Las promesas tienen un peso importante en el fútbol, de la misma manera que en el amor. A los aficionados nos encanta arremolinarnos entorno a ellas y acercar las manos para sentir calor, sobre todo cuando el juego nos da la espalda y el frío aprieta. Cualquier jugador o entrenador que nos ofrezca una perspectiva generosa del futuro es suficiente para barrer los traumas del presente y recobrar la fe. Ya no es tan trascendente si luego esos buenos pronósticos se cumplen o no. Lo esencial es que se hayan formulado antes. De hecho, da igual si al final no nos conducen a un lugar mejor. Habrá merecido la pena solo por creer en ellos.

Las mejores promesas, cantaba Sabina, son esas que no hay que cumplir.   

Theo Walcott (Stanmore, 1989) fue en su momento uno de esos augurios tan poderosos que actúan sobre el clima y, en un simple pestañeo, adelantan la primavera. Para el mundo del fútbol, su revelación fue un deslumbramiento. Desde que marcó su primer gol en la élite, con 17 años, en la final de la Copa de la Liga, las expectativas se dispararon. Todos se felicitaban por ello. En el Arsenal, que lo había comprado al Southampton, porque su talento iba a enjaular al fantasma de Henry (más tarde heredaría el mismísimo ’14’ del galo); en la selección inglesa, porque había urgencia por levantar uno de esos héroes nacionales que tan prolíficamente esculpen los argentinos o los brasileños (fue convocado al Mundial de 2006 cuando todavía no había debutado con los ‘gunners’); y en el resto de casas, porque los fanáticos de jugar al Pro con el R1 pulsado por fin podríamos jubilar a Wright-Philipps, que hacía tiempo que nos venía rogando un descanso.

 

Walcott fue en su momento uno de esos augurios tan poderosos que actúan sobre el clima y, en un simple pestañeo, adelantan la primavera

 

Tan vigorosa fue esa primera impresión de Walcott, esa primera imagen, que muchos años después, cuando ya había quedado claro que el chico nunca a llegaría a ser mucho más que un buen futbolista, algunos seguían aferrados a ella, sobreponiéndola a la realidad, como si fueran esos hechos imaginados y no los que se acabaron plasmando los que de verdad contasen. Desde que encendió la mecha de la esperanza en sus apariciones inaugurales, y hasta que confirmó que no iba a ser para tanto, alrededor del atacante se fue elaborando un doble relato apasionante. ¿Quién quería quedarse solo con el Walcott verdadero pudiendo quedarse también con el Walcott que no existía?    

Esa cuestión de las dos vidas paralelas siempre ha estado muy presente a la hora de abordar el análisis del jugador. Más ahora que su traspaso al Everton lo ha devuelto al centro del plano. Para un grupo considerable de aficionados, Walcott se marcha del Arsenal siendo aún ese joven deslumbrante que hace una década amenazó con cambiarlo todo. Son los mismos que en cada jugada del extremo, por pocos segundos que dure, creen volver a descubrir a ese futbolista que en realidad no fue.

Ya lo advirtió Faulkner. El pasado nunca pasa. Especialmente en el fútbol, una experiencia que, tópicos aparte, nos está arrastrando continuamente al principio. A la sensación original. Y si esta era bella, y nos arrullaba, entonces no vemos por qué abandonarla. Mejor engañarse.