El Valencia de Cúper quizá fuese un equipazo, puesto que su juego se mostraba identificable y tan eficaz como para ganar una Supercopa de España y llegar a la final de la Liga de Campeones dos años consecutivos. Y no extraña el rendimiento del equipo, si se atienden las palabras de un Soler a quien Cúper dirigió en el Mallorca pocos años atrás: “No he visto un entrenador que dedique tanto tiempo a estudiar y practicar la táctica defensiva”.

Ya en el Inter, sobre su visión de jugar y competir, el propio Cúper dijo que le gustaba “la seguridad. Y para tenerla debemos conservar algunas formas. A partir de ahí están todas las innovaciones que necesitamos […] El aficionado de Mestalla me decía: ‘Vamos a ganar’. Y el de San Siro: ‘Andiamo a vincere’. El día que uno venga y me diga: ‘Jugamos bonito’, entonces yo veo las cosas distintas. Pero los equipos que ganan no juegan mal”. Su Valencia fue el conjunto menos goleado de aquella Liga, encajando seis goles menos que el campeón.

Por su parte, del primer Barça de Rexach ni siquiera puede decirse que fuese un buen equipo, habida cuenta de que Charly llevaba apenas dos meses al mando cuando se enfrentaron. Pero quizá fuera un equipo valiente y el fútbol le recompensó ese día.

Historia temporal de Barça y Valencia

La temporada anterior, el Valencia había desmontado al Barça de Van Gaal en la Supercopa y en las semis de Champions, a base de contundentes embestidas de Gerard, Angulo o el Piojo López, quien aprovechaba su velocidad para explotar el terreno dejado por los defensores tras de sí. 4-1 en Mestalla y a ver quién remonta la eliminatoria a un equipo de Cúper.

En gran medida por esas derrotas se fueron Núñez y Van Gaal del Barça y en verano Gaspart pagó buena parte del dinero del caso Figo por Gerard. Cuantía que al final fue invertida para nada, ya que primero Serra Ferrer y luego Rexach desnaturalizaron al ex de la Masía. En 1997, Gerard había salido de la cantera azulgrana como una suerte de Milla, Guardiola, De la Peña o Xavi, el mediocentro organizador que más tarde demostró no ser. No extraña que para el Valencia lo pidiese Valdano. A los 21 años, a cambio de 3.600 ‘machacantes’, volvió a casa como un impetuoso centrocampista llegador capaz de llevarte a finales. Gerard fue suplente esa temporada en el Barça y el decisivo partido contra el Valencia lo vio desde la grada. Nunca volvió a rendir como se esperaba.

El Valencia no perdió demasiado sin Gerard porque en el mercado invernal fichó a Aimar. Lo hizo por una cantidad menor y al Payaso supieron aprovecharle, sobre todo Benítez, el exitoso continuador de la obra de Cúper, quien a su vez lo había sido de la de Ranieri. Los matices entre aquellos técnicos los explicó Albelda del siguiente modo: “Cúper es más defensivo. Con Benítez tenemos más posesión de balón, presionamos más arriba y jugamos con la defensa más adelantada. El fútbol de Cúper es más frontal”. Pero en la matriz, se trataba de entrenadores fichados en su mejor momento que compartían punto de vista sobre el juego. Que los resultados llegasen en el Valencia con esa solución de continuidad guarda una lógica natural.

Por su parte, en el verano del 2000 el Barça agotó el dineral ingresado merced a Florentino y a última hora tuvo que acudir al préstamo de De la Peña, a causa de la lesión de Guardiola y la venta de Ronald de Boer al Rangers, según declaró Gaspart. “Soy la persona más feliz del mundo. Vuelvo al Barça e intentaré demostrar que soy un jugador válido ganando títulos y ofreciendo espectáculo”, dijo ‘Lo Pelat’ en su presentación. El espectáculo siempre presente en la idea del creativo centrocampista.

Media Masía de vuelta y mucha ilusión en la primera campaña de Gaspart, pero De la Peña tampoco jugó y entonces no hubo acuerdo de traspaso con la Lazio, que pedía 1.200 millones. A final de curso el Barça se vio sin títulos, sin entrenador, con Gerard como jugador de ataque inadecuado, sin De la Peña y sin el capitán Guardiola, que anunció su marcha del club meses antes y cumplió su palabra. Por suerte tenía a Xavi, promocionado por Van Gaal para ser el pivote que Gerard y De la Peña ya no eran y que él mismo más tarde, por obra un poco de Antic y mucho de Rijkaard, dejaría de ser. Ausente al inicio de campaña por su participación en los JJ.OO., desde su regreso Xavi estuvo muy solo mucho tiempo, desgraciadamente.

