Hay algo de inefable en la historia del Real Madrid. Una veneración a la épica, a convertir inviables en posibles, a comprender el tiempo -la llegada de febrero, los tiempos de descuento- de una forma distinta. Como si desde algún lugar del mundo, Christopher Nolan hubiese estado escribiendo la historia del último Madrid. Un equipo que nació con José Mourinho y murió con la marcha de Cristiano y que instauró un relato mágico nunca antes visto en el universo donde todos quieren reinar: Europa.

Nolan y el Madrid desprenden el mismo tipo de sentimientos. Es complicado encontrar el término medio: o los amas, o los odias. Porque su cine y su fútbol pueden tener un punto de alienante, la necesidad de recorrer a argumentos inverosímiles para contar una historia. Ambos plantean teorías físicas rimbombantes, desde el viaje a otros universos mediante agujeros negros hasta el replanteamiento de las leyes de la física con inverosímiles goles de chilena. Dice Nolan que “como cineasta, mi único objetivo y compromiso es crear experiencias que sólo puedan vivirse en una sala de cine”. Y es que el director es a la gran pantalla lo que el Madrid es a las grandes citas europeas.

El Madrid de la última década creció en la derrota. No solamente heredó un fallido equipo de galácticos, también convivió con el Barcelona de Guardiola, al que solo la heroicidad de José Mourinho, creador de nuevas armas, fue capaz de competirle. El Madrid vivía en la herida de una Décima inalcanzable que se abría cada vez más con la barrera mental de los octavos de final, el ‘chorreo’ del Liverpool, las semifinales ante el Barça o los cuatro goles de Robert Lewandowski. La Décima, más que un fin, era la fragilidad con la que el Madrid desfilaba por el boulevard de los sueños rotos. Era el infierno de la playa de Dunkerque desde donde un Madrid ordenado y obediente, con colas eternas esperando los barcos salvadores, trataba de sortear la irremediable muerte.

Mourinho cambió el carácter y con Carlo Ancelotti levantaron la Décima. Como en Interstellar, un Ancelotti vestido de Cooper dio el primer paso, pero fue su hija Murph, su sucesora, quien salvó la humanidad. No ha habido Madrid más inexplicable que el de Zidane. Intentar entender el Real Madrid es sumergirse en la habitación espacio-temporal de algún punto del universo que conecta con la polvorienta habitación de Murph. Es luchar por comprender el engranaje de las películas de Nolan sin un personaje que trate de enseñarte los porqués de los sueños o de los horizontes de sucesos. Zidane reniega de las explicaciones, posiblemente porque no las hay.

 

Los tiempos de descuento del Madrid son uno de los grandes enigmas de la historia. Como en Tenet, un concepto metafísico en que el orden no tiene sentido alguno

 

Como Leonardo Di Caprio en Origen, el Madrid intentó extraer las ideas parásitas instaladas en su subconsciente. Zidane, arquitecto del olvido, creó el mundo ideal para su Madrid: del caricaturizado Sergio Ramos por el penalti ante el Bayern a sus cien goles con el club, de jóvenes sin experiencia -Raphael Varane, Dani Carvajal, Isco, Marco Asensio- a veinteañeros con una mochila cargada de aprendizajes, de un gato a un delantero total, al futbolista más determinante del equipo. Zidane erradicó las ideas más negativas, eliminó cualquier punto débil, para hacer del Madrid el equipo más poderoso en lo mental y trasladar esa fuerza al tapete verde.

El Madrid y Nolan entienden el tiempo de una forma muy distinta a la nuestra. Mientras que Barcelona, Bayern de Múnich o PSG necesitan la regularidad del día a día en liga para atemorizar Europa, el Madrid puede permitirse vivir en un limbo durante meses hasta la llegada de febrero. Porque el Madrid sabe que la Copa de Europa no la gana el mejor. Muchos caen en la trampa que los blancos preparan durante el primer tramo de la temporada; una invitación formal a creer que este no será su año. El Madrid de Cristiano despertaba en agosto como Guy Pearce en Memento: desde cero, pero con el cuerpo tatuado y recuerdos por la habitación que le indican el camino a seguir. Y despertaba en febrero presentándonos el spoiler final. Nos contaba qué pasaría. Y, aun así, nos empeñábamos en creer que un cambio en el nudo de la temporada cambiaría el desenlace. Pero no lo modificaban ni las derrotas ante rivales inferiores en Liga, ni tampoco las invitaciones a pensar en una hipotética eliminación en la fase de grupos de la Champions League. Con la sonrisa histriónica del Joker nolanesco, el Madrid, conocedor del fin y sabedor de los trucos que vendrían, parecía decir: “¿de verdad tengo pinta de tener un plan? Soy un agente del caos”.

La suerte es una excusa en la que se amparan los perdedores. Un comodín bajo el que se esconde una mala noche de los delanteros, un fuera de juego milimétrico, un error del portero o goles de rebote. “Tú decides tu propia suerte”, dice Aaron Eckhart en El caballero oscuro, lanzando al aire una moneda con caras a ambos lados. Ha habido siempre en el Real Madrid un instinto de supervivencia que le ha llevado a sortear la muerte en los escenarios más inverosímiles. Se siente cómodo abrazado al caos, saboreando cada segundo que se le escapa porque es un segundo menos para que llegue el gol. Para ellos, una minúscula fracción de tiempo. Para el rival, una vida entera. Los tiempos de descuento del Madrid son uno de los grandes enigmas de la historia. Como en Tenet, un concepto metafísico en que el orden no tiene sentido alguno.

Cuando soñar con la Décima era poco más que una utopía, ganar cuatro Champions era algo bíblico, propio del blanco y negro. Además, hacerlo en la época en que fracasar ya no es un acto noble, sino la destrucción absoluta, es una proeza. El Real Madrid sigue teniendo la misma esencia, pese a que los años han ido cargando la espalda de los veteranos y Cristiano zarandeó el paraíso blanco. Pero en el universo de Zidane habrá esperanza mientras la peonza siga girando.

 


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Fotografía de Getty Images.