A Jesé hubo un tiempo que lo llamaban ‘El Bichito’. Duró poco, pero ocurrió. Vino con su debut en el Real Madrid, cuando alguien le encontró a su fútbol un parecido al de Cristiano Ronaldo.

Exactamente iguales, canario y portugués, no eran. De haberlo sido no hubiera crecido ese ‘ito’ al final de uno de sus apodos. Ese ‘ito’, de hecho, suele ser la marca que separa al tirano del oprimido. Como un tajo en un mapa. En este lado los que vencieron y en este otro los que no. Ha pasado otras veces, con otros personajes.

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El apodo de ‘El Bichito’, por lo tanto, nació envenenado. Cuando más libre debía volar en el césped, Jesé tuvo que cargar con un nombre que solo podía restarle. Qué otra cosa sabe hacer, sino, un diminutivo.

Tuvo aun así algunos arranques de genio, algunas noches inspiradas. Se concentraron unas cuantas en la temporada 2013-14, la que cerró con sus mejores números como blanco: 31 partidos y ocho dianas. Aquel atacante arrojado, con picante en el juego, trataba de mantener el descaro que en su etapa formativa le había llevado a establecer el récord de goles en un curso con el Castilla, superando a Butragueño.

“El jugador más prometedor en años”, decían. Esas sí eran palabras mayores. Pero la obra quedó en un boceto.

En febrero de 2014, contra el Schalke, se rompió el ligamento cruzado de su rodilla derecha. En agosto de ese mismo año, volvió a lesionarse. Y esos dos crujidos en el cuerpo acabaron de bloquearle. Siendo todavía muy joven, su progresión se obstruyó. Tanto la real como, sobre todo, la proyectada. Ya no volvería a ser el mismo. Ni en su cabeza ni en la del hincha.

Lo que pasa con los jugadores que pierden la confianza es lo mismo que sucede con las plantas que alguien deja de regar en un balcón: pierden brillo, luego algunas hojas, y al final se marchitan.

La de ‘El Bichito’ fue una caída lenta y a la vez arrolladora.

Se marchó a París, como hace un siglo hicieron Hemingway, Fitzgerald, Ezra Pound y otros autores a los que Gertrude Stein arremolinó en torno al nombre de Generación Perdida. “Éramos muy pobres, pero muy felices”. Él, sin embargo, no se encontró en la capital francesa. Sobraron billetes pero faltó poesía, y la ciudad de la luz terminó por cegarle. 

Quizá el PSG, un club inundado de estrellas, no era el mejor lugar para colocar un diván y empezar a psicoanalizarse. Uno debe saber escoger el sitio en el que tocar fondo. Pero la cabeza del muchacho no respondió, como ese día en juveniles en que estuvo a punto de ganarse la expulsión del Real Madrid cuando agredió a un árbitro en un partido contra el Atlético.

 

Quizá el PSG no era el mejor lugar para colocar un diván y empezar a psicoanalizarse. Uno debe saber escoger el sitio en el que tocar fondo. Pero la cabeza del muchacho no respondió

 

Suele pasar con estos talentos precoces que no alcanzan a cumplir las expectativas que tarde o temprano se les detecta una falla en el carácter. Un cable inflamable. Aunque nunca se llega a saber muy bien qué cosa se engendró primero, si el fracaso deportivo o la rebeldía personal. A Jesé tampoco le ayudó en todo ese proceso que su vida privada, sobre todo la nocturna, avivara las tertulias de la prensa rosa.

Al menos encontró la música, como El Seco. Pero de poco te vale saber ponerle letra a una base cuando te lanzan un balón al espacio en el campo.

Todavía con el contrato parisino en vigor, ensayó dos huidas en forma de cesión. Probó en Las Palmas y después en el Stoke City. La segunda experiencia le sirvió para descubrir que no hay frío más despiadado que el inglés, sobre todo si te pilla sentado en un banquillo. La primera, para conocer a Quique Setién.

Precisamente ahora que el veterano técnico español le ha abierto las puertas del Betis, el debate sobre la posibilidad de rescatar o no a Jesé de su ostracismo parece más viejo y oxidado que nunca; está a un golpe de venirse abajo, muerto de aburrimiento. O puede que no. Quién sabe. El fútbol tiene una destreza especial para prolongar discusiones que en otros ámbitos, en este mundo ajetreado de hoy, daríamos por liquidadas en medio minuto. 

En el Villamarín Jesé lucirá el ’10’ en la espalda. Una notable declaración de intenciones que viene a establecer sobre el futbolista la amenaza contraria a la que le exponía su primer apodo; en esta ocasión, si fracasa, será por exceso de importancia. Pero para muestra de valentía, las palabras del que vuelve a ser su nuevo entrenador. “Estoy dispuesto a arriesgar por él”, dijo en rueda de prensa tras hacerse oficial la incorporación. Solo por una frase así de bella ya merece la pena intentar salvarse.