Cuando el fútbol empezó a arraigar en la sociedad a inicios del siglo XX, del espectáculo de ver a 22 hombres danzando tras un balón surgió otro tipo de sentimiento de pertenencia hasta entonces desconocido. Unos colores diferenciales, unos futbolistas admirables, una idea de juego, una tradición, una historia deportiva -corta para cualquiera, por entonces-, un barrio, una ciudad. Daba igual cuál fuera el motivo que acompañase a vincularse emocionalmente a un club, porque todos ellos sumaban indistintamente como criterios esenciales para decidirse por apoyar a uno u otro equipo.

A partir de que las masas balompédicas pasasen a sentirse parte de una entidad, el hecho de enfrontarlas a otras sobre el pasto semana tras semana derivó inevitablemente en la aparición de las rivalidades deportivas. Conflictos, victorias, derrotas, humillaciones, burlas; todos se metieron paulatinamente en un mismo saco formando un cóctel que transformaba lo que a priori era un simple partido de fútbol en una batalla por el orgullo y el honor de sentirse más poderoso que el rival. Y en esta misma línea, en la creación de unas rivalidades más banales que los conflictos entre pueblos, ideologías y políticas dispares de aquella época, destacaba Paul Auster que “el fútbol es un milagro que permitió a Europa odiarse sin destruirse”. Se apartaron las armas de las calles quizá, pero la animadversión siguió vigente en las gradas. Los daños, los odios, antes físicos, después pasaron a ser morales conducidos por el balón.

 

El problema, quizá, de la visión más crítica hacia el aficionado al fútbol venga remarcado por el extremismo en el que se han instalado las bufandas

 

Aquellos que ni sienten ni padecen por este deporte, o los más críticos aficionados del mismo, acentúan con constancia de él que saca lo peor de las personas. Así lo apuntaba recientemente Enrique Ballester al señalar que “algo tiene el fútbol que desnuda a la gente”. Mientras después continuaba añadiendo que “se suele decir que un jugador se transforma en el campo o en la grada. Quizá sea al revés y se transformen fuera del campo o de la grada, y el brote espontáneo y violento refleje su verdadera naturaleza”. El problema, quizá, de la visión más crítica hacia el aficionado al fútbol venga remarcado por el extremismo en el que se han instalado las bufandas. Los ladridos dignos de bar, las discusiones sin forma ni fondo o las peleas sobre si mi equipo es mejor que el tuyo, sobre si este jugador es mejor que aquel o sobre quién merece más un premio individual bañado en oro en un juego colectivo, han provocado que fútbol actual sea visto como aquel deporte que un día lo crearon y jugaron caballeros para que hoy lo practiquen y disfruten unos bárbaros.

Desde el punto de vista opuesto, los que lo sentimos, lo padecemos y lo disfrutamos (esos que compramos cada una de las palabras del escritor John Boynton Priestley cuando sentenció que “decir que pagaron para ver a 22 mercenarios dar patadas a un balón es como decir que un violín es madera y tripa, y Hamlet, papel y tinta”), solemos obviar este punto, mirar a otro lado y seguir nuestros pasos ignorando tal afirmación, tan cierta como incompleta. Porque sí, es obvio que desnuda a la gente, pero el fútbol no tiene una única muda. No solo es el odio de los cuatro exaltados de turno, también es el abrazo con el desconocido de al lado celebrando un gol de tu equipo. Tampoco son exclusivamente las patadas, disputas y tanganas que nos muestran en televisión, también son las exhibiciones de respeto y compañerismo entre profesionales que se esconden tras las cámaras. Y, desde luego, jamás serán únicamente la hostilidad y la enemistad que tan asiduamente proyectan las gradas, porque también hay historias de hinchadas que nos reconcilian con este deporte. Sin ir más lejos, la que nos recordaron recientemente dos equipos de la Bundesliga.

