No había pasado ni media hora de juego cuando Frank De Boer ordenó a Gnoukouri que se quitara el chándal y sacó del campo a Geoffrey Kondogbia,  justo después de que este último perdiera un balón que había acabado en contragolpe y gol del rival. Ocurrió hace dos años, en un Inter-Bologna. Y como recuerda Vicent Chilet, periodista del Levante y colaborador de esta revista desde su número uno, aquello para el centrocampista francés “fue una humillación”.

Los instantes felices suelen atraparnos cuando menos lo esperamos. Son imprevisibles. Estamos haciendo algo elemental y aburrido, como expulsar con la mano los pelos que el gato ha dejado en el sofá, y de repente aparecen, plaf, sin previo aviso, al estilo de una gota que nos salpica la frente y que nos lleva inmediatamente a mirar al techo, intentando saber de dónde ha caído. Pero no hay que buscar fuera; hay que indagar dentro. Vienen de ahí. De los malos recuerdos.

“El ansia de revancha personal de los fichajes que ha hecho el Valencia esta temporada encaja muy bien con el ansia de revancha colectiva del club”, completa Chilet, convencido de que el óptimo rendimiento ofrecido durante los últimos meses por Neto, Zaza o el propio Kondogbia, más que a la voluntad de abrirse paso en su nuevo equipo, responde al deseo de cerrar una herida.

Mestalla, comparado a menudo con un infierno, se ha convertido este curso en un balneario, al que los jugadores entran con la esperanza de salir fresquísimos. La solidez del proyecto de Marcelino García Toral lo ha transformado todo: ahora la grada, para la que no hay término medio, empuja y empuja hasta levantar al muerto, con una energía que, como diría mi abuela, “te devuelve las ganas de seguir sufriendo”

Da fe de ello Kondogbia, quien en Paterna ha visto como su fútbol se ha revitalizado. “Es un luchador, y los valencianos eso lo aman”, comentó en noviembre Jocelyn Angloma, alguien que ya se ganó en su día el cariño de los aficionados ‘che’. Conocedor de la Liga por su breve aunque intensa estancia en Sevilla, ‘Kondo’ está mejorando los números que dejó en el Sánchez Pizjuán, habiendo marcado cuatro tantos y repartido cuatro asistencias en lo que va de campaña. El chico atraviesa una de esas etapas dulces que a veces te depara la vida, en las que nada cambia demasiado, salvo la buena fortuna, que te acompaña a todas partes, y a la que acaricias antes de acostarte. Tu rutina sigue siendo la misma de siempre: preparas el desayuno, lees el periódico, sacas el perro, vas a entrenar. Solo que ahora todo funciona de maravilla. “Una mesa, una silla, un plato de fruta y un violín, ¿qué más necesita un hombre para ser feliz?”, se preguntaba Einstein.

 

Lejos de limitar la hoja de prestaciones a su poderoso despliegue físico, Kondogbia se concede la libertad de acompañar el juego hasta las profundidades del campo enemigo

 

Fijo en los planes de su entrenador, el parisino, lejos de limitar la hoja de prestaciones a su poderoso despliegue físico, se concede la libertad de acompañar el juego hasta las profundidades del campo enemigo, deteniéndose en el balcón del área, desde donde filtra pases decisivos o busca portería. A sabiendas de que, cuando abandone la posición del pivote, su compañero en la medular le cubrirá la espalda. “Marcelino tenía muy buenas referencias de la capacidad defensiva de Parejo, que en los seis meses que estuvo Valverde en el club rindió a buen nivel haciendo de ‘5’”, apunta Chilet. Así, ambos se van combinando las tareas en un Valencia poliédrico y sorpresivo que puede mutar de piel según la jugada.

Mirando el rostro de Kondgobia durante un encuentro, en ocasiones uno tiene la sensación de que su dicha no es plena, como si le faltara un trazo para sublimarla. Entonces me acuerdo de esa anécdota que expuso Punset en un acto al que le invitaron para hablar de la felicidad, y en el que el científico confesó que él ha sido feliz toda su vida, a excepción de un cuarto de hora, en el que fue sometido a un control policial justo un día en el que llevaba octavillas del Partido Comunista ocultas en el doble fondo de su maleta. El futbolista, sin embargo, no parece guardar ningún secreto oculto, mucho menos de carácter político. Lo aclaró en una entrevista de So Foot: “Cuando era pequeño, la gente me decía habitualmente que yo les miraba mal, que tenía una mirada desafiante; a fuerza de repetírmelo, me acabaron diciendo que tenía los ojos de un boxeador. Y así fue como empecé a mirar mis primeros combates”. Chilet, por su parte, explica que, más que seriedad, él lo que cree advertir en el gesto velado del muchacho “es un punto de timidez y humildad, que lo lleva a no celebrar los goles de manera muy exagerada cuando los marca”

Falsamente enojado u ocultamente animado, lo cierto es que Kondogbia está cumpliendo con todas las expectativas, y lo más seguro es que el Valencia pague antes del 31 de mayo al Inter los 25 millones que marca la opción de compra que ambos entidades acordaron en verano. Si no baja el ritmo, también es probable que el futuro cercano lo obsequie con un segundo regalo: su inclusión en la lista de convocados de Francia para el próximo Mundial. La competencia es dura, Deschamps baraja varias opciones apetecibles para la zona ancha, pero ya sería raro que a Geoffrey le diera por rendirse a la famosa frase de Goethe, esa que dice que los seres humanos somos capaces de soportarlo todo, menos muchos días de continua felicidad.

Mejor que no la sepa, pensarán algunos. Que no la haya escuchado en su vida.