La primera despedida de Insigne fue una mierda, o sea que fue perfecta. La forma ideal de decir adiós sin llorar. Insigne fue a chutar la pelota como se va a las despedidas: sin querer ir. Falló el penalti, que era terminar la relación sin dolor, sin rastro, sin nada. Le dio al palo y fue como discutir con tu casi expareja, tirarle la ropa por la ventana, romperle sus vinilos favoritos. Insigne falló el penalti y fue como decirle a tu casi expareja cosas que piensas pero no sientes. Fue una despedida en la que acabas enfadado pero contento, como si no doliera nada. El corazón hecho una roca. Fuerte. Diciendo que qué bien haberlo dejado, que ojalá no haberte conocido nunca, que más vale un final con horror que un horror sin final. La despedida perfecta.

Lo peor de las malas despedidas es que te agarran. No te dejan avanzar. Si no sabes decir adiós nunca pasas páginas, como si el pasado, desobediente y puñetero y desafiante, no quedara atrás. Te acuerdas de cómo empezó todo. Insigne a un lado, Nápoles al otro. Tan pasionales, tan explosivos, tan iguales. Un sábado por la noche iban al cine y el domingo no se hablaban en todo el día. Era la relación que ejemplificaba aquello que dijo Kafka sobre el amor: “Es tan poco problemático como un automóvil, lo único que da problemas son el conductor, los pasajeros y la carretera”. Todo eso, sobre todo lo malo, hubiera quedado ahí, fosilizado por culpa de una mala despedida. De un balón al palo. Pero.

La segunda despedida de Insigne fue perfecta, o sea que fue una mierda. Muchos jugadores habían entrado en el área en el primer lanzamiento, como si quisieran contribuir a un mejor final. El Diego Armando Maradona celebró que le anularan un gol a su equipo. Insigne sonrió. Tenía una nueva oportunidad de despedirse. Y esta vez sí, fue como la que se ve en los aeropuertos. Disparó con el escudo, que es como amar con el alma. Hubo abrazo, beso en la mejilla, dos manos que se van separando. Cosas que sentían pero que no habían pensado. Y claro, se desplomó. Y lloró. No había pasado en la primera despedida. Porque la mejor forma de decir adiós siempre es la más triste.

 

El fútbol te enseña que está muy bien que pienses que el amor no te salva de nada, pero de repente aparece alguien que te obliga a levantarte, que no te deja dormir porque el corazón te va rapidísimo, que solo quieres ver en persona o vídeos o fotos

 

Fue un final que nunca pasa en la vida. Y si pasa en las películas decimos que es ñoño, pasteloso, romanticón. Pero en el fútbol quedó precioso. En un terreno de juego lo inverosímil es lo más creíble y lo cursi es bonito, quizás porque es el territorio del amor. Fuera del campo nadie conoce la receta, los ingredientes ni las medidas exactas del querer. Pero el fútbol te da pistas. El fútbol te enseña que está muy bien que pienses que el amor no te salva de nada, pero de repente aparece alguien que te obliga a levantarte, que no te deja dormir porque el corazón te va rapidísimo, que solo quieres ver en persona o vídeos o fotos. Es un amor que dura poco a lo largo, pero mucho a lo ancho. El fútbol te dice que sueltes cuando todo es tóxico, cuando aparece el dinero. El fútbol también te educa porque, por muy mal que acabe una relación, no puedes arrepentirte del camino recorrido, que el placer de la compañía compensa el dolor de la ruptura, que, como canta Soleá Morente, “si yo volviera a nacer / andar de nuevo el camino / aún sabiendo lo que sé / iba a quererte lo mismo”.

Y el fútbol, ante todo, te enseña sobre las despedidas. Que en las que gritas miras al pasado y en las que lloras miras al futuro. Que las mejores son las peores. Que es en el último momento cuando te acuerdas de aquel día que todo era tan intenso. Que no hace falta tatuarse el nombre ni la cara de nadie porque siempre queda rastro. Que todo está en la mejor frase de Suave es la noche: “No te voy a pedir que me quieras siempre como ahora, pero sí te pido que lo recuerdes”. Insigne se despidió bien. Insigne lloró. Insigne volverá a Nápoles y el corazón, como el WiFi, se le conectará automáticamente.

 


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Fotografía de Imago.