Hay tres cosas que se les tratan de inculcar desde muy temprano a los niños que nacen en el barrio londinense de East End o en las cercanías del mismo. La primera, que no se les borre nunca de la memoria ese lugar de donde vienen. La segunda, que no anden por ahí solos los días que hay partido. Y la tercera, y quizás la más importante, que en el supuesto –y muy probable- caso que simpaticen con el West Ham United, interioricen de antemano que sus sueños no van a ser los mismos que los que tienen los otros niños de los barrios más acomodados de la ciudad. Ser aficionado del West Ham no es lo mismo que serlo del Chelsea, del Arsenal o incluso del Tottenham. La guerra del club ‘hammer’ hoy es otra, más precaria y menos simbólica. Y esa perspectiva no viene generada por un ataque de romanticismo futbolero, sino por las propias vitrinas de la entidad, huérfanas de ligas y muy desecadas últimamente. A nivel de títulos, el club presume básicamente de los trofeos que levantó durante el mejor año de su historia (1964-1965), en el que consiguieron la Recopa, la Fa Cup y la Community Shield. A parte, también acumulan otras dos copas de Inglaterra (1975 y 1980) y un par de Football League Championships (1958 y 1981). El último trofeo que festejaron, y con el que se cierra el expediente, fue una Copa Intertoto que data de 1999.

[quote]Que el graderío de Upton Park es uno de los más apasionados del globo futbolístico parece innegable. Pero la masa social ‘hammer’ no está compuesta únicamente por atolondrados ultras. Hay vida más allá de Green Street Hooligans[/quote]Pero los rasgos que hacen del West Ham un club especial no acaban en los estantes de su museo, sino más bien en el corazón morado de las gentes que le admiran. Una afición singular, tradicionalmente obrera, curtida con los golpes bajos que le ha propiciado el destino (el último fue el descenso a segunda que sufrió el equipo en 2011) y, aunque algunos se obstinen en contradecirlo, heterogénea. La masa social ‘hammer’ no está compuesta únicamente por atolondrados ultras, como esos que apadrina la Inter City Firm, grupo de hooligans por antonomasia de Upton Park y uno de los más temidos del Reino Unido. Hay vida más allá de Green Street Hooligans (Lexi Alexander, 2005), y bien que lo ha podido comprobar Enner Valencia, que confesó a los medios que este verano no las tenía todas con su llegada al club por miedo a encontrarse con una atmósfera dominada básicamente por radicales.

Que el graderío de la entidad es uno de los más apasionados del globo futbolístico parece innegable. Sin embargo, que en bastantes rincones del mundo se asocie la imagen del aficionado medio del West Ham con términos como el extremismo o la violencia se debe en parte a que algunos atrevidos decidieron dar un paso más allá en su concepción de la lealtad por los colores. Tipos que se ganaron su minuto de gloria en televisión por su buen manejo en el arte de la pelea callejera y que bien podrían pasar por esos individuos de la Escocia obrera y marginal que Irvine Welsh supo convertir en literatura.

Pero vayamos a lo que realmente nos compete en este artículo: los aires de cambio que hoy soplan en Upton Park. Tras un periodo de larga estancia en el purgatorio, la afición del club -ultras y no ultras- vuelve a sentirse plenamente identificada con el proyecto de la entidad, comandado por Sam Allardyce. Quizás la clave de esa unión grada-césped que tanto está resultando sea que en ambos lados se comparte un perfil común: el del que se sabe en un escalafón inferior pero al que no le da pudor, sino todo lo contrario, aceptarlo. Vuelven a rugir más que nunca las 30.000 gargantas de Boleyn Ground, y sus jugadores corren, saltan, luchan, desafían, compiten… Y rinden. Sobre todo rinden. Rinden de tal manera que, tras dieciséis jornadas de campeonato liguero, van cuartos en la tabla y empiezan a verse obligados a fijarse objetivos más ambiciosos de los que tenían previstos.

