Prácticamente no hay fotos de aquel periplo. Se gestó con apenas una semana de antelación, no estaba previsto que se jugasen más de dos partidos y los horarios de los mismos no quedaron definidos hasta el último momento. Ya se sabe. Todo debut tiene su vertiente flácida, inmadura, como cuando sacas de la nevera la tarta de queso recién hecha antes de tiempo. Así, entre precipitaciones y blandeces, fue como tomó forma la primera gira veraniega del Manchester United por el lejano Oriente, que al mismo tiempo también constituyó la primera vez que un gran club del viejo continente se animaba a expandir su huella por esos infinitos y golosos lares que quedan a la derecha de su mapa.

Kuala Lumpur, finales de julio de 1995: Sir Alex Ferguson y sus secuaces, avisados a última hora, plantaban los pies en el otro extremo del mundo listos para darse un repentino baño de multitudes. Sería el primero de los muchos que vendrían durante los siguientes años, aunque eso muy probablemente no se lo imaginaba ninguno. El United, por palmarés y gracias a que sus partidos eran emitidos por todo el globo, era uno de los conjuntos europeos que más pedigrí gozaba a ojos del continente asiático, y aquel desplazamiento iba a abrir la misma veda a la que se acabarían acogiendo muchos otros equipos con el tiempo.

[quote]Plagada de ausencias ilustres y con un bloque erguido sobre un puñado de jóvenes desconocidos, la zamarra más mediática de Manchester se fue de colonias exóticas a orillas del Índico[/quote]Los ‘red evils’ encaraban aquella pretemporada después de haber perdido la liga anterior en la última jornada ante el Blackburn Rovers, con todo el regusto amargo que eso supuso. Los augurios de cara el futuro a corto plazo de la entidad tampoco es que fueran de lo más estimulantes. Paul Ince, Andrei Kanchelskis y Mark Hugues, tres pesos de enjundia, acababan de despedirse de Old Trafford de una sola tajada. Se requería urgentemente, pues, de un soplo de aire fresco que despojase tanto pesimismo, pero el resto de noticias que les llegaban a los aficionados malasios antes de recibir al equipo no es que mejorasen lo descrito. La expedición que se lanzó a la aventura asiática no contaba entre sus filas ni con Eric Cantona, todavía en el diván después de su macabra patada a un hincha en pleno partido, ni con Ryan Giggs, lesionado.

De este modo, plagada de ausencias ilustres y con un bloque erguido sobre un puñado de jóvenes desconocidos, la zamarra más mediática de Manchester se fue de colonias exóticas a orillas del Índico. El experimento futbolístico –o comercial, directamente, si es que a las cosas hay que llamarlas por su nombre- parecía haber sido tramado por un acérrimo admirador de la película El dia de la marmota. La planificación del tour, que fue vestido con el pomposo nombre de Glamoir Invitational Cup, se asentaba sobre el siguiente esquema: los ingleses iban a enfrentarse al club más laureado de Malasia, el Selangor, por dos veces consecutivas en el mismo estadio, con solo tres días de separación entre un partido y otro. Un calendario en bucle que estaba pensado para que aquellos hinchas que se quedasen sin entrada en el primer espectáculo pudieran resarcirse asistiendo al segundo.

Como era de esperar atendiendo a la diferencia abismal que había entre los contrincantes, los visitantes se impusieron con contundencia en los dos duelos (1-4 y 0-2). Pero tan viejo como el origen de las preseasons lo es también ese mantra que dice que en ellas el resultado es lo de menos. Al verano, como es costumbre, nunca se le ha podido exigir demasiado. La emoción competitiva brilló por su ausencia en Kuala Lumpur, aunque emergieron otros detalles que sí fueron dignos de análisis. Por ejemplo el hecho de que en el primer duelo se llegaran a contar en las gradas más de 50.000 espectadores, un hito para un país nada acostumbrado a asistir a los campos de forma masiva, y un indicador jugoso para aquellos directivos que empezaban a destapar nuevas maneras de hacer fortuna.

Quiénes no acogieron con tanto entusiasmo dichas jornadas, sin embargo, fueron los pupilos de Ferguson y el propio entrenador escocés. El grupo acabó extasiado entre tanto viaje y protocolo, apenas pudo entrenarse en condiciones y la puesta a punto de su forma física, prioridad absoluta en el prólogo de una campaña, no experimentó avance alguno, sino más bien todo lo contrario. Nada que tampoco deba sorprendernos a estas alturas, más ahora que el incontestable progreso de la humanidad (?) nos ha enseñado a interiorizar sin reproches que este tipo de giras tienen un fin totalmente comercial y para nada deportivo, como demuestran los propios atletas al ser los primeros en quejarse de su estresante naturaleza. ¿Hasta qué punto está dispuesta una entidad a poner en riesgo el rodaje de su plantilla profesional con tal de poder sacarles más rédito a sus horizontes mercantiles? Disculpen, esta pregunta se ha colado. Ya lleva por ahí resuelta desde hace mucho tiempo.

En aquel Manchester United que se enfrentó al Selangor, por cierto, empezaban a destacar los golpeos con la diestra de un chico rubio con el ‘24’ en la espalda. Los Fergie Boys estaban en plena fase de cocción, y David Beckham no tardó en destacar sobre el resto. Temporadas más tarde, ya consagrado como icono, recalaría en el Real Madrid, y para el mismo verano de su fichaje los blancos organizaron una escapada a China en la que se vendieron tantas camisetas del inglés que algunos dicen que hasta quedó amortizada toda la inversión de su traspaso. Era un imposible acabar este artículo pretendiendo no mencionar ni una sola vez el nombre del Spice Boy, que de Asia y de embrujos comerciales sabe un rato. De hecho hay una buena anécdota sobre él y una escultura de oro que le hicieron para uno de esos viajes en un templo de Bangkok, casi tan alta como la de Buda, pero regocijarnos en eso ya sería irnos por las ramas. Nunca hay que serle infiel al primer capítulo de una historia. En la Kuala Lumpur de 1995, desde luego, nació una nueva manera de entender el verano.