Eric Olhats se sentó en una de las sillas del escritorio dispuesto a resolver todo el papeleo. A su izquierda estaba el niño, más rubio que un pollo. Y enfrente de los dos, con el culo en una butaca, el director del internado. La conversación no se alargaría demasiado. Al rato, Eric ya se subía de nuevo en el coche, dirección a su casa de Bayona. Pero no estaba solo. El granuja seguía con él, sin soltar una palabra, eso sí, y con los ojos brillantes. En el mismo estado en el que se había mantenido las últimas dos horas. “Yo he sido su padre, su madre, su abuelo, su ojeador y su entrenador”, le susurró años más tarde el tutor a un periodista, cuando el chico ya andaba agitando las aguas del Manzanares.

No fue capaz de dejarlo ahí dentro. En otra ocasión confesó que por la cara que ponía Antoine ya sabía de antemano que, de haberse quedado, hubiera tirado la toalla en menos de dos semanas. Así que decidió cambiar los planes sobre la marcha. Le prepararía una habitación, le haría la comida todos los días y le acercaría él mismo a los entrenamientos en Zubieta. Pese a todo, se dijo, merecía un esfuerzo quedarse con él.

Pero el fuego fue apaciguándose con el tiempo, y se hizo ceniza a la que el futbolista rompió relaciones con su agente y pidió disculpas por “haber sido demasiado joven”. Una defensa así le desnuda el enfado a cualquiera

Y así fue como aquel crío nacido en la comuna francesa de Macôn trece primaveras antes pasaría a vivir los siguientes años de su vida bajo el techo de los Olhats. Su descubridor le pescó en un torneo infantil de Paris, al que Antoine acudió estando de pruebas con el Montpellier. Fue el último de muchos: las principales academias del fútbol francés se mostraron reticentes a apostar por un jugador de aspecto endeble y quebradizo. El mismo cuento de siempre, vamos. Hasta que a Eric, que trabajaba para la Real Sociedad y que acudió al certamen de rebote por un amigo, le cautivaron las filigranas de aquel pincel y le echó la red encima. Los padres accedieron. Y otro cuadro empezó a pintarse.

Del ligero crecimiento deportivo de Griezmann se han hablado ya bastantes cosas. Sabemos que no necesitó ni dos pachangas para meterse en el bolsillo a la mitad de los entrenadores de las inferiores ‘txuri-urdin’. También que nunca puso un pie en el filial, y que su salto fue directamente de los juveniles al primer equipo. Y para rematarlo, que Martín Lasarte tomó la iniciativa de abrirle las puertas en pretemporada por una plaga de lesiones, y que después ya no se atrevería a descolgarlo nunca más del extremo de su pizarra.

Pero ser precoz también es arriesgado. La espuma tiene estas cosas: sube rápido pero si no estás al quite te ensucia los morros. Y a la todavía fina piel de Antoine no tardarían en salirle los primeros tubérculos. Sobre todo cuando en el verano de 2011 empezó a circular por Donostia que la joyita del vergel iba diciendo por ahí (básicamente en medios franceses) que su deseo era marcharse al Atlético, con el que supuestamente su representante, John Williams, había firmado un precontrato. La sinceridad se paga con pitos. Y Anoeta no le pasó por alto el desliz al ‘7’. La situación que se generó en el campo durante los primeros compases de aquella campaña fue bastante peculiar: una promesa salida de la casa y silbada por sus propios aficionados.

A este obstáculo hubo que añadírsele a los pocos meses una nueva polémica con la selección francesa sub-21, de la que el atacante era un fijo. Un escarceo nocturno en plena convocatoria le salió caro al chaval, que fue sancionado junto a otros compañeros.

Pero el fuego fue apaciguándose con el tiempo, y se hizo ceniza a la que el futbolista rompió relaciones con su agente y pidió disculpas por “haber sido demasiado joven”. Una defensa así le desnuda el enfado a cualquiera. A todo esto, además, siguieron resonando en la Playa de la Concha sus acelerones, sus fintas, sus agallas y sus goles. Europa asomó por ahí, y la reconciliación fue ya definitiva.

Este fin de semana Griezmann volvió a pasearse por el primer pasto que lo acogió, ahora sí con la camiseta ‘colchonera’, esa que tarde o temprano tuvo que enfundarse ante el irremediable avance de los acontecimientos. Y no solo eso, sino que el hijo pródigo se permitió la licencia de poner la quinta marcha en su antiguo salón y envolver el balón en la red tras una sutil definición ante la salida de Rulli. Tras el gol, sin embargo, se hizo el silencio. “Nunca celebro goles ante el club que me lo dio todo”. En ese gesto muere la inocencia de Antoine y se da por inaugurado su afincamiento en la élite.