Rexach al rescate

Pero vuélvase a Serra Ferrer. Con él, el Barça ganó al Valencia en Liga pero no pasó del primer grupo de Champions, donde perdió contra Besiktas y Milan y empató ante el Leeds. No pilló ni la UEFA de rebote. A propósito de Europa, una derrota contra Osasuna en abril hacía del Barça un firme candidato a quedarse fuera de competiciones europeas para la 2001-02. Algo insólito. Entonces Gaspart despidió a Serra y puso en el banquillo a Rexach, con la esperanza de inyectar buena onda en los jugadores y congraciarse con el cruyffismo mediático. A ver si así ganaba aquel supuesto plantillón.

Rexach llevaba toda la vida en el Barça, haciendo lo que encartase. Había sido jugador, segundo entrenador, primer técnico de circunstancias, consejero o directivo. Solo se fue en 1997 porque, argumentó, “mi sapiencia futbolística no está aprovechada, no tengo sitio en el Barça” de Núñez, Robson, Koeman y Mourinho. Marchó a dirigir a Julio Salinas y Futre en Japón, con resultado fugaz y mediocre. Ahora, con Gaspart estaba como adjunto a la secretaría técnica.

En clave entrenador, era la quinta ocasión que Rexach tomase el equipo: dos veces cuando fue segundo de Aragonés, por depresión del ‘Sabio’ y en una gira, una vez por la operación de Cruyff y otra por el despido de este, a mediados de 1996. Esta era la primera en serio.

Reflexionando sobre el tema, Valdano dijo que él se retiró de los banquillos porque no era lo suficientemente obsesivo para dedicarse a entrenar, un trabajo que exigía dedicación plena. Dicho por muchos, Rexach es una suerte de oráculo futbolístico. Como Valdano, otro sabio del mundillo. Pero ser entrenador titular de primer nivel quizá sea otra cosa. Y a Rexach, además, le dieron el Barça, un Barça en plena caída, tras haber dirigido únicamente al Yokohama Flugels. Tampoco iba a tener demasiada culpa en lo que sucediese. En ambas experiencias, junto a él se sentó Alexanco.

Al ver lo que se venía encima, Rexach aseguró que el Barça podía requerirle para lo que necesitara. Y opinó que el problema con Serra Ferrer fue que al equipo le faltaba alegría. Más tarde, los futbolistas dirían que Serra era más rígido, que la cercanía de Charly les había dado libertad y su filosofía relativista, ánimos para atreverse a jugar. Particularmente, esto último lo dijo Cocu. El masajista Mur explicó que, a diferencia de Serra, Rexach “entendía y hablaba con el futbolista, puesto que era uno de ellos, más allá de ser el jefe”. Luis Enrique concluyó que “el perfil de Serra Ferrer era más serio. Luego llegó Charly, un tío al que todos queremos, con una mirada de la vida diferente“.

Por su parte, un Kluivert que se resistía a renovar y se dejaba querer incluso por el Madrid opinó que, en general, para que un equipo funcione el entrenador ha de conseguir un equilibrio entre la mano dura y la permisividad. Al mismo tiempo, Kluivert discutió las consignas técnicas de Serra Ferrer. Se quejó de que no le usase de único delantero centro, a la holandesa, sino que por primera vez en su carrera le pusiesen un acompañante. Que así, pues como que no estaba a gusto, dijo. Y él era Kluivert y Serra, pues Serra. Del respeto a la pareja que le tocase en suerte, Dani o Alfonso, Kluivert prefirió no hablar, pero estos dejaron de jugar ya en tiempos de Serra. La ‘Pantera’ renovó en mayo por casi el doble de sueldo.

Sea como fuere, lo único cierto es que no puede explicarse la falta de rendimiento azulgrana exclusivamente desde la personalidad de Serra, ya que Cúper tampoco tenía a todo su grupo consigo, pero el Valencia ganaba igual. Al respecto, Palop hizo la siguiente comparativa con Benítez: “Cúper es un hombre silencioso. Serio. No da explicaciones de nada. Benítez, en cambio, sí que habla con los futbolistas y trata de explicarles las cosas”. A lo que Djukic sumó que “Cúper es más autoritario tanto dentro como fuera del campo. Benítez tiene más mano izquierda y da más opción a la improvisación en el campo”.

