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Fotografías de César Lucadamo


El fantasma de Diego Armando Maradona aguarda en cada esquina de Nápoles. Nunca la ciudad fue tan feliz, revelan las paredes. Los rastros de ese gozo colectivo son como migas de pan a la espera de ser recogidas por todo aquel que decide perderse entre sus callejuelas.


 

La historia tiene un propósito, dice Kant. Cuando Corrado Ferlaino fichó a Diego Armando Maradona actuaba en nombre del destino. 30 años después, sostiene: “Tal vez lo quería Dios…”. Diego tenía que jugar en el Nápoles. El idilio entre la ciudad y el ‘pibe’ es lo que da sentido a la historia. Sin su paso por el meridione no se explica el mito. En Barcelona, los niños de entonces soñamos que nos llevaba al éxito, pero el innombrable carnicero vasco y un presidente que siempre confundió la pelota con un tocho rompieron el juguete y llevaremos por siempre la ignominia de haber vendido al mejor. Pero el destino lo quiso así.

Nápoles era una ciudad que esperaba a su mito y Maradona, un jugador que buscaba una Argentina europea. A los pies del Vesubio se consumaron los esponsales. Dos scudetti, una Copa de la UEFA y 259 partidos. La huella del ídolo es imborrable.

El barman de 18 años desenfunda el móvil: decenas de imágenes del genio que no conoció. La curiosidad del fotógrafo que se adentra en Forcella o la Sanità es observada con recelo hasta que pronuncia una sola palabra: argentino. “Adelante, amigo”, parecen decir las comadres desde la ventana. Argentino es aquí sinónimo de amigo.

El mito no se crea solo en el campo. Es más bien hijo de la intensidad del pueblo. Hornacinas con vírgenes y cristos crucificados, fotos de difuntos, flores de papel, fluorescentes azules y rojos, adornan las esquinas del quartieri spagnoli. Una religiosidad popular para contrarrestar la incertidumbre de vivir sobre un mar de lava. Barrios enteros encerrados en sí mismos, un microcosmos abierto al mundo a través de la omnipresente pantalla de televisión. La glorificación del ‘Pelusa’ es el antídoto a la desesperanza.

Pero nada es tan solemne en esta ciudad. El más listo del pueblo se aprovecha de la devoción maradoniana para servir cafés junto a un altar a la zurda divina. Los napolitanos juegan con las palabras como floretes. Y de nuevo, el motivo religioso. Intelectuales reunidos en la asociación Te Diegum o la mano de Dios contra los ingleses. Síntomas de una época harta de secularización y en búsqueda de un sentido que solo puede ser ya lúdico.

Polvo somos: Diego un día abandonó la ciudad, perseguido por las malas compañías y un sistema que no podía aceptar tanta belleza. Vencido. Unos años después el equipo retira el número 10. Queda un vacío que a su vez se convierte en la esperanza del regreso. Tras el retorno del equipo a la Serie A y a las competiciones europeas, las nuevas estrellas se miden con Dios. Uno tras otro, el ‘Pocho’ Lavezzi, Cavani y el ‘Pipita’ no solo tienen que marcar, sino que deben sustituir al más grande de todos. Misión imposible que va dejando futbolistas en el arcén del éxito. El equipo juega sin el ‘Diez’ y así solo se puede ganar la Coppa

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. El Nápoles vive una espera mesiánica que le corta las alas antes de empezar a volar. Además, Messi no se vende. El problema lo tendremos los barcelonistas el día que nuestro Mesías deje el pasto y se convierta en un recuerdo insuperable.

Pero Diego en Nápoles no admite comparación. Nuestros interlocutores siempre empiezan con una salvedad: Messi no es Diego. Todos estuvieron en el estadio para ver al ‘Pelusa’. Incluso los que por aquel entonces eran claramente demasiado niños nos hablan de sus proezas y cabriolas contempladas mientras sus madres napolitanas los amamantaban. Testigos apócrifos de una fe renovada. Los napolitanos nunca se entusiasman demasiado, son siempre fríos en su calidez, viriles y escurridizos. Diego es la excusa perfecta para que desplieguen su altanería y miren con sorna cualquier comparación con el chico de Rosario. Diego es el as en la manga. El póquer de Dios.

El transeúnte que pasea por el centro histórico y los barrios adyacentes encuentra la protección y bendición de vírgenes de la más diversa índole. Su hijo, el icono crucificado, comparte la cal del muro con la esfinge del pibe acariciando la inmaculada pelota (¡la pelota no se mancha!). Antes de Diego, el Nápoles era un equipo sin títulos, un eterno aspirante al trono que, no habiendo degustado las mieles del triunfo, vivía tranquilo. Diego los elevó y los unió. Diego es el sueño hecho realidad, el escalofrío que recorre el espinazo solo en ocasiones extraordinarias, cuando el espectador percibe la perfección y el fútbol se hace espíritu. Una profecía que se cumple: Diego agarra la pelota, la planta, y la parábola es una quimera realizada.

Diego es hoy una utopía. Ya pasó, y sin embargo sigue omnipresente. Nápoles vive aplastada por un pasado hiperdenso. El ídolo está ausente y los partidos hay que jugarlos cada semana. Las derrotas y los empates, las críticas al entrenador y al presidente, las dudas sobre los fichajes, han educado a la hinchada en la resignación. De vuelta del San Paolo, los muchachos de la Curva B aparcan la moto cerca de un graffiti maradoniano y con ella aparcan también la confianza en sus jugadores, para dejarse arrullar, mientras les vence el sueño, por el recuerdo magnificado, indestructible e infructuoso del Dios que nunca regresará.