La historia de las finales de la Champions League ha dejado para el recuerdo dos capítulos dolorosos, sumamente dolorosos, para la afición atlética. Dos generaciones de colchoneros, separadas por 40 años de distancia, aún retienen en su memoria los goles de Sergio Ramos y de Hans-Georg Schwarzenbeck. Uno en el minuto 93. El otro en el 120. Ambos quitándole de las manos al Atlético de Madrid su primera ‘orejona’, ambos equilibrando el marcador para poner el 1-1, ambos derrumbando los sueños rojiblancos.

El 24 de mayo de 2014, el estadio Da Luz lisboeta fue partícipe de una especie de déjà vu futbolístico. A falta de dos minutos para que el árbitro Bjorn Kuipers diera por finalizado el encuentro, Sergio Ramos se alzó por encima de todos y cada uno de los futbolistas que había sobre el terreno de juego para rematar heroicamente un saque de esquina botado por Luka Modric. Poco más de media hora después el madridismo celebraba la ansiada ‘Décima’ y sus vecinos de la capital sentían el mayor de los vacíos y una sensación extraña de haber vivido eso hace mucho tiempo, cuatro décadas antes para ser exactos. El reluciente graderío del Da Luz recordaba al antiguo estadio de Heysel, las blancas camisetas del Real Madrid evocaban a la segunda equipación del Bayern de Múnich e incluso a Sergio Ramos se le llegó a ver algún parecido físico con aquel alemán de nombre impronunciable que les había arrebatado el éxito en el último suspiro. Dos historias raramente tan parejas, con la única diferencia de sus protagonistas y de unos guantes que dieron paso a una de las leyendas urbanas más bizarras de las finales de la Copa de Europa. Eran los guantes de Miguel Reina.

La historia, afirmada por unos y desmentida por otros, retrataba a un Miguel Reina que ha negado ese suceso en diversas ocasiones

Atlético de Madrid y Bayern de Múnich se plantaban en la final del 15 de mayo después de dejar por el camino a clubes como Celtic de Glasgow —con la histórica ‘Batalla de Glasgow’ entre Atlético y Celtic— y Estrella Roja, respectivamente. Ni españoles ni alemanes conocían lo que se sentía al levantar una Copa de Europa, esa era la primera final para ambos, la primera oportunidad para ser los reyes del Viejo Continente. Los colchoneros se enfrentaban a una de las mejores plantillas de la época, el equipo que dominaría Europa mediados los ’70 tras la hegemonía del Ajax de Rinus Michels y Johan Cruyff. Los Franz Beckenbauer, Paul Breitner, Gerd Müller y Uli Hoeness, que también conformaban la columna vertebral de la selección alemana que conquistó el Mundial’74, contra un equipo sin estrellas, pero sólido, compacto e imaginativo como pocos. Luis Aragonés era la figura visible de aquel Atlético entrenado por el argentino ‘Toto’ Lorenzo. Y los Javier Irureta, José Eulogio Gárate y Ramón Heredia acompañaban al Sabio de Hortaleza sobre el césped.

Cuando el colegiado belga Vital Loraux decretó el inicio del encuentro, tanto madrileños como bávaros sabían lo que tenían delante, el respeto mutuo y el miedo latente por cometer un error que implicara quedarse a las puertas del éxito se vieron en cada jugada. Las ocasiones de gol llegaron a cuentagotas y la igualdad del choque supuso un 0-0 al término de los 90 minutos. El primer tiempo de la prórroga siguió el mismo patrón. Nadie, ni atléticos ni alemanes, querían irse de Bruselas sin la ‘orejona’, por lo que el juego empleado por unos y otros daba paso a pocas opciones para que alguno de los dos equipos se adelantara. Pero esa situación cambió en la segunda parte del tiempo extra.

