Este sábado, durante un breve lapso de dos horas, nada había mejor en el mundo que ser hincha de Barcelona Sporting Club de Guayaquil. Suena exótico, lo sé. Al menos para aquellos que no están acostumbrados a seguir la actualidad del club ecuatoriano. Pero de esto va el fútbol moderno: de admirar cosas extrañas, lejanas, que en realidad nada tienen que ver con uno mismo. O sí.

Ver en 2019 a Andrea Pirlo vestido con la camiseta del ‘Coloso de América’ es como contemplar un fenómeno paranormal. Hemos dado la vuelta del todo. Pero ya que estamos, dejémonos llevar. Barcelona invitó al italiano para que ejerciera de gancho en su partido de presentación contra Alianza Lima, y la apuesta salió bien: miente el aficionado europeo que diga que, a la mañana siguiente del encuentro, al ver la foto, no sintió un calambrazo.

Pirlo es el modo más efectivo de llamar la atención del planeta porque en el planeta no debería existir ni un solo detractor de Pirlo. Si el fútbol es un deporte tan divertido es porque no genera consensos. Salvo contadas excepciones. A esas excepciones las llamo yo leyendas.

Todos hemos deseado en algún momento sentir que Pirlo es uno de los nuestros. Aunque sea por dos horas. Aunque sea mentira. Hay una cosa que doy por segura. Si me cruzara con él en un aeropuerto, y me pudiera acercar, no le pediría ni un autógrafo ni una foto. Le daría un abrazo. Y al tenerlo sujeto, como un trastornado, me volvería hacia su oreja y le susurraría: “Benvenuto a casa, capitano”.