En estos días en los que la celebración de la final de la Copa del Rey parece pender un hilo y en los que muchos aficionados siguen sin tener muy claro cómo hacerse con alguna entrada para la final, quizás sea un momento óptimo para rescatar una historia que demuestra que, sin calzarse ni siquiera las botas, un grupo de jugadores también puede adjudicarse un trofeo nacional.

La primera Copa del Rey de la historia, para la que hay que recular hasta 1903, se la llevó el Athletic Club, que asaltó el Hipódromo de La Castellana y apartó el Madrid F.C del gustazo de inaugurar el palmarés de la competición. Un año después, el conjunto bilbaíno repetiría proeza, aunque esa segunda victoria consecutiva se diferenciaría con un pequeño detalle de la primera. Nada, una minucia. Los vascos levantarían la copa tras no haber jugado un solo encuentro. Más de un siglo después, ya nos hemos dado cuenta de que existen todo tipo de campeones: los que juegan que da gusto, los que se encierran atrás pero vencen, los que la suerte les sonríe en los penaltis… Hay un sinfín de maneras de ser el mejor, a cada cual más bizarra. Sin embargo, ninguna nos convence tanto como la que pasa por no tener ni que bajar del autobús.

La verdad es que la Copa del Rey de 1904 fue de todo menos un festín plácido y bien organizado. De ahí a que también tuviera un desenlace convulso. El cuadro de la competición tenía el siguiente formato: el Athletic se iba a ver las caras en la final con el equipo de la comunidad de Madrid que superara una serie de eliminatorias internas. El torneo empezó con el Moncloa FC ganándole cómodamente al Iberia (4-0). Pero ya en el siguiente envite, llegaron los primeros problemas. El Español de Madrid y el Madrid-Moderno empataron a cinco, y luego no se pusieron de acuerdo para acordar una fecha y jugarse el desempate. En esas, los primeros se presentaron para competir el día siguiente, pero el Madrid-Moderno, que no había aceptado la cita propuesta, no fue.

La Federación Madrileña, cuyo presidente Ceferino Avecilla era a su vez presidente del Español, dio la razón a los españolistas y les pasó a la siguiente ronda. Una decisión que generó un gran revuelo. Allí les esperaba el Moncloa, pero el cruce se solucionó otra vez fuera de los terrenos de juego. El partido quedó suspendido por orden del colegiado cuando un defensa del Español, Hermúa, se lesionó fortuitamente, rompiéndose la tibia y el peroné. En la reanudación del mismo, sin embargo, fijada para el 30 de marzo, solo hizo acto de presencia el equipo españolista, que otra vez fue declarado por los órganos oficiales como vencedor.

El resto de participantes madrileños decidieron plantarse y oponerse a esta última proclamación, ya que consideraban que el finalista se había impuesto en todos los cruces de manera polémica. Al poco tiempo, los mismos clubes concluyeron que dado que la fecha de la final era el 26 de marzo y que nadie se había presentado a jugarla, el Athletic Club, como vigente campeón, era quien debía retener el título. Y así quedo el barullo, con la segunda edición de la Copa del Rey viajando hasta Bilbao.