El cronómetro marcaba 114 minutos cuando el árbitro señaló una falta a favor del Atlético. Escorada a la izquierda de la portería, cerca de la medialuna, era una oportunidad de oro para un especialista en los tiros libres. Luis cogió el balón, lo mimó y visualizó la jugada. Cuatro alemanes formaban su primer obstáculo a poco más de nueve metros. Y un poco más allá estaba su último enemigo, un felino de nombre Sepp Maier. Tras el silbato del árbitro, Aragonés avanzó con delicadeza hacia el balón y justo después de golpearlo ya sabía donde acabaría. Superó la barrera de cuatro hombres y bajo la atenta mirada del arquero germano el balón se colaba entre los tres palos. 1-0 y solo seis minutos por delante para cumplir sus sueños. Los colchoneros ya veían la Copa de Europa paseándose por la rivera del Manzanares, luciendo en las vitrinas del Vicente Calderón junto a las siete Ligas, cuatro Copas del Rey y la Recopa de Europa que tenía el club por aquel entonces. Pero el tiempo aún no se había detenido. Todavía quedaban seis minutos, 360 segundos que se le hicieron eternos al Atlético, tan eternos que acabaron de la manera más trágica. Corría ya el minuto 119, a menos de sesenta segundos para concluir el encuentro, cuando un disparo lejano de Hans-Georg Schwarzenbeck se coló entre las piernas de la defensa rojiblanca para acabar en el fondo de las mallas. Nadie se lo podía creer. Ya estaba hecho, la copa ya era suya, pero se la quitaron de las manos.

El ‘Toto’ Lorenzo recordaba años más tarde en una entrevista lo sucedido en aquella última jugada del encuentro. Y, para sorpresa de muchos, señalaba a un culpable: “No me hagan acordar. Lo que hizo Reina, el arquero, no tiene perdón. Nos pusimos 1-0 a siete segundos del final. Faltando uno, tuvimos un tiro libre a favor, lo pateó Gárate y le salió una masita a las manos de Maier. Este sacó fuerte con el pie y ‘Cacho’ Heredia la mandó afuera. Vino el lateral, la tomó Beckenbauer y se la dio a un tal Schwarzenbeck, un zaguero que era muy torpe. Tanto es así, que no supo qué hacer y se sacó la pelota de encima pateando al arco. Un tirito. ¿Saben lo que estaba haciendo Reina? Dándole los guantes de recuerdo al fotógrafo de Marca. Por supuesto, fue gol. Nos agarró una desesperación terrible. Vicente Calderón, el presidente, casi se nos muere en el camarín. Salimos 1-1 y había que jugar un desempate a la 48 horas. A Reina no lo encontrábamos por ningún lado. Estaba refugiado en el vestuario del árbitro. Después apareció y me pidió la revancha. Se la di, pero no nos acompañó la suerte; el Bayern nos bailó y nos ganó 4-0”.

Dos días más tarde se disputó el partido del desempate, eso de la tanda de penaltis era algo aún por descubrir y los atléticos, destrozados anímicamente por la debacle sufrida apenas 48 horas antes, se vieron infinitamente inferiores a unos bávaros que habían recargado sus energías gracias a aquel gol. Ese segundo encuentro se zanjó por la vía rápida con dos dobletes de Gerd Müller y Uli Hoeness. El Bayern de Múnich conquistaba su primer título —sumando dos más de manera consecutiva— y el Atlético debería esperar cuatro décadas para volver a llegar a la final de la máxima competición del fútbol europeo.

La historia, afirmada por unos y desmentida por otros, retrataba a un Miguel Reina que ha negado ese suceso en diversas ocasiones. Si la polémica de regalar sus guantes a alguno de los hombres que se situaba detrás de su portería se le hubiera achacado a Thibaut Courtois 40 años más tarde, todos nos hubiéramos enterado de si realmente sucedió por culpa de las nuevas tecnologías. Pero el problema, o la suerte, del exguardameta cordobés es que nunca se conocerá la verdad sobre aquellos guantes. Los mismos guantes que no estaban en las manos del arquero cuando el disparo de aquel grandote defensa alemán dejó al Atlético sin su primera ‘orejona’.