Eso en lo ambiental. En cuanto al problema netamente futbolístico, sobre el Barça que recibió, Rexach dijo que “los jugadores corrían demasiado […] la distancia entre ellos era demasiada, debido a que la posición de algunos era muy abierta. Pero el principal problema son las dudas […] Cuando las cosas no van bien, se hace un cambio y después otro, otro, otro. Los dos últimos años son un ejemplo. Van Gaal partió con tres defensas y al final acabó con cuatro y un doble pivote. Serra Ferrer aplicó primero un 3-2-3-2 y terminó con un 4-2-3-1. Y estos cambios no han acabado de cuajar”. Justo antes de recuperar el dibujo 3-4-3.

Para 2001, el Valencia era un equipo hecho y el Barça uno indeterminado, por no decir unos zorros. Todo lo contrario a la década anterior, cuando Cruyff y Van Gaal asentaron juego y títulos en Catalunya y los ‘ches’ no sabían si apostar por el contragolpe de Aragonés, la funcionalidad brasileña de Parreira o la posesión con el achique de espacios de Valdano. La razonable continuidad del antedicho Ranieri-Cúper-Benítez produjo los mismos éxitos durante más de un lustro que el Cruyff-Van Gaal en Barcelona, como similares fracasos en ambos clubes resultaron los palos de ciego año a año para el banquillo. Porque en el fútbol dos y dos no son siempre cuatro, pero muy a menudo son cuatro.

Cúper cerca del Barça

Tan borroso estaba el Barça en 2001 que, sorpresa, Gaspart negoció con el propio Cúper para que se convirtiera en el siguiente entrenador. El directivo Rovira se fue de la lengua en mayo, al decir en Radio España que el acuerdo definitivo solo dependía de que el Barça entrase en Liga de Campeones. El Valencia estaba a punto de jugar la final contra el Bayern, por lo que se lió. El ruido, la desestabilidad, y tal. El presidente ‘culé’ tuvo que telefonear ipso facto a su homólogo valenciano y también desmentirlo en público, admitiendo únicamente que habían mantenido contactos tanto con Cúper como con Capello y Wenger, pero nada de acuerdos.

Ya nombrado, Rexach dijo que Cúper no era adecuado para el Barça, dado que su propuesta de contraataque chocaba con la idiosincrasia de “un equipo que siempre tiene que jugar al ataque. Si quieres ganar tienes que marcar. Y, si te marcan, pues aún más”.

Después de casi una década junto a Cruyff, Rexach lo tenía claro. Pero tras dos cursos en blanco, a Gaspart le daba lo mismo el estilo de juego. Quería fichar a entrenadores que le hiciesen competir por los títulos e impedir que su figura se convirtiese, a la larga, en la del peor presidente de la historia del Barça, como él mismo se calificó años después. Por eso el inexperto Rexach no fue la primera opción, aunque tuviese ADN puro y fuera religiosamente fiel al estilo del club, derrotase a Cúper y lo apeara de las posiciones Champions en el partido de la jornada definitiva. Y qué partido.

Lucha por la Champions

El Madrid de Del Bosque ganó la Liga holgadamente. Segundo fue el Dépor de Irureta, campeón de la anterior. Gaspart reconoció que “la cabeza me dice que quiero que pierda la final el Valencia, así tendremos más posibilidades de jugar la Liga de Campeones”. Se refería a que si ganaban los de Cúper, habría una plaza menos en juego. El Valencia perdió la final y, un mes después, llegó a la última fecha jugándosela contra el Barça. En el ajo también se encontraba el Mallorca de Aragonés y el primer Eto’o, que enlazó su quinta victoria en el desenlace liguero y acabó por meterse en la máxima competición europea.

Esta clasificación incierta de Valencia y Barça se produjo porque ambos fallaron en las jornadas precedentes, con un empate y una derrota, la del Barça por 0-1 contra el Oviedo de Antic, un equipo descendido.

Choque de estilos entre Cúper y Rexach

Cúper planteó su habitual 4-2-3-1 zonal, basado en el repliegue, la reducción de distancias entre líneas, el aplique del fuera de juego a baja altura, la presión en campo propio y el contraataque por las bandas. Estas las ocuparon Angulo y el Kily González, en detrimento de Mendieta, lesionado para las últimas fechas, y el joven Vicente, que ese curso irrumpió como titular por la izquierda aprovechando los recurrentes problemas de pubis del Kily. Si el rival daba un pase atrás, el bloque se adelantaba y ejercía la presión metros adelante.

