Ocurrió el pasado domingo, justo después de que el árbitro diera por finalizado el partido que enfrentó al Chelsea con el Crystal Palace (1-0) y que sirvió para que los ‘blues’ se proclamaran campeones, matemáticamente, de la Premier League. En mitad del reventón de alegría del Bridge, el realizador pinchó la cámara que seguía a John Terry. Y ahí estaba él: derrumbado en el césped, con las manos en la cabeza, susurrando palabras y conteniendo las lágrimas. Aliviado, feliz. “Por esto es por lo que vivo“, reivindicó más tarde ante la prensa.

Ocurrió que, de pronto, me imaginé a un Terry cuarentón en un pub maloliente de Londres. Sin anillo de casado, con las bolsas de los ojos aun más hinchadas, con dos entradas que se hicieron una y un islote de ‘pelo pincho’ en el centro de la cabeza testimoniando goles de córner pasados. “¿Sabías que con cada testarazo se pierden cientos de neuronas?“, me comentó un día David Belenguer. Pues Terry andaría algo disperso en mi taberna ficticia. Y con los ojos achinados pediría otra cerveza. Yo me sentaría con él para entrevistarle pero de repente me apartaría la mirada: “Vosotros, los periodistas, vosotros no me quisisteis una mierda“. Fue en ese lapso de mi fantasía dominguera cuando empecé a preguntarme qué recuerdo nos quedará de Terry cuando cuelgue las botas y si, entre todos, no habremos contribuido a infravalorar sus éxitos.

Sí, es cierto. Su mala fama fuera de los terrenos de juego se la ha ganado a pulso. En este sentido, nadie le obligó a acostarse con la esposa de un compañero de equipo (Bridge); o a decepcionar a otro, en este caso su homólogo en la selección, Rio Ferdinand, por dedicar insultos racistas al hermano del ex red devil, Anton; o a atropellar a un empleado del club en una salida alborotada en coche de Stamford Bridge; o a ofrecer visitas guiadas ilegales por los vestuarios del club. Aunque para negocios sonados el de su padre: en 2009 fue cazado vendiendo coca en un bar de Essex.

Terry no ha sido precisamente un ejemplo para los niños, eso está claro. Pero el fútbol suele descifrarse muchas veces a través de códigos muy distintos a los que rigen la sociedad, y una sucia colección de escándalos no siempre está reñida con valores como el respeto, el compromiso o la profesionalidad dentro de un grupo de futbolistas. Muy por encima de sus cagadas, Terry ama al Chelsea. Y nada ni nadie han logrado minar la intensa relación que mantiene con la hinchada del club londinense, rendida año tras año a su capitán. Terry siempre está ahí. Para bien o para mal. Y 17 años después de su debut sigue dando el callo en un equipo tan ultracompetitivo como es el Chelsea. Ni se sabe el número de compañeros con los que ha compartido defensa. Ni se saben las veces que ha jugado con costillas rotas o fracturas en la cara.

Este domingo sumó su cuarta liga; entre la primera y la última han pasado diez años en los que su palmarés se ha engrosado con una Champions, una Europa League y un puñado de copas inglesas. La selección no le reportó muchas alegrías; todo lo contrario, se le retiró la capitanía tras el incidente racista y Fabio Capello, su único defensor, presentó la dimisión como seleccionador. Otro claroscuro que arroja la percepción de que Terry es menos que otros: a pesar de sus 15 temporadas consecutivas honrando un escudo; a pesar de rechazar ofertas de equipos rivales tan insistentes como el Manchester City, a pesar de su fidelidad incorruptible, la sensación es que nunca estará altura de otras leyendas como Puyol o Maldini.

Sus lágrimas el año pasado cuando el Atlético privó a su equipo de otra final europea o las que derramó el pasado fin de semana tras levantar la Premier revelan la cara sensible de John. Pocos saben, por ejemplo, que en 2009 puso pasta de su bolsillo para empujar económicamente a la sección de fútbol femenino del Chelsea (abstenerse bromas fáciles) o que Mourinho fue quien hace unos meses exigió la renovación del central a Abramovich. “Me gustaría agradecer a los hinchas que me continúen aguantando“, declaró el jugador de 34 años tras firmar su nuevo contrato.

Sin saberlo, dio con la clave: a Terry no lo disfrutamos, lo aguantamos. Y aunque le persiga esa caída de culo en Moscú, aunque le persiga su fama de alborotador sexual, aunque le persigan sus lágrimas y aunque dentro de 10 años no pueda convencerlo para sentarnos a charlar en un bar, seguirá siendo ese cabronazo al que, de vez en cuando, muy de vez en cuando, apetece decirle que le quieres.