En la mañana de un enero gris de finales de los ochenta, Manuel Vázquez Montalbán y Josep Ramoneda aprovechaban un paseo por París para hablar largo y tendido sobre el ocaso del comunismo en España. Sí, aquella reacción política que brotó de manera casi espontánea desde las tripas de las clases más castigadas por el franquismo y que, para bien o para mal, acabaría siendo barrida por los distintos aires que se respiraron durante la Transición. El gran Manolo, que en aquella época ya tenía interiorizado que su compromiso comunista se sostenía por una cuestión «profundamente sentimental», se concedió el lujo de pedirle un favor a su amigo Ramoneda. «Déjame que sea el que apague la luz», le dijo, con esa solemnidad que solo debe permitírsele al último fiel que se resiste a saltar del barco.

El escritor y periodista barcelonés, afiliado del PSUC y autor de las célebres novelas del detective Pepe Carvalho, tenía apuntados en su cuaderno todos los nombres de aquellos camaradas ideológicos de antaño que decidieron cambiarse de carro. La lista de forajidos había ido creciendo y creciendo con los años, hasta que, muy a su pesar, ya eran más los que estaban fuera que los que se mantenían dentro. Para buscarle un símil futbolístico a este asunto podemos quedarnos con Brendan Rodgers, hoy destituido en Anfield Road, y cuya libreta de bajas tampoco destacaba por tener demasiados espacios en blanco.

Luis Suárez. Daniel Agger. Steven Gerrard. Raheem Sterling. De los pesos pesados de la mejor versión del Liverpool que diseñó Rodgers (alcanzó su máximo esplendor en la temporada 2013-2014), actualmente solo seguían en nómina Philippe Coutinho, que hace dos cursos era más bien un revulsivo,  Martin Skrtel y Daniel Sturridge, al que las lesiones le han apartado de la regularidad. Por este motivo no podemos considerar el anunciado adiós del técnico ‘red’ como una cuestión aislada e independiente de cualquier otro movimiento. Es el último que se va, pero sigue la senda que ya marcaron otros tantos. Su despido, más que un anexo, es la conclusión definitiva de un proyecto que nunca ha podido despojarse de sus claroscuros.

Abrumado por la fuga de sus mejores solistas (estadísticas en mano, la de Suárez se ha aceptado como la más significativa), Rodgers resbaló estrepitosamente cuanto más se alejó de los terrenos de juego. El técnico consiguió que sus superiores le acercasen la chequera para poder coser él mismo desde los despachos el destripe, pero sus patinazos en el mercado han rozado la condición de olímpicos. Lallana, Lovren, Markovic, Balotelli o Clynde han ido llegando a orillas del Mersey a precio de estrella, pero ninguno de ellos ha convencido. A la espera de que aun exploten los que aterrizaron este verano, con Benteke y Firmino a la cabeza, los propietarios norteamericanos del Liverpool han decidido cambiar la baraja de manos y otear nuevos horizontes.

Es el último que se va, pero sigue la senda que ya marcaron otros tantos. Su despido, más que un anexo, es la conclusión definitiva de un proyecto que nunca ha podido despojarse de sus claroscuros

Ojalá este adiós enturbiado no desdibuje del todo el sello de Brendan, al que habría que seguir adjudicando la proeza de haber querido nadar a contracorriente más allá del Canal de la Mancha, lo que nunca ha sido hazaña sencilla para nadie. Rodgers ha procurado hacer carrera con un fútbol raso y delicado en un país donde sigue primando el poderío aéreo y la contundencia. Una declaración de intenciones que solo por ser minoritaria ya merece el respeto de unos cuantos. No fue un capricho de un par de románticos que su obra en Gales llevase por título ‘Swansealona’; ese grupo que un joven entrenador ascendió a la Premier League y que competía con el Barça de Guardiola por ser uno de los que más combinaciones tejía en todo el viejo continente. La graduación de su tesis en el Swansea le abriría las puertas de la corte, y el de Carnlough se aposentó en Anfield Road con sus propuestas de diversión y espectáculo debajo de brazo. La revolución, su revolución, podrá decir siempre que al menos se coló en uno de los grandes. Otra cosa es que la misma no haya cuajado (a saber de qué se estaría hablando hoy si Gerrard no llega a protagonizar ese resbalón maldito y los ‘reds’ hubieran levantado la Premier hace dos campañas), pero tras su intento han quedado algunas migas sobre las que se podrían levantar investigaciones sociológicas. Cómo olvidar, por ejemplo, esa ocasión en la que Rodgers justificó la marcha de Andy Carrol argumentando que no quería en su plantel «un nueve estático al que buscar en largo». A la prensa inglesa aquello le sonó a chino. Más contracultural imposible.

Los resultados, evidentemente, han sido los que han acabado de bajar la figura de Rodgers al barro. Incapaz de reditar lo que él mismo un día construyó, las matemáticas han dictado sentencia. Los ‘reds’, desde ese empate histórico ante el Crystal Palace que les costó el título doméstico, no han vuelto despegar, ni en el juego ni en los puntos. La gota que colmó el vaso apareció este fin de semana, cuando firmaron unas tablas mediocres con el Everton de Roberto Martínez. Paradojas de la vida, el español había sido uno de los predecesores del irlandés en el Swansea, aunque parece que ahora no se volverán a cruzar sus trayectorias: el nombre que más está sonando para el puesto vacante es el de Jürgen Klopp.

Pero mejor será dejar para otro día el análisis de estas especulaciones. Un humilde servidor espera que entiendan que la resaca a estas horas ya es demasiado contundente.