Tratándose de Cúper, era justo empezar por la trama defensiva. Ya en fase de posesión, el plan prioritario pasaba por el lanzamiento desde Cañizares o los zagueros hacia el espigado Carew, quien en la frontal del área trataba de bajar los pases largos para que recibiese Aimar en zona de mediapuntas, y desde ahí crease. En sintonía con ello, el doble pivote físico compuesto por Albelda y Baraja empujaba y los centrocampistas de banda primero achicaban y luego se disponían a trazar desmarques de ruptura a la espalda de los defensores. Cúper exigía no perder el balón atrás ni en zonas centrales, y las jugadas habían de ser finalizadas con centros al área o prontos disparos desde cualquier situación mínimamente favorable.

El Barça jugaba a otra cosa. Por convencimiento y casi por imperativo histórico, dijo Charly. Con los precedentes de Van Gaal contra el Valencia, Rexach admitió que “nos arriesgábamos mucho saliendo hacia delante, ante un Valencia tan fuerte al contraataque. Pero dije a los jugadores que no había otra opción y ellos me creyeron: nos pueden hacer daño, pero no hay más remedio que salir al ataque”. Ciertamente, sí lo había: especular, rezar “con todos atrás y Dios delante”, que diría Lillo. Pero al Barça solo le valía la victoria, jugaron en el Camp Nou y Rexach demostró tener las agallas necesarias para enfrentar una situación límite como una persona honesta espera de un entrenador del Barça.

Así que formó un 3-4-3 a la usanza cruyffista, aunque con algunos roles más bien vangaalistas. Un sistema explotado en el Barça y el Ajax a inicios de los 90, pero que por ese tiempo ya estaba en desuso, siendo casi contracultural de tan temerario.

En defensa, los tres zagueros superaban en número a la dupla atacante del Valencia. Según donde se situase Carew, saltaba sobre él el defensor más cercano, que a menudo era De Boer dada la ubicación central del rascacielos noruego. En torno a Frank, los rápidos Sergi y Puyol ejercían de correctores tanto del posible fallo del central como de los despistes de los marcadores de banda. Estos eran los interiores, Gabri y Cocu, más pendientes de controlar a los centrocampistas ches que de ser parte activa en la generación de juego. Se trataba de una marcación de corte mixto: sin balón, los interiores seguían a sus pares por toda la zona. Entre ambos centrocampistas, Guardiola vigilaba la caída del balón cerca de Aimar.

Así como el rol de los interiores, en la primera parte el ataque también fue simétrico, de extremos puros sobre la cal, mediapunta eje y delantero centro espigado con funciones de caída, recepción, toque de cara y giro para acudir al remate. En la relación entre Kluivert y Rivaldo sobre el campo, se planteaba ese “cuando tú sales, yo voy” que tantas veces repitió Rexach, para que los centrales oponentes perdiesen la referencia estática del punta.

El esquema presentaba cinco líneas, disposición óptima para “triangular muchísimo”, como reconoció Rexach. En esencia, desde los interiores en adelante ese día el Barça funcionaba más como un equipo de Van Gaal que de Cruyff: priorizar la implicación táctica defensiva, el dogma posicional y el pase raso hacia a los costados o el ariete, únicos futbolistas con libertad para crear al recibir el balón. Con Rivaldo donde otrora estuviese Bakero, tampoco se explotó el pase raso y vertical hacia una línea superior para que, acto seguido, mediante un pase más corto recibiese de cara el tercer hombre de la línea inmediatamente inferior, sino que Guardiola conectaba mayormente con los extremos.

Rexach había apostado por abrir el campo con dos extremos debido a las críticas recibidas tras empatar en Valladolid la semana anterior sin usar ninguno. Pero esa no era en realidad su preferencia, como demostró en la reanudación, cuando Simao dejó su puesto a Xavi. Tras este movimiento, el costado derecho tornó menos posicional, presto a la asociación interior y a la sorpresa ofensiva, bien de Gabri, que ejercía como volante escorado, o bien de Puyol desde el lateral. “Siempre intentamos que un lado estuviese más fijo y el otro fuera más variable”, explicaría años después Rexach sobre su concepción futbolística desde tiempos del Dream Team.

Hat-trick de Rivaldo

Pero antes de llegar a esos cambios, Rivaldo enchufó una falta lejana en el minuto 3, Baraja empató de cabeza tras un córner y Rivaldo volvió a fusilar a Cañizares, por primera vez sobre la bocina, tras un ligero amague en la frontal que le sirvió para clavar a González y Pellegrino mientras se acomodaba la pelota para el chut.

