Para escribir sobre Lionel Messi es recomendable pensar, antes de que su realidad te bloquee, que se trata de un jugador normal; es útil comenzar a elaborar ideas que traten de entender que el argentino es la estrella de su equipo sin más condicionante que el de potenciarle. Para entonces ya habrás comprendido que ese es sólo un pretexto para arrancar, porque rápidamente caes en la cuenta de que su situación es la más singular de toda su trayectoria. Confirmas que no es un futbolista en plenitud, que está cerca de los 34 años, y que aunque tiene mucho que dar aún, ya no tenemos que hablar tanto de ser potenciado en términos máximos sino seguramente ser consciente(s) de que la idea se basa más bien en ayudarle hacia su especialización, si es eso posible en algún momento, sin que se te olvide, mientras reconfiguras tu análisis, que hace unos pocos meses mandó un fax para decir que se iba, lo cual articula un contexto personal y anímico cuando menos trascendental. Cuando menos. Así que sé valiente.

Con todo eso delante de ti, como una pared vertical, quizás sea más interesante comprobar cómo este cóctel se agita en el terreno de juego, en un Barça de Koeman que ha cambiado muchas cosas, entre ellas la posición de partida de Messi, y aquí comienza la primera parada de este viaje que nos lleva a hablar de Leo en clave futbolística y no tanto emocional o social, y también a Messi a comprender que quizás toca sintetizar y diversificar funciones en lugar de aglutinar y absorber volumen de juego. Porque aunque en la práctica siga existiendo una relación directa entre el Messi delantero y el Messi centrocampista para estar en contacto con el balón, sin saber donde comienza y termina cada uno, aquí y ahora se está comenzando a gestar el primero de los pasos que con probabilidad se den. Y el primero, en esta historia, es el más importante: el inicio de la especialización. Creada la expectativa, primero toca ver cómo se está traduciendo esto en los partidos y si la idea es tan fuerte y profunda como para cambiar una dinámica y relación con el juego asentada durante muchos años.

 

Lionel es un atacante con alta participación, pero está visto por su entrenador como un delantero o mediapunta que, con asiduidad, juega más por dentro que por la banda

 

Koeman, como todo entrenador que llega a un equipo entrenado por Messi, tiene sus ventajas y sus desventajas. Mientras las más evidentes entre las segundas ya las sabemos -recorte presupuestario, delicada situación deportiva y social-, es entre las primeras donde el holandés ha podido ver desde fuera cómo Messi se desenvuelve con menos continuidad y garantías entre la libertad posicional absoluta, pues carece de aquella omnipotencia y aquellos compañeros con los que podía hacer tantos, o los suficientes esfuerzos, como para deshacer uno o dos entuertos, en forma de regates o pases, y llegar al gol con enorme continuidad; hablamos pues de un tema de frecuencia de esfuerzos y de recompensas exitosas. Ni puede hacer tanto -arrancadas, regates, desaceleraciones- ni puede facturar tanto -goles, ocasiones creadas-, de ahí que Koeman, de partida, lo haya adelantado sobre el plano vertical y centrado sobre el horizontal: Lionel es un atacante con alta participación, pero está visto por Ronald como un delantero o mediapunta que, con asiduidad, y aunque con excepciones, juega más por dentro que por la banda.

Dibujada brevemente esa decisión, y antes de profundizar, debe recordarse un contexto que ahora también esta cambiando. El mejor Messi fue un depredador rodeado de centrocampistas, cuyo paulatino declive físico, que no debe desligarse del deterioro colectivo que acompañaba, dependió de sujetarle defensores de la última línea -Luis Suárez o Arturo Vidal como ejecutores- con los que poder girarse a tiempo y cambiar el ritmo de la jugada mientras el Camp Nou perdía jerarquía en su medular. El Barça, que no tiene ‘9’, y con Messi más centrado, y unido todo a los gustos de Koeman por los ataques verticales que no se detienen, está aumentando la agresividad de su ataque en forma de movimientos al espacio y desmarques enérgicos que sustituyan las fijaciones constantes de un especialista como Suárez o un centrocampista como Vidal que compense al Messi que venía al centro partiendo desde la derecha. Todos esos movimientos eran parte de su condena, pues estaban calibrados no para especializar a Messi, sino para seguir alimentando su condición de héroe omnipotente que todo lo puede.

