La distancia, en tiempo y espacio, es el mejor filtro para dejar de lado análisis desbocados y viciados de impulso y sentimentalismo. Es lo que permite ver las cosas de otra manera, con mayor tranquilidad y siempre como una cadena de desencadenantes.

Como dice Woody Allen (creo que era él), a la tragedia le añades un poco de tiempo y se transforma en comedia. River Plate es campeón de América después de 19 años. En el medio, la mácula del descenso, el único de su historia. Es inevitable preguntarse si no hubo que tocar fondo para ahora bañarse de gloria.

La tercera Copa Libertadores en las vitrinas del club de Núñez, tras las obtenidas en 1986 y 1996, sin dudas tiene un sabor especial. Es que los hinchas del Millonario pudimos redimirnos de tanto sufrimiento, tanto llanto y tantas risas de la vereda de enfrente.

El 26 de junio de 2011, River empató con Belgrano en el Monumental, los hinchas quemaron el estadio y el dolor fue la postal de una jornada marcada por la pérdida de categoría. Eran tiempos de la presidencia de Daniel Passarella, quien agarraba el testigo del nefasto José María Aguilar, que cambiaba jugadores por tarros de pintura.

Sumido en una profunda crisis institucional, económica y deportiva, al club no le quedaba más que el amor de su gente y la hidalguía de personas que pusieron el pecho en el peor momento de su historia, como Matías Almeyda y Fernando Cavenaghi, entre otros.

Sumido en una profunda crisis institucional, económica y deportiva, al club no le quedaba más que el amor de su gente y la hidalguía de personas que pusieron el pecho en el peor momento

El año en segunda división fue un suplicio, cargado de oprobiosas situaciones para una institución en la cual desplegaron su magia talentos de talla mundial como Angelito Labruna, Adolfo Pedernera, Amadeo Carrizo, Don Alfredo Di Stéfano, Beto Alonso, Enzo Francescoli o el Burrito Ortega. Canchas que parecían campos minados de la Europa de posguerra, equipos contra los que no hubiéramos jugado ni en las fantasías de Fontanarrosa, con miles de kilómetros a cuestas para ir a jugar desde Jujuy (bien al norte) a Puerto Madryn (bien al sur).

El año en segunda fue ese revolcón necesario. Las luces de antaño nos hicieron perder la pasión y el orgullo por nuestro fútbol y nuestras conquistas. Nos acostumbramos a ganar y a ganar. Ganábamos tanto que ya no festejábamos. Se iba Ortega, venia Gallardo. Se iba Gallardo, venía Aimar. Se iba Aimar, venía D’Alessandro. Hasta que después ya no vino más nadie. Nos vaciamos.

El año en la B nos enseñó que todo lo que lográbamos con total naturalidad no era fácil de conseguir. Ese año en la B nos reeducó. Nos dimos cuenta que todo lo que queríamos era River. Y empezamos a levantarnos como aquel borracho que se pasó de copas y se dio cuenta que perdió todo lo que amaba.

Nos reinventamos como hinchas, porque más que nunca la gente de River estuvo cerca del club. Volvimos a primera. Nos reinventamos como institución, porque llegó gente nueva que entendió que River era un club de fútbol y no la máquina de hacer chorizos.

Los dirigentes dejaron sus egos de lado y, con la idea de que River vuelva a ser River, trajeron a gente que verdaderamente sabe de fútbol. Se recuperó a los ídolos. Ahí vemos a Amadeo como presidente honorario, a Fillol entrenando arqueros en inferiores, a Orteguita trabajando en Reserva, a Alonso como embajador ante las peñas del interior y a Enzo como manager. Enzo. Qué grande Enzo. Cuánto tiene que ver Enzo en este momento.

Tras el portazo del técnico más ganador de la historia del club, Ramón Díaz, previa obtención del título local número 35 (el primero luego del descenso y tras 6 años de espera); Enzo no se alarmó y señaló a Marcelo Gallardo como su sucesor.

Lo que vino después de la mano de nuestro Napoleón ya es historia sabida y es lo que motiva estas reflexiones. Copa Sudamericana (primer título internacional tras 17 años), Recopa Sudamericana, Suruga Bank (espantoso invento de la CONMEBOL) y esta Libertadores, la Champions del hemisferio sur. En un año, el Millonario ganó cuatro títulos internacionales, sólo uno menos de los que había ganado en toda su historia.

En diciembre, si todo sigue así, estaremos jugando contra el Barcelona de Mascherano, porque para nosotros es de Masche, porque el Jefe también es River. Ganarle parece un imposible. Imposible parecía que descendiéramos, pero pasó. Sin ese pasado, hoy no existiría este presente. Por lo tanto, el futuro tampoco es una quimera.