Como Erling Braut Haaland, quizás el futuro sea Marcos Llorente y no lo sepamos. Pensamos que sólo las circunstancias y necesidades han dado pie al descubrimiento pero en realidad es el brote de un nuevo comienzo. Quizás Marcos Llorente ya fue y únicamente vino desde allí, cumpliendo con la línea del tiempo y los avances de la ciencia para explicar que la ingeniería genética era cierta, como si fuera el producto de un formulario a la carta: rubio, ojos azules, 1’85m, muscularmente perfecto, fuerte y elástico, sin rastro de propensión a la fatiga en su genoma, cuerpo diseñado contra el cansancio ante la repetición de esfuerzos, paradigma de la determinación ante la duda y mente desprovista por elección de las emociones que pueden desestabilizar el rendimiento. Quizás el fútbol esté vallando y allanando el terreno sobre el que sucederán nuevos biotipos, y no sólo físicos, sino los que son también consecuencia de la evolución del juego.

El hoy jugador del Atlético de Madrid, salto en el tiempo de un futbolista que parece vivir entre su pasado como mediocentro y su futuro como atacante, está protagonizando una de las reconversiones más impactantes de un deporte que, si bien está acostumbrado a verlas, no deja de asombrarse ante la singularidad y profundidad de la más actual de todas. Marcos, antaño mediocentro puro cuyos mejores días se explicaban por su intensidad en los duelos y el robo de balón desde el quite y la concentración, llamado a recorrer metros y equilibrar la creatividad de los demás, abrigado -Alavés- o expuesto -Real Madrid-, y suplente en un Atlético de Madrid que se había cimentado desde otra interpretación defensiva bien distinta a la que corresponden sus mayores virtudes, es unos pocos meses después el germen de un ataque fulgurante y un claro culpable de la transformación anímica y estilística del equipo. Un ejemplar de ‘Gattaca’ detectado y enfocado para multiplicar ocasiones de gol.

Profundizando en la parcela de las reconversiones, partiendo del cambio de posición que han experimentado algunos de los mejores jugadores de su época y de siempre, se percibe un empujón a favor de las condiciones potenciales o necesitadas del sujeto y el equipo con respecto a su nueva ubicación dentro del terreno de juego. De manera general, en el archivo se comprueba rápidamente que muchas de ellas se hicieron de delante hacia atrás en el campo como consecuencia de una suma: las capacidades físicas e intelectuales del futbolista más el progreso evolutivo de la posición a ocupar. Desde Franz Beckenbauer, Lothar Matthäus o Javier Mascherano, mediocentros reconvertidos en centrales o líberos, hasta Andrea Pirlo o Toni Kroos, mediapuntas transformados en mediocentros cerebrales, pasando por Juanfran Torres o Jesús Navas, extremos vestidos de laterales larguísimos, se entiende que el jugador estaba preparado para asumir y gestionar una panorámica más amplia -ven todo el campo y a todos los jugadores- con tal de mejorar, a partir de sus capacidades, procesos previos a los de su antigua posición.

 

Llorente es otro futbolista. Desde lo más básico, el cambio de defender por atacar, hasta el más técnico, robar por disparar, su caso es particularmente especial

 

Ampliando la casuística encontramos una reconversión basada en la centralización del jugador, siendo por ejemplo la personalidad del mismo la que le valora como referencia colectiva por su liderazgo, haciendo que desde una posición más centrada ordene las piezas y sujete literal y espiritualmente a los suyos. Así fue con tres leyendas como Paolo Maldini, Carles Puyol y Sergio Ramos, laterales en sus inicios, centrales en un momento posterior. Más adelante, algunos descubrieron una sensibilidad e instintos escondidos, casos de Dries Mertens o Robin van Persie, que cambiaron el regate por el remate, pasando de la banda al área hasta convertirse en grandes goleadores, no sólo de sus equipos, sino de sus campeonatos. Algo diferente fue lo de Bastian Schweinsteiger, quien junto a Philip Lahm dio forma a una de las grandes reconversiones, sobre todo por la complejidad que ese camino les iba a deparar y para el que estaban preparadísimos, uno pasando del extremo al mediocentro y el otro del lateral al interior o al pivote para canalizar sus prestaciones al servicio del fútbol de la época. Fue también el alma de creador y su declive físico lo que llevó a Dani Alves a una posición avanzada o el don de la oportunidad de Cesc Fábregas para proyectarse e interpretar espacios previos al gol en su etapa culé.

Dicho todo esto, si obviamos la reconversión hacia delante de Gareth Bale como casi obligada por sus excepcionales condiciones físicas y técnicas hasta ganar cuatro Copas de Europa, el caso de Marcos Llorente nos trae hasta aquí, como diferencia de todos los mencionados, por la extrema disparidad en sus funciones. Si bien Marcos se vale de sus atributos físicos para entender la posición y el rol de forma parecida a la de su antigua ubicación, es la función lo que interrumpe la lógica de las transformaciones ya citadas. Por ser breves, Kroos y Pirlo siguen dando pases, Navas y Juanfran siguen poniendo centros, Mascherano o Beckenbauer siguen defendiendo y Philip Lahm sigue ordenando desde el control y la combinación. Pero Llorente es otro futbolista. Desde lo más básico, el cambio de defender por atacar, hasta el más técnico, robar por disparar, su caso es particularmente especial. A través de detalles tácticos que le permiten llegar a la línea de fondo siempre corriendo, su concepción del juego cambia radicalmente, pasando de impedir una ocasión de gol a participar activamente en la creación de otra.

Esto enlaza con los tiempos en los que la flexibilidad posicional, tanto de los sistemas como de los jugadores, desde Pep Guardiola a Julian Nagelsmann, goza de esplendor y abre una puerta para presentes y futuras reconversiones. Mientras el juego se intenta cubrir y atrapar de muchas maneras, la reubicación de las piezas en tiempo real, en mitad de un partido, parece una solución convertida en método que pueda penetrar en la etapa formativa del futbolista. En ese camino en el que el jugador hace cada vez más cosas durante 90 minutos, desde lo físico hasta lo técnico, es en lo táctico donde los entrenadores conciben a los jugadores de más formas que la de su origen. Mientras el futbolista avanza sin limitaciones físicas hacia la polifuncionalidad, con un noruego de dos metros al que no le penaliza su envergadura para hacer movimientos de un mediano siendo un gigante, el fútbol podría normalizar la llorentización como fenómeno a reproducir.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Getty Images.