La tarde del 14 de mayo de 1940, 90 aviones de combate de la Luftwaffe arrojan sobre Róterdam centenares de bombas incendiarias que devastan el centro de la ciudad y provocan la capitulación del gobierno neerlandés en favor de la Alemania nazi. En la terrible acción militar muere un millar de personas y otras 70.000 ven cómo sus casas quedan reducidas a cenizas. Servaas Wilkes es entonces un chaval de 16 años que ayuda a su padre y a su tío a sacar adelante la empresa familiar que ambos comparten.

Wilkes & Zoonen es una compañía de fabricación y distribución de muebles que, pese a los horrores de la guerra, sobrevive sin tener que cerrar sus puertas. Vaas, como todo el mundo lo llama, está destinado a heredar aquella empresa junto a su hermano, pero él prefiere jugar al fútbol. De hecho, ya lo hace en los juveniles del Hion, un pequeño equipo de un barrio del noreste de la ciudad, justo cuando termina su jornada laboral. Y no se le da nada mal, pese a que el fútbol, en aquellos años, es un deporte marginal en los Países Bajos y, en plena ocupación, la menor de las preocupaciones para la población. Once meses después de la destrucción de la ciudad, al joven Vaas lo ficha el Xerxes, un equipo cuyo estadio se encuentra a menos de dos kilómetros del lugar en el que ha empezado a jugar a fútbol. El Xerxes es un conjunto del grupo este de la Eerste Klasse, la máxima competición de fútbol en el país en unos tiempos en los que el campeón sale de una liguilla entre los vencedores de las cinco ligas regionales que se juegan a lo largo del territorio.

En sus dos primeras temporadas en el Xerxes, Wilkes causa sensación por su habilidad con el balón en los pies, pese a ser un chico alto (1,90 m de estatura), y por su innata capacidad goleadora. Tanta que el MVV Maastricht, equipo del grupo sur, lo tienta para que se enrole en sus filas. A cambio, ofrece a la familia de Wilkes dos camiones de la marca Bedford como compensación por la pérdida de un empleado, ya que Vaas seguía trabajando en la empresa mobiliaria. Vaas y su padre aceptan la oferta, pero la federación del país (KNVB) toma cartas en el asunto. El fútbol en los Países Bajos es amateur y nadie puede recibir ningún tipo de compensación, aunque sea en forma de camiones, por jugar a fútbol. La polémica acaba con un año de suspensión para Wilkes, que provoca dos consecuencias inmediatas: Vaas decide quedarse en Róterdam ayudando a su padre hasta que acabe el castigo y el Xerxes se salva de milagro del descenso, al acusar la ausencia de su futbolista más valioso. Tras la dura sanción, Wilkes vuelve al equipo, que renace y está a punto de meterse en las eliminatorias por el título.

Sin embargo, el bloqueo al que está sometido el país, ocupado todavía por el ejército alemán y rodeado de territorios ya liberados por los aliados, propicia una hambruna general a finales de 1944 que obliga a suspender el campeonato. Wilkes pasa otra temporada en blanco, la segunda en tres años, de nuevo transportando muebles. El 6 de mayo de 1945, Alemania claudica en Wageningen y vuelve la normalidad. Pero la normalidad, en el fútbol neerlandés de los años 40, significa que la KNVB sigue en sus trece de evitar el profesionalismo a toda costa, y se opone a la salida de Wilkes, que recibe ofertas del Charlton inglés y el Milan italiano, mientras en los terrenos de juego continúa asombrando en una liga prácticamente inexistente para el resto de Europa. Finalmente, al acabar la temporada 48-49, la federación cede y, aunque prohíbe al futbolista jugar con la selección nacional durante cinco años, permite a regañadientes su traspaso al Inter de Milán, que le promete 60.000 florines (27.000 euros) al año.