Rivaldo era Balón de Oro. Rivaldo era el mejor jugador del mundo. Rivaldo sonaba para venderse ese año. Rexach dijo que era una locura dejarlo ir, que tenía que seguir, y finalmente siguió. Rivaldo era brasileño, pero no era un malandro. Rivaldo era una infalible maza. Tenía esencia de maza. Tenía macedad. En la creación de todo objeto ya hay arte. El suyo era un arte sobrio, terrenal. Rivaldo era un espíritu práctico. Un jugador determinante. Rivo se acomodaba el balón y golpeaba con la Mizuno izquierda en conexión con el alma. El resultado era gol como la pieza que se pierde entre madera tras el golpe y el mueble queda ensamblado. Así era la mayoría de sus goles. Desde estático, o casi. Con tanta potencia que daba un poco igual la precisión. Así fue el 2-1 esa noche y así sería el 3-2, solo que acomodándola con el pecho y machándola de chilena. Cañizares lo puede confirmar.

Despedida liguera de Guardiola

Sin conexiones entre un Guardiola impreciso y un puntual Rivaldo, con el 2-1 se llegó al descanso. Xavi salió también para dar un socio intermedio a Pep y Rivaldo. El plan varió tanto horizontal como verticalmente. Se volvió imprevisible y por eso mejoró, ya que el Valencia era orden y método. Pero Baraja hizo su doblete pronto, otra vez de cabeza, de nuevo para empatar. Talón de Aquiles de tantos Barça, los balones colgados sobre su área. El Barça aumentó la movilidad y la circulación y encerró al Valencia, incluso más de lo que Cúper había planeado. Pero el Valencia encerrado parecía cómodo, e igual lo estaba.

Años después, Rexach explicó así el planteo usual de su equipo, que se vio en la segunda mitad: “jugábamos con Overmars pegado a la izquierda. En la derecha no había extremo, sino que buscamos al Iniesta de turno, ese jugador que llegue. Yo usé a Gabri. Buscamos una duplicidad de funciones con el lateral, que uno sea el que llegue. Yo usaba a Puyol, que hizo varios goles llegando. Y entre los tres o cuatro de la derecha, hacían un poco de rotación”.
Guardiola fue sustituido en su último partido de Liga. Comoquiera que el Barça seguía fuera de puestos Champions en ese momento, la afición no le aplaudió. Así somos los humanos.

Salió Petit, un campeón del mundo, otro de los fichajes fallidos del verano. El Barça perdió su ‘4’ posicional y el francés se movió incesantemente entre los puestos de central, mediocentro e interior izquierda con labores de transición. Más incertidumbre para un rival que, con el objetivo al alcance de la mano, ya se olvidaba del ataque.

Cerca del final, Kluivert fue al banquillo por Zenden y Rivaldo se fijó como ‘9’. Rexach lo había intentado todo, pero este fue el movimiento clave. De Boer era un gran lanzador y Rivaldo un mejor receptor de espaldas. Potenciar las características de los jugadores disponibles es el abecé del fútbol. Esa conexión provocó primero una falta al borde del área y poco después “uno de los mejores goles de la historia del Barça”, según Kluivert y cualquiera que lo vea.

“Yo lo planteé perfecto, al ataque. Pero si no está Rivaldo, ese día no ganamos, entiéndeme”, reconoció Charly. En el minuto 90, De Boer picó el balón desde el centro del campo hacia Rivaldo, quien ejecutó un control orientado con el pecho como acto preeliminar, para luego definir de tijera con la misma potencia que chutaba las faltas. Por tercera vez, Cañizares ni la olió.

Era su gol 23 en Liga, lo que suponía uno menos que el Pichichi, Raúl. Más forofo que mandatario, Gaspart casi explota en el palco. Y ahora todo el público pedía la continuidad de Rivaldo e invadía el césped para abrazar al brasileño y a Guardiola. Así somos los humanos.

El Barça se clasificó para la Champions y el Valencia, no. Cúper fichó por el Inter y Rexach siguió otra temporada. Guardiola se despidió del Camp Nou una semana después, con un empate ante el Celta que supuso la eliminación en semis de Copa. Pero el equipo se había clasificado para Europa con toda la épica, liberando una emoción propia de que hubiese sido campeón, y entonces perder la Copa era un mal menor. Esta vez, los compañeros sí mantearon a Guardiola y le aplaudieron los culés. Pep estuvo cerca de irse al Manchester United y acabó en el Brescia. Rivaldo siguió y su rendimiento fue muy a menos, en parte por las lesiones. Hasta que Van Gaal, su primer enemigo en Can Barça, regresó al club y el crack voló entonces hacia Milán.

 


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