GANAS DE REIVINDICARSE

El equipo de moda de la Premier League presenta otro nexo de unión con la identidad de su propia afición: sus ganas de sacudirse el polvo acumulado últimamente y redimirse. Repasemos su columna vertebral para constatarlo. Andy Carroll, que le metió dos goles al Swansea hace dos semanas, estaba en 2011 en el centro de todas las mofas de Anfield Road. Los 40 millones de euros que el club ‘red’ pagó por él y la farragosa tarea de tener que sustituir al mejor Torres le acumularon tal peso en la mochila que el ariete ya no podía rematar tan ligero como antaño. Alexander Song, eje central sobre el que gira hoy todo el sistema de Allardyce, se acostumbró a vivir sentado en sus dos últimas campañas en Barcelona. Carl Jenkinson, que en esta Premier se está hinchando a servir centros desde su carril, tuvo que ver como este verano el Arsenal tampoco confiaba en él pese a la marcha del lateral diestro titular del equipo (Bacary Sagna). Y Stewart Downing, cuya recuperación en el West Ham se ha visto recompensada con su vuelta al combinado nacional, que tampoco le sentó nada bien su salto al Liverpool en 2010. Todos ellos jugadores venidos a menos y que se han agarrado a la mística de Upton Park para mantener a flote su reputación y sus trayectorias. Y si a ese bloque insurrecto le añadimos el incombustible Kevin Nolan, el recién llegado Valencia, el mejoradísimo arquero Adrián o el sorpresón perpetrado por Diafra Sakho, máximo goleador del bloque pese a estar jugando hace tan solo algunos meses con el Metz en la Ligue2, damos con la estupenda combinación que está consiguiendo hacer soñar al este de Londres con cotas jamás imaginadas.

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Mención aparte merece el conductor del buque ‘hammer’, Sam Allardyce. Un viejo zorro. Un tipo carismático en el Reino Unido, sin duda, de los que acumulan tantos defensores como detractores. Capaz de recibir un doctorado honorario de la Universidad de Bolton (jugó y entrenó al Wanderers hasta dejar su impronta para siempre en la ciudad) y al cabo de pocos años verse involucrado en una corruptela de tráfico de jugadores y supuestos sobornos de agentes que vio la luz gracias a un documental de la BBC. En términos puramente futbolísticos, la figura de Big Sam tampoco es que genere mayores consensos. Su visión arcaica y primitiva del fútbol, plasmada en todos los conjuntos a los que ha entrenado, ha sido de difícil digestión para más de uno. Cómo no recordar la frase que espetó Mourinho tras empatar con el West Ham en el segundo tramo de la temporada pasada. “Esto no es la Premier League, esto no es la mejor liga del mundo. Esto es fútbol del siglo XIX”, soltó el portugués, claramente contrariado con los métodos de su homólogo. La respuesta de Allardyce, en tono burlón, tampoco dejó a nadie indiferente: “Me importa un carajo lo que diga… ¡Mala suerte, José!”. Muchas cosas se le podrán reprochar al técnico de Dudley, pero la fe ciega que tiene en su ideario y su óptimo carácter para revalorizar a conjuntos de pequeña talla parece que están fuera de toda duda. En Upton Park, pese a que su relación con el míster ha pasado por varios altibajos, dan fe de ello: amarró a la institución tras su caída a la Championship (2011) y hoy, por sorpresa, la tiene instalada en posiciones europeas.

Difícil saber hasta cuando aguantará el tirón el West Ham United. A finales de este mes, medirán la capacidad de su efecto sorpresa con varios test de nivel: tras jugar contra el Leicester, visitan Stanford Bridge y reciben al Arsenal. Pero pase lo que pase, el compromiso, la capacidad de redención y la imprevisibilidad de los chicos de Sam ya han regalado bastantes alegrías a los suyos en lo que llevamos de curso. Tantas, que los niños de East End empiezan a poner en duda esa cancioncilla de que las grandes gestas siempre estarán reservadas para sus vecinos.