En 1939, algo cambiaría para siempre. El amigo Du Pont, escoltado por los centenares de trabajadores que se dejaban los codos en sus laboratorios, presentaba en sociedad las medias de nailon. Su tejido era tan resistente que no lo rompía ni la fuerza de dos camiones. Alborotado por su propia genialidad, y después de que se dispararan las ventas del producto, el empresario ordenó que las medias pasasen a fabricarse con un material más frágil. Solo así se aseguraría que el mercado no le diera la espalda. De ahí surgió el hallazgo de la obsolescencia programada, la fullería perfecta a la que se agarró el sistema capitalista para asegurarse que las aspas de su molino no dejaran de girar. “Si nada es eterno es porque no conviene que lo sea”, sugiere la más malévola de las leyes del mercado.

Pero hay excepciones; asuntos que se escapan incluso de esas zarpas invisibles que hoy parece que todo lo controlan. Y el ‘derbi’, con permiso del ‘clásico’, el otro gran punto caliente del calendario del fútbol español, es una de ellas. Pasarán los años, lloverá más, lloverá menos, saldrá el sol para quedarse, o para volver a irse, caerán gobiernos y se levantarán otros nuevos, nos haremos viejos, los modelos de iPhone ya irán por los tres dígitos y tendrá que venir alguien otra vez a cambiarnos los pañales, quizás un C-3PO. Pero los Atlético-Madrid seguirán ahí, invulnerables a los giros del destino, hieráticos ante el torpe avance de la humanidad. Inagotables. Desde el 2 de diciembre de 1906 hasta la actualidad, ya se han registrado 273 encuentros oficiales entre ambos conjuntos. Hay recuerdos para aburrir. Resultados, personajes, goles épicos, errores traumáticos y trifulcas. Todo a granel y en sacos profundos. Sin embargo, una extraña sed nos exige más. Morir empachados, eso es lo que queremos. El lunes que viene volverá a levantarse un nuevo día en la capital dejando a la vista de todos a un conquistador y a un cadáver, o como máximo, a dos sicarios malheridos cuya única misión no ha podido consumarse. Y solo será entonces cuando los brotes del pueblo reemprenderán su marcha: los elogios, los reproches, las lágrimas y las provocaciones. El río que fluye y fluye. Hasta que llegue la víspera del próximo combate y la respiración vuelva a entrecortarse. Siempre ha pasado, pasa y pasará lo mismo. Es el ‘derbi’ que no se agota.

Por ese mismo matiz antropológico, casi obsesivo, que dicta que el botín de un partido como éste, por muchos que se hayan jugado, sigue conteniendo algo más que simples puntos, nadie debería comprar ese argumento periodístico con el que defendemos que el presente duelo llega en un mal momento, tanto para los ‘merengues’ como para los ‘colchoneros’. Qué más da, si los golpes dolerán lo mismo.

El lunes que viene volverá a levantarse un nuevo día en la capital dejando a la vista de todos a un conquistador y a un cadáver, o como máximo, a dos sicarios malheridos cuya única misión no ha podido consumarse. Y solo será entonces cuando los brotes del pueblo remprenderán su marcha: los elogios, los reproches, las lágrimas y las provocaciones

Pero el deber nuestro es el de intentar racionalizar un poco las cosas. Serenemos la mirada. El Real Madrid de Rafa Benítez, recién sacado del envase, se planta en el Vicente Calderón tras haber atravesado una primera fase experimental algo discontinua. Mejorados algunos aspectos del juego que antaño causaron fastidio, como el orden defensivo o la estabilidad en la portería, son muchos los interrogantes que aún planean sobre el enésimo proyecto que ha orquestado Florentino. Cristiano y el gol se citan a rachas, en el centro del campo (pese a que con las lesiones de James y Bale se está jugando con cuatro interiores) el balón no se desliza a la velocidad deseada y, en general, el plantel ensucia un poco algunas victorias con sus lagunas de intensidad. Calculadora en mano, no se puede tachar el inicio de curso blanco de espantoso, pero hacia otra dirección apunta el sentir general del Santiago Bernabéu, consciente que el ‘equilibrio’ que demanda Benítez todavía anda un tanto trasnochado. Para darle caza, el técnico está dispuesto a flirtear incluso con el 4-3-3 que patentó su antecesor en el puesto, Carlo Ancelotti.

Por lo que respecta al Atlético de Madrid, su panorama tampoco es el ideal. Obligado a reinventarse por las marchas que se dieron en verano, Diego Simeone todavía no tiene las fichas a puesto. Especialmente tocada está la parte superior de su sistema, en la que los ‘9’ se alternan sin que ninguno haya conseguido consolidarse. A Jackson le pueden los nervios, a Torres le pesa el equipo en la espalda y a Vietto le lastra la falta de oportunidades. Solo Griezmann, acoplado a un costado, tira del carro cuando el viento sopla a favor. El principal enemigo de los del ‘Cholo’ es el muro de expectativas que ellos mismos se han levantado en los últimos tiempos. A todo esto, hay una impresión que explica bastante bien que el Atlético esté ahora desdibujado: los rojiblancos sufren hasta defendiendo, algo impensable hace algunos meses. El paso atrás de Gabi, las dudas uruguayas y el estado de forma de Filipe Luís tras su paso por Inglaterra dan fe de ello.

Expuestas las cartas meramente futbolísticas, ya puede arrancar la partida. Harán bien unos y otros en recordar que a partir del lunes quedan básicamente encarados a las emociones. Es el ‘derbi’. No podía ser de otra forma. Poco pasará a importar el contexto cuando empiece a rodar el balón en un duelo de titanes que ya cuenta con capítulos memorables. Y los que quedan.