE
Salah es un fijo en la selección egipcia

Salah es un fijo en la selección egipcia

Salah siempre tuvo el extraño don de marcarle goles al futuro. Se abrió paso en la élite gracias a ellos, sobre todo a algunos muy concretos. Al igual que había pasado con su fichaje por el Basilea, con el Chelsea también se ganó un contrato tras haberle anotado dos tantos en los dos partidos que se enfrentó a los británicos en 2013. Vale, sí. Suena demasiado presuntuoso afirmar que los ‘blues’ se animaron a pagar por él más de 13 millones de euros solamente por esos 180 minutos. O no. Porque al final el fútbol son esas pequeñas cosas. Esos minutos de gloria que el futbolista nacido en Basyoun aprendió a hacer suyos desde sus inicios.

Otra cosa es la regularidad. Ese mar espeso e infinito en el que muchos se ahogan. El largo plazo acostumbra a ser cruel con aquellos futbolistas que, como Salah, viven de instantes prolíficos. El egipcio rozó el naufragio en Stamford Bridge. En los pocos minutos que tuvo a las órdenes de Mourinho, no alcanzó la inspiración necesaria para ganarse la confianza del portugués. Una mancha en el expediente que obstaculiza este relato frenético y optimista. Pero algún contrapunto siempre tiene que haber, pues de lo contrario no existiría relato.

Sin embargo, su situación se acabó desatascando. Tras un año comiéndose las uñas en los banquillos de la Premier, Italia se asomó en la vida del joven como redención. El fichaje de Cuadrado por el Chelsea le envió cedido a la Fiorentina. A partir de ahí, música y claveles. Con Montella como entrenador, que le ha dado desde el primer día plena libertad de movimientos en el campo, el egipcio vuelve a tener la autoestima por las nubes. En menos de diez partidos disputados con los viola, Salah ya presume de tener seis goles en su haber. Mourinho, que le dejó irse, no sabe adónde mirar. Cuesta recordar un jugador extranjero que tardara tan poco en cogerle la medida al Calcio, una competición muy particular y en la que, a no ser que seas italiano, se suele sufrir para adaptarse. Pero la carrera futbolística de Salah, todavía muy corta, va de eso, de darle la vuelta a lo ortodoxo. Las condiciones en las que aterrizó a Europa ya fueron de todo menos normales.