París es una ciudad preciosa que tiene su esencia en la luz, en el amor y en el arte. Su aura radica, a partes iguales, en estos tres elementos. Pero no, a pesar de los continuos esfuerzos a base de petrodólares y de la llegada de jugadores como Neymar o Kylian Mbappé, París no es como Madrid o Barcelona, como Mánchester o Londres, como Milán o Turín. No, no es una ciudad de las que respiran fútbol. No está en su ecuación, no está en su ADN. Es difícil saber a ciencia exacta si es por la procedencia extranjera del capital que en 2012 adquirió el Paris Saint-Germain o si es porque el deporte rey nunca ha sido una de sus principales aficiones, pero hoy la ciudad ve al equipo como un cuerpo ajeno, como algo que está desarraigado de su realidad. “Paris SG, pas de grand club sans grand public”, proclama una pegatina desde el centro de la ciudad, el mismo lugar en el que está prohibido jugar al balompié en la mayoría de los parques y en el que encontrar una camiseta del PSG es un ejercicio realmente complicado.

Sin embargo, hubo una noche en la que esas calles abarrotadas de museos y de obras de arte de incalculable valor quedaron inundadas por la pasión que provoca el fútbol. Aquel 18 de marzo de 1993, los parisinos no solo quedaron boquiabiertos ante la belleza de su querida Torre Eiffel; también se emocionaron y se rindieron ante el Paris Saint-Germain, que, en una de las noches más brillantes de su corta historia, consumó una de las mejores obras de arte de la ciudad.

Pero para entender la magnitud de lo que sucedió aquella noche en el Parque de los Príncipes, primero hay que trasladarse al Santiago Bernabéu y viajar dos semanas atrás en el tiempo, hasta el 2 de marzo. Tras eliminar al PAOK griego, al Nápoles y al Anderlecht, el Paris Saint-Germain se había plantado en cuartos de final de la Copa de la UEFA. Justo allí le esperaba el Real Madrid, que en las rondas anteriores había apeado a la Politehnica Timişoara de Rumanía, al Torpedo de Moscú y al Vitesse holandés. A principios de la década de los 90, el conjunto madridista convivía con el declive de la Quinta del Buitre, con la frustración de no poder seguirle el ritmo al Barcelona de Johan Cruyff en la escena nacional y con la ansiedad de recuperar cuanto antes el trono perdido en Europa; pero el PSG, un equipo que hasta la fecha tan solo había ganado la liga francesa en una ocasión (85-86), no parecía ser un rival demasiado complicado para los blancos.

 

El Madrid convivía con el declive de la Quinta del Buitre y con la ansiedad de recuperar el trono perdido en Europa, pero el PSG no parecía un rival demasiado complicado

 

Con todo, el partido de ida “resultó trepidante y bonito” desde el pitido inicial, según destacaba el día después Mundo Deportivo. El PSG se quedó en su campo, esperando los errores del Madrid para poder salir al contraataque, y le cedió el peso del partido al conjunto local, que no pudo superar la defensa parisina hasta que apareció Emilio Butragueño. El Buitre tenía ya 30 años, pero no había perdido ni una pizca de su enorme calidad. Cuando el reloj del Santiago Bernabéu marcaba la media hora de juego, aprovechó una mala salida de Bernard Lama en un córner para hacer subir el 1-0 al electrónico. Pero lo mejor aún estaba por llegar, porque, en el minuto 36, el atacante madrileño se convirtió en mago para parar el balón con el pecho, pasárselo al pie, quebrar al guardameta francés con la cintura y regalarle el esférico a Iván Zamorano para que lo empujara dentro de la portería del PSG. El conjunto galo no había jugado nada mal en el primer tiempo, pero después de pecar de “inocente” y de “pardillo” regresó a los vestuarios con un resultado que podía hacer creer que la eliminatoria estaba ya resuelta.

Aun así, en el descanso emergió la figura de Artur Jorge. El portugués, un entrenador que en sus ratos libres escribía poesía y que dirigió al Tenerife en el curso 97-98, abroncó a sus jugadores pidiéndoles “más atención y más coraje”. Las exigencias del luso tuvieron efecto inmediato, ya que, a los cuatro minutos de la segunda parte, el Paris Saint-Germain recortó distancias por mediación de David Ginola, un atacante que había llegado al principio de aquella temporada procedente del Stade Brestois 29 y que no tardaría mucho en convertirse en uno de los mejores futbolistas franceses de la época gracias a un talento descomunal, a una técnica exquisita y a un excelente control del balón. En el Bernabéu, el jugador galo aprovechó el único error de Paco Buyo en todo el partido para rematar un saque de esquina servido por Valdo y presentarse ante el universo futbolístico europeo con su primera diana lejos de las fronteras francesas.

