En una entrevista concedida a L’Equipe en 2013, una vez completó la formación necesaria para ser entrenador, Zinedine Zidane se atrevió a quitarle alguna que otra capa de romanticismo a la relación entre jugadores y técnicos: “Tienes un grupo de 23 y van en todas direcciones. A veces me pregunto qué aprendí en los cursos: pues que hay un tercio de los jugadores que te siguen por lealtad, sentido del deber y respeto a la jerarquía. Otro tercio que sólo te sigue si les aportas algo, gente a la que tienes que convencer. Y otro tercio que te complicará la vida siempre. Eso te muestra sobre qué parte del grupo tienes que trabajar. Ese tema de ‘somos amigos y vamos a ganar algo juntos’, olvídate”. Esta cita, extrapolable a cualquier liderazgo sobre un grupo, se comprueba con mucha mayor nitidez a partir de los cinco o seis primeros partidos de un entrenador que acaba de llegar a un vestuario, como le está pasando a Thomas Tuchel, el hombre que ha lavado la cara al Chelsea en poco más de dos meses.

Es fácilmente imaginable que en los primeros días la atención y predisposición de los jugadores ante el aterrizaje de un nuevo líder sean muy altas en todos ellos, como también lo es comprobar que esos tres grupos de los que hablaba Zidane se comiencen a diferenciar pasadas varias semanas tras las que el técnico perfila su idea, explica su método, arma su mensaje, elige a sus titulares y llegan los primeros resultados, que en el Chelsea son cuanto menos relevantes. Y la sensación viendo su juego es que su llegada no ha podido ser más oportuna, no tanto por la salida de Frank Lampard, sino porque las ideas del exentrenador del Paris Saint-Germain y Borussia Dortmund resumen muy bien la mejora en su organización, con la que el Chelsea se ha convertido en un equipo fiable, del que sabes lo que puedes esperar.

Para analizar el cambio que ha hecho recta la línea de rendimiento del conjunto londinense, debe empezarse por una plantilla que estaba por encontrar a sus líderes naturales, razón por la que se contrató a Thiago Silva como contrapeso ante la juventud de todos sus atacantes, así como la particularidad de que sus principales talentos ofensivos eran recién llegados de otras ligas -Werner, Havertz, Ziyech-, lo que llevó a Lampard a tener que darles tiempo mientras pensaba cómo abrigarles con un sistema lo más productivo posible para que sus mejores versiones pudieran darse compartiendo la gran mayoría de minutos. De algún modo, a Frank se le concedía la necesaria inversión veraniega para su segundo año de proyecto, pero la idea se fue desgastando porque en su labor por integrar lo viejo con lo nuevo no se acercó a la fiabilidad y exigencia demandadas. Dicho de forma más directa, el equipo se partió en lugar de unirse y su defensa comenzó a hacer aguas hasta la inundación táctica y mental.

 

Las ideas del germano resumen muy bien la mejora con la que el Chelsea se ha convertido en un equipo fiable, del que sabes lo que puedes esperar

 

Cuando llega Tuchel, el Chelsea estaba inmerso en una dinámica de resultados y una inercia táctica que hacían fácil el diagnóstico: había que reconstruir el plan A, la idea estructural. El germano, un técnico especialmente identificado con la organización a través del balón, se ha propuesto estrecharlo todo en el plano vertical, con un equipo mucho más corto, con los jugadores relacionándose en distancias mucho más cercanas, y ensancharlo en el plano horizontal, sirviéndose de dos carrileros que esperan pacientemente a que la jugada se forme. Uno de los mejores entrenadores del presente llevando a cabo un fútbol posicional, Thomas Tuchel ha corregido en tiempo record los problemas defensivos, armando de conceptos, paciencia y control su tiempo de posesión, marcando diferencias con su presión tras pérdida, recuperando una línea de tres con centrales poco habituales hasta su llegada y aprovechando el momento personal de un Mateo Kovacic excepcional interpretando en tiempo y espacio lo que quiere su técnico. Al unísono, Mason Mount, cambiando de ritmo mientras Havertz y Werner van despertando y reconociéndose en ideas más familiares del fútbol alemán.

Entre los detalles, el Chelsea se ha convertido en un equipo que puede controlar el ritmo del partido a través del balón y no a través del espacio. Si con Lampard la premisa era atacar el espacio o abrir la defensa con agresividad, Tuchel utiliza la posesión como paso previo y calmado de una ocasión clara pero también con intenciones eminentemente organizadoras de su transición defensiva, recibiendo una cantidad bajísima de ocasiones claras. Los datos son abrumadores con respecto a la etapa anterior: recibe cuatro tiros menos por partido, la mitad de tiros a puerta y cuatro veces menos de ocasiones claras tanto en juego como a balón parado. Su manera de progresar desde atrás, con la conducción de sus centrales exteriores y la calidad de su juego interior, le han convertido en un equipo-roca muy complicado de abrir o agitar. Antes de enfrentar al Leeds, ante la singularidad de las ideas bielsistas, Tuchel fue preguntado por la forma en la que intentaría adaptarse al argentino. Y Tuchel dejó claro que ese no es el camino: “Respeto mucho a Marcelo, es uno de los grandes entrenadores del momento, pero no tengo ningún plan para adaptarme a él, yo trabajo para que mi equipo sea el mejor posible”.

Sin embargo, su siguiente paso quizás depende de un talento aún por explotar. Hasta aquí llega Thomas Tuchel. Ahora debería ser turno del jugador. Recientemente, en una charla mantenida por El País con Marco van Basten, el histórico delantero centro reabría ese debate inagotable sobre el papel del entrenador y el valor del jugador. “Cuando yo jugaba, hablábamos de futbolistas. Los futbolistas hacían la diferencia. Ahora, hablamos básicamente de entrenadores, porque los que están marcando las diferencias son los técnicos. Eso no es bueno. Los entrenadores se han vuelto demasiado importantes. Los jugadores necesitan asumir más responsabilidades porque son ellos los que tienen más poder de influir”. Esta idea refleja el impacto que ha tenido Tuchel en los primeros diez partidos, en un marco temporal donde podría empezar a aparecer la teoría de Zinedine Zidane, y en el que también comienza a percibirse que el equipo no va sobrado, por ahora, de determinación: en los últimos seis partidos, sólo en uno marcó más de un gol. El atacante juega en espacios más pequeños y el equipo apelotona al rival sin que salga de su frontal. Si el Chelsea mantiene su fiabilidad colectiva y sus atacantes hacen más feliz a Van Basten, inventando más que su entrenador, subirá el escalón que exigió su inversión.

 


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Fotografía de Imago.