Del otro lado de la línea de cal hay un hombre desesperado. Un hombre que gesticula, da indicaciones y va de acá para allá. Se mueve al son de sus dirigidos, que también van de acá para allá dentro del campo de juego, y, con un estilo muy propio, le proponen al equipo rival un duelo a puro vértigo.
Así le gustan las cosas a Gustavo Costas. Un hincha de Racing (su Racing) empedernido. Un hincha al que los colores blancos y celestes le han tomado todo el cuerpo desde que era niño. Uno de esos pocos hinchas a los que la historia les regala ser campeón con el equipo de sus amores como entrenador y también como futbolista.
Ahí está Costas. Del otro lado de la línea de cal, desviviéndose por seguir consolidando el Racing, la Academia, que entusiasma a Sudamérica. Cuando dirige, a Costas se le va la vida. Y se le va la vida porque a su equipo se le va la vida. O viceversa: a su equipo se le va la vida porque a Costas se le va la vida.
Lo que sucede dentro del campo de juego es una extensión de su personalidad. Una réplica exacta de la forma en que entiende el fútbol. Dentro del rectángulo hay un pedazo de Costas materializado en forma de equipo.
Lo que sucede ahí dentro es demasiado intenso como para no impregnarse de esa vorágine. Allí hay once futbolistas con una premisa de juego clara: la contienda con el rival será golpe por golpe. Será así o no será.
Cuando dirige a Racing, a Costas se le va la vida. Y se le va la vida porque a su equipo se le va la vida
Se sienten cómodos en esa tonalidad. Las notas fluyen cuando la música que suena se genera con intensidad y energía. Guitarra eléctrica, teclados, bajo, batería. Racing quiere rock and roll, porque es en el rock and roll donde encuentra el escenario más perfecto para existir.
Dejarle espacio a un instrumento más melódico, suave, calmo, queda reservado para casos excepcionales. Para esas guitarras acústicas que, con un estilo más pausado y pensante, convencen de que en la creatividad florecen los pases más indescifrables.
La fortaleza de Racing es también su mayor debilidad. Apasionado, fervoroso, su equipo no tiene grandes matices. No existen distintas formas de entender cómo jugar un partido de fútbol. Hay una sola, y es rock and roll.
O juega muy bien o juega muy mal. No hay términos medios para la Academia. O padece una jornada para el olvido o regala noches épicas, con goles agónicos, jugadas heroicas y lluvias incesantes de por medio.
Después de tanto seguirlo, comprendí que Racing me hace acordar a los recreos en el colegio. Me hace acordar a esas tardes en las que no entendías de amateurismo ni actitudes lavadas, y sabías que la proeza de la victoria solo era posible si vos y tus compañeros se vestían de héroes.
En los recreos te jugabas el honor. El propio y el de tu equipo, tu salón. Te subías al reto de medirte contra el salón rival con la nobleza de defender a los tuyos así te costara la vida (que, para esos tiempos, podía ser un raspón, la transpiración entera del cuerpo, algún encontronazo con un compañero o una llegada tarde a clase, porque en esos tiempos la vida era eso). Ni que hablar si el rival era de un salón mayor que el tuyo.
Si la Academia no tiene un buen día, es capaz de aborrecer hasta al más entusiasta. Pero si está en uno de los buenos, es capaz de tocar esa fibra íntima que conecta con las sensaciones más primarias de jugar a la pelota
Pero no había medias tintas. Te jugabas entero. No cabía la posibilidad de que en ese duelo, el más importante de tu vida, no dejaras la piel. Todos, absolutamente todos los partidos, eran una epopeya.
Así vive el Racing de Gustavo Costas. Para existir tiene que jugar apasionadamente. En el desborde, en los idas y vueltas desordenados. En un entorno que, muchas veces, se mueve en márgenes caóticos. Como en los recreos del colegio.
Por eso las noches de Copa Sudamericana o Copa Libertadores no son iguales a las del torneo local. Son un marco especial, un momento límite, una instancia de eliminación directa. Ganar o ganar. Como en los recreos del colegio. Por eso tampoco le da lo mismo si juega de visitante o de local. Necesita imperiosamente estar rodeado de su gente. Si no, lo sufre. Para Racing eso es combustible. Es inspiración. Es sostén. Es vitalidad. Es una tríada indisoluble: equipo, entrenador e hinchada.
En el colegio pasaba igual. Qué locura más fantástica cuando todos se agolpaban alrededor del campo porque se corría la voz de que en algún lugar del patio se estaba jugando un partidazo.
Si la Academia no tiene un buen día, es capaz de aborrecer hasta al más entusiasta. Pero si está en uno de los buenos, es capaz de tocar esa fibra íntima que conecta con las sensaciones más primarias de jugar a la pelota.
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Fotografía de portada de Getty Images.