Fue entonces, tras el tanto de Ginola, cuando llegaron los mejores minutos del encuentro y “un espectacular tira y afloja entre dos equipos que no se conformaban con el resultado”. “El Real quería el tercer gol porque con el 1-0 le habrían echado de la competición en París. El PSG buscaba con guapeza el empate, jaleado por un grupo de seguidores que disfrutaron con la frescura de su fútbol”, contaba el Mundo Deportivo. Finalmente, a pesar de que los pupilos de Artur Jorge se acercaron con peligro a la portería de Buyo con varios contraataques rapidísimos, fue el conjunto merengue el que se encontró con el premio del gol. En el minuto 89, en una jugada verdaderamente rocambolesca, el árbitro señaló un penalti a favor del Madrid y expulsó a Alain Roche con roja directa por interceptar con las manos un balón que ya entraba en el arco parisino. Bernard Lama le detuvo la pena máxima a Míchel González, pero este acudió al rechace y consiguió el 3-1 con un tanto que, según la crónica de El País, “fue una nueva demostración de que este Madrid está en buena relación con los dioses”. “Tuvo un pie en el infierno y acabó en el cielo”, concluía el texto. Y, mientras los aficionados madridistas abandonaban el Santiago Bernabéu convencidos de que la eliminatoria había quedado sentenciada, en la sala de prensa, Benito Floro aseguraba que la intención del equipo era ir a París a ganar.

 

“Nuestra intención es ir a París a ganar”, aseguró Benito Floro tras superar al PSG por 3-1 en el partido de ida

 

Lo que se encontró el Real Madrid en París fue un equipo herido en su orgullo -en una entrevista de hoy en El País, David Ginola asegura que, al finalizar el encuentro de ida, “Míchel me apretó la mano y me dijo: ‘¡Impresionante! No me esperaba enfrentarme con excelentes futbolistas franceses’. Me quedé sorprendido, por un lado, y con ganas de demostrarle más nuestro valor en la vuelta”– y un estadio transformado en un infierno, en una caldera. El Parque de los Príncipes estaba “enloquecido”, reconocía Alain Roche en 2015, en las páginas del ABC. Por el conjunto blanco, que llegaba con la tranquilidad del resultado de la ida (3-1) y que era el gran favorito para acceder a las semifinales, Benito Floro salió con Buyo en la portería; Nando, Luis Miguel Ramis, Ricardo Rocha y Mikel Lasa en la defensa; Fernando Hierro, Míchel González, Luis Enrique y Robert Prosinecki en el centro del campo; y Emilio Butragueño y Iván Zamorano como hombres más avanzados. Por el Paris Saint-Germain, Artur Jorge alineó al arquero Bernard Lama; a los zagueros Jean-Luc Sassus, Antoine Kombouaré, Ricardo Gomes y Patrick Colleter; a los centrocampistas Valdo, Paul Le Guen, Vincent Guérin y David Ginola; y a los delanteros Amara Simba y George Weah, aquel prodigio de la naturaleza que tan solo dos años más tarde se convertiría en el primer futbolista no europeo en ganar el Balón de Oro.

Desde el pitido inicial, el Real Madrid se vio superado de forma inapelable por un PSG que se hizo rápidamente con el dominio de la situación. Conscientes de que necesitaban dos goles para remontar la eliminatoria, los parisinos jugaron con los nervios y las imprecisiones de los madridistas y les encerraron en su campo, impidiendo que pudieran combinar con acierto e invisibilizando a Luis Enrique, Míchel, Prosinecki y Butragueño, los encargados de hacer brollar el fútbol por parte del conjunto merengue. “Confiábamos mucho en nosotros. Sabíamos que podíamos ganar a cualquier equipo“, recuerda Ginola en El País. Y añade: “Decidimos tomar el control del partido desde el primer minuto. Les hicimos la vida imposible hasta el final. Nada nos podía detener”. La incontestable superioridad demostrada sobre el césped del Parque de los Príncipes por el cuadro local se trasladó al marcador en el minuto 33, cuando George Weah se anticipó a Paco Buyo a la salida de un córner para anotar el 1-0.

Ya en la segunda mitad, Benito Floro dio entrada a Villarroya en el lugar de Butragueño con la idea de salvaguardarse de la ofensiva parisina. Sin embargo, el destino de aquella eliminatoria ya estaba escrito. En el minuto 75, como si quisiera avisar a los visitantes del frenético final que estaba por venir, el delantero francés Daniel Bravo cabeceó al larguero. No volvería a perdonar el Paris Saint-Germain, que en la siguiente llegada multiplicó su ventaja gracias a una acción en la que participaron sus mejores futbolistas. Valdo, un atacante brasileño con una clase inagotable, combinó con Weah, que le cedió el balón a Bravo para que este se lo dejara a David Ginola en la frontal. Desde allí, el ‘11’ parisino, haciendo gala de su etiqueta de genio, despedazó el balón con un derechazo potente e imparable. La falta de regularidad acabó condenando la carrera de aquel excepcional jugador francés, que en 1995 estuvo muy cerca de fichar por el Real Madrid o por el Barcelona, pero la noche del 18 de marzo de 1993 fue realmente inalcanzable para la defensa blanca. Sencillamente, no había forma humana de pararle.

