Buyo batido. Una imagen deseada por muchos a lo largo de la península durante los últimos años 80 y primeros 90, cuando el Real Madrid no sabía perder, solo arrasar o derrumbarse en voladura incontrolada. Había pasado en Milán hacía tiempo. Pasaría dos meses después. Y ocurrió en esa Semana Santa del 92, cuando entre Celtas Cortos, Caballeros del Zodiaco y Caso Ibercorp, el país caminaba hacia su año grande como se enfila una cita a los 16, repeinado, acomplejado y flotando. Gol de Rocha en propia meta y otro de Fusi. El Madrid está eliminado. Esta vez, la primera en seis años, ni siquiera de la mayor competición europea: el Torino jugará la final de la UEFA.

A esas alturas, la diferencia entre España e Italia no la marca solo el dispar éxito de sus clubes en Europa. Los italianos son todavía la liga de referencia en el mundo. En nuestros escritorios habrá antes un PC Calcio que un PC Premier. La tele de Berlusconi ha llegado. Pelis de Jaimito, Benny Hill, Tip y Coll, Manolo Escobar, Laura Valenzuela, Carmen Sevilla, Leticia Sabater, Jesús Vázquez, medias naranjas, VIP guay, la basca, smoking con Converse: es como si se disparase a bulto sobre la edad del target. No es extraño, tiene su aquel. Si España es un adolescente, Italia es un cínico envejecido. Para el 92, su presidente partisano Sandro Pertini, imagen del Mundial de hace diez años, ha muerto. Falcone y Borsellino ultiman movimientos judiciales contra una mafia que está hasta el tuétano de un Estado que no acaba de ser fallido porque Vaticano y OTAN necesitan una cuerda tensa y podrida pero no rota. La logia secreta P2 y la red paramilitar anticomunista Gladio han sido expuestas. El escándalo de corrupción ‘Mani Pulite’, 4.500 arrestos, 1.300 condenas y 30 suicidios en dos años, está en pleno apogeo mediático. El descrédito es tal que Italia refunda la república sin DC, PSI y PCI, sus tres ejes sociopolíticos de medio siglo. El Torino del 92, un poco a lo Telecinco, es también una mezcla rara: un teen maleado, un pureta ilusionado.

 

El descrédito es tal que Italia refunda la república sin DC, PSI y PCI, sus tres ejes sociopolíticos de medio siglo. El Torino del 92, un poco a lo Telecinco, es también una mezcla rara: un ‘teen’ maleado, un pureta ilusionado

 

Lleva año y medio en primera. Una deshonra para un club con siete ligas. No tanto trauma si se tiene en cuenta que la sexta y la séptima están separadas por tres décadas y un accidente aéreo que acabó con un equipo dominador. Pero ya se sabe cómo son las oportunidades un poco sobrevenidas. Uno puede alegrarse de haber aprobado un examen jodido y a la vez reprocharse si el profesor te indica que por un fallo tonto no tienes sobresaliente. O por mala suerte. O por un árbitro. Para Emiliano Mondonico fueron seguramente un poco las dos, aquella primavera del 92. Al entrenador del Torino le dicen en Italia que practica un fútbol de pan y salami. Básico. Razonablemente ganador. ¿Su historial? Ha subido a la Cremonese, afianzado al Como y llevado a la Atalanta a semifinales de Recopa. Se empeña en matizar que la clase obrera puede que no vaya al paraíso, pero sí a puestos europeos. A una final, ahora con el Torino. El Ajax de un novel Van Gaal se lleva un empate a dos de Turín. Todo se juega en Ámsterdam, un miércoles casi víspera de San Isidro, el pocero zahorí que prefería rezarle a la lluvia que eslomarse. Bien por él.

Como el Vaquilla en tarde buena, el Torino pega en Ámsterdam tres palos. Entre el primero y el segundo, cae en el área rival Cravero. ¿Penalti? Mondonico lo tiene tan claro que coge lo primero que ve y lo levanta. Una silla de plástico. No cambia la decisión del árbitro y su equipo no gana la copa. El gesto es más bien un conste en acta. Un haz lo que quieras pero a mí no me la das. En Italia, especialmente entre la hinchada del Torino, no se olvida este proto-meme. Años más tarde, Mondonico explicaría que detrás de aquello había un niño. Él mismo. De pequeño, en la trattoria de sus padres, veía zanjar discusiones a sillazos. Blandirla era la señal de que estabas realmente enfadado. Parece una de Bud Spencer y Terence Hill, también porque es para todos los públicos: el ‘Mondo’, como se le conocía, contó que fue la mirada de unos niños atemorizados detrás del banquillo lo que le hizo bajar la silla. Al fin y al cabo, qué es el fútbol sino la menos importante de las cosas importantes.

 


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Fotografía de Imago.