En reconstrucción

Wilkes llega a Milán como un auténtico desconocido. Recala, además, en un Inter en reconstrucción después de la guerra, en el que ya juegan Amedeo Amadei, Enzo Bearzot y el húngaro Itsván Nyers, y que pretende destronar la supremacía del Torino. Todo el mundo lo llama Servaas, pero él, amable y con ganas de integrarse con rapidez en el equipo, pide que le llamen Vaas. Pero Vaas, en neerlandés, suena ‘Faas’, por la pronunciación fricativa, y ese será el nombre con el que lo conocerán los tifosi, a los que se mete en el bolsillo desde su debut, el 11 de septiembre de 1949, en un partido contra el Padova. Pronto, la prensa italiana, tan proclive a renombrar a los fenómenos que ve en el terreno de juego, lo bautiza como ‘Il Tulipano Volante‘, por su rapidez para moverse sobre el césped, y, en tono mucho más poético, ‘La Monna Lisa di Rotterdam‘, un precioso calificativo que remite a la belleza de sus acciones, al remedo de síndrome de Stendhal que sienten quienes acuden a San Siro a verlo jugar. En las tres temporadas siguientes, Wilkes, capaz de encadenar actuaciones sobresalientes con partidos ausente, marca 47 goles en 95 encuentros, encandila a la afición por su extraordinaria clase y desespera a técnicos y directivos los días en los que no comparece. De forma que, cuando en el verano de 1952 solicita un aumento de sueldo a la directiva, el Inter decide traspasarlo al Torino, otro equipo en reconstrucción, en este caso por culpa de la desgracia del accidente aéreo en el que habían perdido la vida 18 futbolistas de la plantilla que dominó el calcio en la década de los 40, al estrellarse el aparato en el que viajaba el conjunto contra la parte posterior de la Basílica de Superga, en mayo de 1949. El ‘Grande Torino’ ya no existe, ahora es un equipo que lucha por no descender y Wilkes arriba como salvador junto con los delanteros Andrea Marzani y Horst Buhtz. Sin embargo, una serie de lesiones hace que pase más tiempo en la grada que en los terrenos de juego y solo marca un gol en 12 presencias con el ‘Toro’. Acabada la temporada, el Torino marcha a Valencia como equipo invitado al homenaje que el club ‘che’ rinde al mítico Antonio Puchades el día de su retirada del fútbol. Pierde por 4-1 y Wilkes deja destellos de su enorme clase. En la cena posterior de ambas directivas, Guzmán Zamorano, el presidente de la Federación Valenciana de Fútbol, comenta las maravillas del delantero neerlandés y, medio en broma medio en serio, pregunta a los dirigentes turineses por cuántos cajones de naranjas lo venderían al Valencia. Lo que once años antes eran camiones, ahora son cajones de fruta. Y muchos, porque el Torino, convencido de que la adquisición del futbolista un año antes fue un fracaso, se aviene a negociar y da luz verde al traspaso.

 

Se cambiaba el balón de pie como más tarde haría Laudrup. “Es el único jugador capaz de hacer una pared consigo mismo”, diría su compañero Mestre

 

Por tercera vez consecutiva, Wilkes llega a un equipo en reconstrucción. El Valencia de principios de los 50 no encuentra la fórmula para mantenerse al nivel de la década anterior, en la que conquistó tres Ligas y dos Copas con un equipo simbolizado en la legendaria ‘delantera eléctrica’. Además, el club se ha endeudado al acometer la reforma de su estadio, que planea ganar 20.000 localidades con la remodelación. “Wilkes os pagará el Gran Mestalla”, le dice Zamorano a Luis Casanova, presidente de la entidad valencianista, para convencerlo de que haga un esfuerzo en contratarlo. Y así es; en las tres temporadas siguientes, el público llena cada dos semanas el coliseo valencianista para ver a Wilkes, pese a las incomodidades propias de una reforma que se efectúa sin que el equipo abandone su estadio en ningún momento. Muchos domingos, los aficionados llegan al campo y no encuentran su localidad, porque la zona del estadio que ocupan ya no existe, a causa de las obras, pero la molestia vale la pena cuando Wilkes recibe el balón, regatea a dos o tres contrarios pasándose el esférico de un pie al otro y lo aloja en la portería contraria. Parafraseando a Jorge Valdano, ver a Wilkes “vale la entrada” que paga el aficionado para entrar en Mestalla y, sobre todo, para que Mestalla sea un estadio grande y moderno.