Schalke y Núremberg, una amistad inusual

Detrás de aquel tifo conjunto que inundó las gradas del Veltins Arena el pasado 24 de noviembre para recibir a los equipos del Schalke y el Núremberg (bajo el lema ‘Tradition ist nicht Asche bewahren, sondern die Weitergabe des Feuers’, ‘La tradición no es ceniza, sino el paso del fuego’) se esconde una de las más bonitas relaciones del fútbol mundial. Si bien se conoce que esta historia de amistad entre las hinchadas de Die Knappen (los Mineros) y Der Altmeister (el Viejo Glorioso) inició en los primeros años de la década de los 80, la verdadera razón quedó diluida por diversas leyendas urbanas. De todas ellas, la más aceptada pasa por un viaje, cuando aficionados del Schalke regresaban a casa y los del Núremberg tomaban camino para ver a su equipo. Sus trayectos se cruzaron en el mismo tren y compartieron conversaciones, anécdotas y pasiones en sus horas entre raíles. Y así el azul de Gelsenkirchen y el rojo de Núremberg formaron unos lazos indestructibles que dieron pie a unos actos de caballerosidad y amistad hacia otros colores de lo menos convencionales en el mundo del fútbol.

En 1997, el Schalke del neerlandés Huub Stevens se plantó en la final de la Copa de la UEFA después de dejar por el camino a clubes del nivel del Trabzonspor, el Brujas o el Valencia. En la final, a doble partido, esperaba el Inter de Iván Zamorano, Paul Ince o Youri Djorkaeff, entre otros. La vuelta se jugaba fuera de casa, en el Giuseppe Meazza, y la sorpresa llegó cuando más de un millar de aficionados del Núremberg se desplazaron hasta Milán para dar costado a aquellos amigos que años atrás hicieron en un tren. Un refuerzo que les vino de maravilla a los de Gelsenkirchen para batir a los italianos desde los once metros y festejar el primer título continental de la historia del club.

 

Compartir un precioso regate, enamorarse de ese bello gol, aplaudir aquel control; sea del color que sea

 

Desde hace ya casi cuatro décadas, los Schalke-Núremberg, se jueguen donde se jueguen, son sinónimos de una fiesta compartida. Locales y visitantes se entremezclan por los aledaños del estadio, comparten cervezas, risas y amor por el juego y, después, siguen la fiesta en las gradas, tal y como se pudo ver en el último partido en el que se vieron las caras. Tras caer por 5-2 en el Veltins Arena, Mikael Ishak, futbolista del Núremberg, dejó de lado el resultado -ya habrá tiempo para darle vueltas- y enfocó sus palabras en el ambiente que se respiró antes, durante y después de los 90 minutos: “Es fantástico. Los hinchas son maravillosos. Nos apoyan 6.000 aficionados como visitantes”. Una línea en la que continuó su técnico, Michael Köllner: “Desde un punto de vista neutral, ha sido un partido emocionante e intenso. La grada lo ha transformado en un festival gigantesco. Ha sido estupendo por ambas partes. Gracias a todos”; y también el futbolista del Schalke Nabil Bentaleb quedó asombrado, destacando cuando “al inicio del partido los aficionados tenían banderas del Núremberg”. “Fue una sorpresa; fue increíble”, apuntó el centrocampista argelino.

“Por mi parte, todos los partidos podrían ser así”, fantaseó Daniel Caligiuri, del Schalke. Quizá siempre podría ser así. Enfrentémonos. Veamos quien es mejor sobre el césped. Luchemos por la victoria. Pero disfrutémoslo juntos. Compartir un precioso regate, enamorarse de ese bello gol, aplaudir aquel control; sea del color que sea. Quizá sea utópico soñar con un fútbol disfrazado con las mejores galas de otros deportes, pero la historia de Schalke y Núremberg nos acerca un poco más a la creencia de que otro traje es posible en el deporte rey. Quizá parezca imposible, pero imagínenlo. Mejor amigos.