Cyrano de Bergerac nunca esquivó su vergüenza más íntima, quizás porque su secreto era demasiado perfecto como para guardarlo escondido. “Pueden decirse muchas cosas sobre mi nariz. Por ejemplo, en tono enfático; ‘¡Oh, magistral nariz, ningún viento logrará resfriarla!’”, le dijo Cyrano a Valvert cuando este segundo trató de ridiculizarle en medio de la corte. Para insultar también se tiene que desprender una cierta clase, como cuando se pide una copa o se visita a los suegros.

Hace algún tiempo, el fútbol que se juega en la tierra del mítico personaje teatral de Rostand nos volvió a dejar otro ejemplo de lo que significa defenderse sin ni siquiera arrugarse las mangas del traje. Después de un encontronazo aéreo, Joey Barton, entonces jugador del Marsella, le buscó las cosquillas a Zlatan Ibrahimovic recordándole el tamaño de su abultado tabique, por si a este se le había olvidado, a lo que el delantero sueco le respondió con una sonrisa de anuncio Vitaldent y juntando los dedos de su mano derecha en forma de pala, como si fuera a darle de comer a un canario malherido. A veces los partidos producen escenas tan bellas que deberían alargarse durante tres o cuatro días.

El fútbol, desde lo alto del tejado de la clasificación, se ve distinto. A tanta distancia, la silueta de los rivales que corretean por tus pies se difumina, y la de los más pequeños, incluso, se vuelve imperceptible

A ‘Ibra’ siempre se le ha achacado que trata con una cierta superioridad moral a todo aquel que se le acerca a más de medio metro, a no ser que sea argentino y luzca en la espalda un diez amarillo estampado sobre fondo azulgrana. No tengo una opinión interesante al respecto. Pero lo que está claro es que aquellos que no soportan esos gestos ahora deben estar hundiéndose las uñas en los ojos, puesto que el exjugador del Barcelona debe pensar que los tiene más legitimados que nunca. Su PSG de los petrodólares, por fin, parece que se ha decidido a dar el salto a la siguiente pantalla. Los capitalinos arrasaron este fin de semana al Angers (5-1) y mantienen su ventaja sideral al frente de la tabla de la liga, separados del Mónaco, el segundo clasificado, por la friolera de 21 puntos. No hay quien le tosa al de Malmö y a toda su cuadrilla de estrellas. Los números, al menos en lo que respecta a la escena nacional, les sitúan a un nivel de notoriedad no apto para el resto.

El fútbol, desde lo alto del tejado de la clasificación, se ve distinto. A tanta distancia, la silueta de los rivales que corretean por tus pies se difumina, y la de los más pequeños, incluso, se vuelve imperceptible. Son como esos granitos de azúcar que hay esparcidos en la mesa del bar y que haces desaparecer de tu vista con una simple barrida de periódico. Aunque ya lleva tres temporadas consecutivas levantando el cetro de la Ligue 1, la actual versión del conjunto que entrena Laurent Blanc es la que ha conseguido hacer más palpable la deseada tiranía de sus propietarios. A falta de varios meses para que se cierre el calendario doméstico, los parisinos presumen de no haber conocido todavía la derrota, de haber concedido solo tres empates y de contar los 19 encuentros restantes por victorias. 56 goles a favor, 10 en contra. Estadísticas que confirman el despertar amenazante de un minotauro.

Esta situación, por supuesto, no se entendería sin la música que hacen los billetes al frotarse cada verano en el Parque de los Príncipes, y que este último agosto atrajeron hasta el museo otra reliquia con los pies bendecidos: Ángel Di María. ‘El Fideo’ no ha tardado en encontrar acomodo en un plantel que suda perfume y desayuna con tenedor de plata. Aparte de los ya mencionados, deben subrayarse los apellidos Cavani, Matuidi, Silva, Luiz, Lavezzi, Moura, Pastore, Verratti… Tipos que se pasean por un salón de lujo en el que el más tonto hace relojes.

Solo que mantenga esta dinámica de vértigo, el PSG enterrará en el baúl del pasado el último proyecto que destripó la competición francesa como si estuviera envuelta en papel mojado. Hablamos del Olympique de Lyon de sus épocas mozas. Ese grupo que en la campaña 2006/2007 se hizo con uno de sus títulos dejando al OM fuera del mapa, a 17 puntos de la primera plaza.

Ahora falta que a Ibrahimovic le dé por disfrazarse de Cyrano en las noches europeas, donde el poder y el éxito se esculpen con un molde distinto.