Con el tanto de David Ginola el Paris Saint-Germain ya estaba en semifinales, pero tanto los hinchas como los futbolistas, absolutamente desatados y llevados por la euforia de un Parque de los Príncipes irreconocible, querían más. Y, en el minuto 87, el cuadro galo aprovechó que el Madrid estaba volcado al ataque para plantarse en su área con un veloz contragolpe comandado por Weah y Ginola. Finalmente, el francés asistió a Valdo y este, tras superar a su defensor por enésima vez con un amago precioso, remató con un disparo raso. Buyo tocó el balón, pero no pudo evitar que entrara en su portería y que el 3-0 subiera al marcador.

 

Valdo anotó el 3-0 con un disparo raso, pero el Real Madrid aún no había dicho su última palabra

 

Pero el Real Madrid aún no había dicho su última palabra. “Con el tercero de Valdo pensábamos que la eliminatoria estaba finiquitada. Pero esto es fútbol, no hay nada escrito hasta el final. Por eso me gusta tanto ese puto deporte, con perdón. El ascensor emocional fue tremendo, imposible, inimaginable”, subraya Ginola en El País. Y, en medio de ese huracán de fútbol, en el minuto 93, en una de las únicas llegadas del conjunto blanco en todo el partido, Iván Zamorano cabeceó una falta lateral desde dentro del área pequeña para mandar la eliminatoria a la prórroga ante la estupefacción general de un estadio que no podía comprender que, después de ser tan superior a su rival durante toto el encuentro, tuviera que jugarse su destino a vida o muerte en el tiempo extra.

En aquel momento, todos los presentes desconocían que había alguien dispuesto a evitar la prórroga: Antoine Kombouaré, un futbolista de Nueva Caledonia que entró en el once de Artur Jorge para cubrir la ausencia de Alain Roche, expulsado en el encuentro del Santiago Bernabéu. En el minuto 96, cuando el colegiado húngaro Sándor Puhl ya estaba a punto de señalar el final del tiempo reglamentario, David Ginola provocó una falta cerca del área del Real Madrid. La sacó Valdo y, entre el incomprensible despiste de la zaga blanca, Kombouaré se vistió de héroe para conectar un testarazo con el que enterró las esperanzas de los hombres de Benito Floro e hizo estallar la locura, el éxtasis y el delirio en el Parque de los Príncipes, un estadio que acababa de presenciar uno de los duelos más emocionantes de la historia del fútbol continental.

En una noche tan mágica como memorable, el Paris Saint-Germain había conseguido lo que parecía imposible, y su afición “celebró la clasificación para las semifinales de la Copa de la UEFA con un júbilo que difícilmente será superado aunque llegue a conquistar el trofeo”, remarcaba Mundo Deportivo. “El Parque de los Príncipes vio llorar al Madrid”, titulaba la crónica con la que Marca narró aquella estrepitosa derrota del cuadro merengue, una de las más dolorosas de las últimas décadas. “El PSG ganó porque jugó mucho mejor. Nosotros incluso no merecimos dar la vuelta al partido en los últimos minutos”, afirmó Ramón Mendoza después del choque, desautorizando la versión de Míchel y Benito Floro, que habían afirmado que el cuadro parisino no había sido superior y que la eliminación había sido fruto de “un golpe de fortuna”.

Unas semanas más tarde, el PSG cayó en semifinales ante la Juventus, que acabaría ganando la final contra el Borussia Dortmund, tras dos grandes exhibiciones de Roberto Baggio; pero aquel 4-1 contra el Real Madrid en el Parque de los Príncipes aún se recuerda en la ciudad de la luz. “Muchos aficionados aún nos paran por la calle y nos dan las gracias por aquel encuentro. Estará siempre en el corazón de todos nosotros”, destacaba Alain Roche en 2015. “Aquella noche demostramos que éramos grandes”, apunta, en el mismo sentido, David Ginola en El País. No en vano, un futbolista de la categoría del inigualable Thierry Henry llegó a asegurar que fue el partido más bonito que había visto en su vida.

Es cierto que, 25 años después, aquel 18 de marzo de 1993 cada vez parece más lejano en el tiempo. Sin embargo, los parisinos aún lo tienen presente. En definitiva, fue una noche en la que el fútbol les hizo sentir lo mismo que la primera vez que contemplaron un bello atardecer sobre la Torre Eiffel o el Sacré Cœur. Eufóricos y borrachos de alegría, los parisinos disfrutaron, como niños, de la noche en la que el Parque de los Príncipes iluminó París.