No debemos asustarnos, Messi va a seguir inventándose pases imposibles con dos líneas de cuatro mirándole de frente, así que seguirá bajando a intentarlo porque eso no es una dificultad para él, pero mientras eso es una posibilidad, lo es mucho menos que esas dos líneas pueda eliminarlas a base de coser el balón a su bota y tirar al suelo caderas y tobillos como si fueran las cáscaras de un pistacho. Bajo este reciente contexto, plomizo, paralizado y enquistado, Koeman está buscando un escenario de oportunidades y liquidez ofensiva que distraiga atenciones y ponga a Messi en una zona más concreta, con la banda derecha ganando presencia (Dembélé, Dest) y un 4-2-3-1 con mucho atacante a su alrededor. Después, el partido empieza, el rival juega, y el recuerdo y la calidad mandan sobre la mente de Leo, pero ese es el camino sobre el que transcurre este Messi y este Barça.

 

Koeman está buscando un escenario de oportunidades y liquidez ofensiva que distraiga atenciones y ponga a Messi en una zona más concreta

 

Este primer intento y acercamiento del Leo más especializado hacia la frontal y el área de forma más continua, está desvelando un cambio en algunas de sus conductas, que tienen que ver con su productividad, fruto de su estado de forma (porcentaje de efectividad), pero también de su zona de influencia (frecuencia de acciones a realizar). Por ejemplo, Messi marca un gol esta temporada cada 195 minutos en Liga, por los 115 de la temporada pasada, bajando de 0.8 goles por partido a 0.4. Sin embargo, lo que más llama la atención tiene que ver con los regates y los conocidos como ‘key passes’ o pases clave, los que dejan en franca claridad al compañero para marcar un gol o crear una ocasión de gol. Por un lado, Leo completa 3.9 regates por partido en la 2020-21, teniendo un 59% de efectividad, mientras en la temporada 2019-20 llegó hasta los 5.5 por noche, con un 69% de efectividad. Esta es una de las lecturas más directas de la falta de claridad o explosividad en la acción (menos efectividad y éxito) así como el lugar en el que está dibujando las gambetas. Esa reducción, vistos los mapas de pases y acciones del jugador, evidencian que los está haciendo más arriba y los intenta menos cuando baja por delante de los centrocampistas del rival; también que su confianza en la arrancada es menor y la zona en la que las empieza es más avanzada sobre el terreno, más cerca de la frontal.

Por el otro, en lo referente a los ‘key passes’, el descenso también es sensible, pues baja de 2.7 por partido a 1.9, casi un pase menos por encuentro. Estos dos parámetros reducen a Messi también a dos planos o realidades: su capacidad individual es un punto menor y su zona de influencia no afronta situaciones tan concatenadas como antes, cuando encaraba a todo tipo de jugadores -laterales, centrocampistas y centrales-, pasando a estar ahora más focalizado a encarar casi en exclusiva a centrales, en una altura y carril más concretos. En síntesis, ahí están los datos conocidos de goles en jugadas, y seguramente el momento físico, personal, futbolístico y táctico que atraviesa. Juntos todos ellos están dando forma a una nueva realidad que podría anticipar un cambio adaptativo en la escala trófica del Planeta Messi, que no es otra que intentar variar su posición dentro del entorno para que, a cambio de realizar menos batidas, cazar mejor siga siendo posible. Mientras en el presente le está resultando más difícil asimilarlo, esto es perfectamente realizable: hablamos de un jugador más inteligente, que debería de comenzar a conocer sus limitaciones, y que sigue teniendo un talento inhumano para volver a ganar, por lo que no te olvides de esto cuando se te ocurra escenificar su declive en un teclado.

 


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Fotografía de Imago.