Todo lo nuevo, lo nunca visto, tiene algo de ordinario. Las odiseas pueden ser tan normales como un domingo en casa planchando ropa. Oriana Fallaci, en un reportaje que escribió para la revista L’Europeo sobre la llegada del primer hombre a la Luna, decidió iluminar su relato con un detalle que difuminaba lo inmemorial del asunto. La periodista italiana, desmarcándose del tono épico que sí que abundó entre sus otros colegas de prensa, le dio envergadura al hecho de que a Neil Armstrong, según dijo el médico de vuelo, no le habían subido ni un peldaño las pulsaciones en el momento de pisar el satélite. El astronauta se bajó de la nave como quién sale al jardín para regar las plantas mientras a toda la humanidad se le encogía el pecho sabiéndose testigo ocular de un instante que cambiaría el signo los tiempos.

Algo similar nos ha pasado en España con el alunizaje de Zhang Chengdong a nuestra Liga. El futbolista chino, llegado al Rayo Vallecano este último verano, se ha convertido en el primer jugador de dicha nacionalidad que compite en el máximo escalón del fútbol español. Sin embargo, aquí la noticia no nos ha sobreimpresionado. Como si era el segundo, o el tercero, o el decimoctavo. Como si el tipo hubiese nacido en Burgos, vaya. Nadie ha gastado demasiada tinta en remarcar que el caso era insólito en la historia.

Tal vez haya sido que la aventura de Zhang en nuestro pedazo de mundo no comenzó con buen pie, por decirlo de la manera menos truculenta. El Rayo firmó un contrato con Qbao.com hace dos temporadas para que la empresa oriental se estampase en su camiseta a cambio de 600.000€, y el acuerdo en cuestión estipulaba la obligación de que la entidad madrileña le hiciese un hueco en sus camerinos a un futbolista chino. Tocó decidirse, y como si una mano inocente hubiese atacado la baraja, apareció la carta de Chengdong, componente del Beijing Guoan de Gregorio Manzano. Entonces llegó la tormenta. Paco Jémez, preguntado en la radio por el fichaje, casi se comió el micro que tenía delante. “Es un tema muy espinoso, solo y exclusivamente del club. No me he hecho ninguna gracia. No creo que se le tenga que permitir a nadie ajeno que intervenga en el área deportiva. Esta es posiblemente la peor decisión que han tomado desde que yo estoy aquí”, escupió el entrenador al tiempo que se destensaba el cuello de la corbata, víctima de un sofoco de los suyos. A todo esto, el muchacho ya se estaba comprando un mapa en el aeropuerto de Barajas.

Sus compatriotas sabían que el jugador era un pionero en España, una especie de Cristóbal Colón mandarín, y rezan para que la brecha que ha abierto en la península no se cierre en las próximas décadas

El nuevo hábitat de Zhang lo saludó con el brazo acalambrado. La polémica no se cebaba con él directamente, por supuesto. Miraba hacia más arriba, como si cayese de las nubes. El propio Jémez llegó a matizar que el chico era “un cielo”, que se aplicaba con empeño en todos los entrenamientos. Imposible no sentir ternura por un joven de sonrisa contagiosa que a los pocos meses de su aterrizaje ya se animaba a contestarles en español a los reporteros, con un castellano muy a la portuguesa, eso sí, debido a su experiencia anterior en el Uniao Leiria y en el Beira Mar (también había jugado un año en el Eintracht Braunschweig alemán).

Sin embargo, esto tampoco le fue suficiente para ir entrando en la dinámica del grupo vallecano. A Zhang le trastabillaron la falta de adaptación y el ruido mediático, y ni siquiera tuvo demasiada ocasión de barrer los prejuicios sobre el terreno de juego. No debutó hasta enero, en un enfrentamiento copero contra el Getafe. Y en Primera solo disfrutó de ocho minutos un día antes de Nochebuena.

Mucho chupar banquillo, y a veces ni siquiera eso. También se puede calentar grada. Poco a poco, el extremo fue encogiéndose dentro de la cáscara exótica y pintoresca con la que siempre cobijamos a esos deportistas que brillan más por lo anecdótico que por lo futbolístico.

Nada que ver con las multitudes que Zhang agita en China, por cierto. Mientras en la Liga su presencia ha acabado en una nota más al pie de página de la campaña, en su país de origen a veces abría la sección de deportes de los diarios y todo, como si fuera uno de esos actores de ojos rasgados que tienen un chalet alquilado en Beverly Hills. Sus compatriotas sabían que el jugador era un pionero en España, una especie de Cristóbal Colón mandarín, y rezan para que la brecha que él ha abierto en la península no se cierre en las próximas décadas. Quizás por eso, cuando hace poco corrió la voz de que Zhang les había pedido a los directivos del Rayo que le buscasen una salida ante la falta de oportunidades, en las redacciones de Pekín se produjo un seísmo. ¿Y ahora qué pasará? ¿Qué nos quedará? Y lo más perturbador de todo, ¿qué conjunto de la liga china escogerá para su retorno? Páginas, páginas y más páginas amarillentas de periódico. El caos suele ser una excusa perfecta para todo. Incluso para hacer caja.

Finalmente, el destino vuelve a enfilarlo al Beijing Guoan. Pero aun teniendo que hacer de nuevo las maletas, a Zhang siempre le quedará grabado en su disco duro el día que la hinchada rayista le vio debutar y le despidió de pie, con una ovación descomunal. Ya saben, cosas de Vallecas, esa cueva que da calor a los que más lo necesitan. No importa el tipo de pecado que arrastres. No importa lo que ponga en tu pasaporte. Da igual que vengas de China, de Tanzania o de las Feroe. Como si eres de Burgos. Bienvenido seas, biencontento te vayas.