En Valencia, Wilkes se instala en la pensión La Pepica, una de las casitas que albergan pequeños hoteles y restaurantes de arroz en primera línea de la playa de Las Arenas. Reza el tópico que se enamora de la ciudad y se convierte en un fan de la paella que preparan los propietarios del local, que adora el carácter mediterráneo y socarrón de los valencianos y que ama pasear por la ciudad, donde la gente lo saluda con un divertido juego de palabras: Què fas, Faas? (¿Qué haces, Faas?)”. Pero el tópico, por una vez, es cierto, porque Wilkes vuelve a ser el futbolista que fue en Róterdam y Milán, el jugador desequilibrante que llega a suscitar un debate sobre cuál es el mejor extranjero del fútbol español: Di Stéfano, Kubala o él. Unos meses más tarde, cuando ya es un valenciano más, los dueños de La Pepica le buscan un piso, propiedad del doctor Borrás, en la Alameda de Valencia, muy cerca del estadio de Mestalla, pero sigue acudiendo diariamente al restaurante a degustar su plato favorito.

Cada vez queda menos gente que vio jugar a Wilkes en directo. El paso del tiempo ha ido magnificando las hazañas de aquel holandés que volaba sobre el verde de Mestalla. Dicen los privilegiados que asistieron a aquellas tardes gloriosas en la triste España de los 50 que Wilkes poseía un regate único, una forma de cambiarse el balón de pie para burlar al contrario que muchos años después pondría en práctica Michael Laudrup y que el periodismo bautizaría como “croqueta”. Manolo Mestre, canterano valencianista en aquellos años, definió aquella acción con una frase ya histórica: “Wilkes es el único futbolista capaz de hacer una pared consigo mismo”. Si a ese regate mágico añadimos una potencia descomunal, como la del mejor Cristiano Ronaldo, entenderemos la sensación que causó en un público acostumbrado al fútbol racial y corajudo, el mismo que alucinaba porque Di Stéfano bajaba al medio campo y a la defensa a recibir el balón. A esa pléyade de admiradores se unió Johan Cruyff cuando afirmó que su ídolo juvenil había sido Wilkes. Pero quienes lo disfrutaron también reconocen al Faas más indolente, el de los días en que no tenía ganas de jugar y se echaba la mano a los riñones, se escondía del juego colectivo y pasaba desapercibido durante los 90 minutos. Su discontinuidad, su peor enemigo, también forma parte del relato de su leyenda.

Nostalgia valenciana

Faas Wilkes vivió sus mejores días como futbolista en el Valencia, según confesión propia. Ir a ver a Wilkes a Mestalla era como acudir a la Maestranza a ver a Curro Romero, nunca sabías si iba a ser una tarde inolvidable o un fiasco. Si la tarde salía bien, había valido la pena y el público lo agradecía flameando los pañuelos, igual que en los toros, o incluso llevándolo a hombros hasta su casa, como ocurrió después de un partido contra el Racing de Santander en el que Faas marcó cuatro goles, en octubre de 1954.

Tras su tercera campaña, en una trayectoria de más a menos, marcada por unos problemas en la garganta que incluso le obligaron a pasar por el quirófano, se marchó del Valencia. Volvió a su país, a jugar en el VV Venlo, en la recién creada Eredivisie. Pero la nostalgia de Valencia todavía lo empujó a volver a la capital del Turia dos temporadas después, con 35 años y en el ocaso de su carrera, para jugar un año en el Levante, por aquel entonces en Segunda División. Su regreso solo duró un curso, pues acabó su carrera, como las buenas películas, igual que la empezó, al lado de su casa, en el Xerxes, tras un breve paso por el Fortuna 54.

Dejó el fútbol con 40 años, solo unos pocos antes de que los Países Bajos, comandados por su alumno más aventajado, se convirtieran en una potencia futbolística. ‘La Monna Lisa di Rotterdam‘, el precursor de aquella ‘Naranja Mecánica’ que asombraría al mundo en 1974, se retiró con la paradoja de no haber ganado ningún título en sus 24 años de carrera (en la Copa de 1954, lograda por el Valencia, no se pudo alinear por la absurda reglamentación franquista que prohibía el concurso de futbolistas foráneos en el torneo) pese a haber contribuido a la reconstrucción de tres grandes de Europa y de la selección de su país. Hasta su muerte, en agosto de 2006, siguió volviendo a Valencia una vez al año, a ver el mar, comer paella y escuchar ese Què fas, Faas? que tanto le hacía reír.

 


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